domingo, 29 de junio de 2014

Las raíces de Hautling (I)

El bosque de Hautling está vivo. Eso no es decir mucho de un bosque, puesto que todos lo están. Pero Hautling eleva el concepto de vida al grado de decisión voluntaria.
Los árboles hablan entre ellos, los árboles sienten la sabia correr por sus nudosas venas y se alegran del frío y del calor. Los árboles de otros bosques se expresan en la pasión de sus vidas y en la tristeza de sus muertes cíclicas y repetitivas. Se regocijan en sus resurrecciones.
 Pero lo hacen porque tienen que hacerlo, porque su naturaleza les lleva a plantearse la existencia y a vivirla. Los árboles del mundo viven porque así lo decidieron los mil dioses que crearon el universo antes de luchar por él. Los árboles de Hautling viven porque ellos han decidido vivir.
Dicen los que estaban allí para verlo o aquellos a los que les ha sido r
ebelada la historia que en la Guerra de Los Mil Dioses, que sacudió el mundo antes de los hombres, todos luchaban contra todos y todos murieron a manos de todos. Todos, salvo que el que no participó.


Y también dicen que Anares, el Señor de la Voluntad, estuvo a punto de vencerlos a todos.
Sus brazos estaban manchados hasta los codos de la sangre de los hermanos muertos a sus manos. Los huesos y los cráneos de sus enemigos poblaban el campo de batalla que era el mundo, creando un camino hasta sus pies. Dicen que podía haber ganado, pero un fallo en su naturaleza le hizo frenarse y girarse cuando Rahela, la Señora de la Traición, combatía con él. Por eso murió a sus manos.
Pero Lesskin cuenta una historia diferente. Cuenta que el Señor de la Voluntad se detuvo porque quiso hacerlo, porque quiso demostrarles a todos que era Anares y que su voluntad era tan fuerte que le permitía dejarse matar si así lo decidía.
La batalla sólo se detuvo en ese momento. Los dioses que quedaban, los que no habían caído a manos de alguno de sus hermanos, los que no habían muerto al desafiar a Anares, se detuvieron un instante y contuvieron sus ateridos y cansados alientos. El frío ha estado siempre. No depende de los dioses. Depende de Caos.
Y Akrhan que era dios y no luchaba porque había decidido no ser dios bramó tan alto por la muerte de su hermano mayor y favorito que todos supieron que aunque huyeran o vencieran, aunque sobrevivieran o medraran su destino final después de eones de existencia sería caer bajo el acerado filo de la cimitarra del errante Jinete de los Vientos.
Pese a ese conocimiento que les llegó con el sonido de la furia de su hermano, todos esperaron. Esperaron que de la esencia derramada de Anares surgiera un soplo de voluntad que los anegase a todos y les hiciera redoblar sus esfuerzos. Hasta el más mísero de los seres sabe que cuando un inmortal cae su esencia se distribuye entre sus iguales.
Esperaron y esperaron ese sopló de voluntad que renovara sus fuerzas, pero no llegó.
Los vientos que desatan las esencias divinas no se disiparon, se congregaron como una niebla espesa  sobre el lugar en el que yacía Anares y luego se transformaron en un rocío que regó la tierra y que hizo brotar infinidad de retoños.
Hasta en la muerte, Anares demostró que su voluntad era capaz de imponerse a cualquier cosa que hubiera ocurrido o que estuviera por ocurrir.
Los dioses suspiraron por la pérdida y siguieron batallando hasta librar al mundo de su presencia mucho tiempo antes de que el mundo existiera.
Así dice Lesskin que surgió el bosque de Hautling, que él se empeña en llamar el Bosque de Anares.
Pero claro, pocos hacen caso a Lesskin ¿Cómo se puede tener en cuenta las palabras de alguien que cuenta la Guerra de los Mil Dioses como si hubiera estado presente en ella?
Pero todo el mundo sabe que Hautling está vivo porque quiere estarlo y por eso sus árboles no sólo hablan o viven, sino que se mueven. Pero no lo hacen como los Ents, esos seres disfrazados de árboles, de la Tierra Media de la Primera Era. No lo hacen por la magia de los espectros o nigromantes, como lo hicieran los bosques oscuros de Ansalón al final de la Era de los Sueños, antes de El Cataclismo. Lo hacen porque quieren hacerlo. Por propia voluntad.
 
Hautling se mueve y lo hace porque quiere. Puede parecer sorprendente pero no lo es. No cuando se sabe que en los confines del continente habita un hombre que puede crear mundos. No cuando se sabe que existió un caballero que vivió en la garganta de un dragón.
Cuando se da por sentado que se ha visto nacer a un dios y morir a mil pocas cosas pueden sorprender. Y mucho menos que un bosque tenga voluntad.

Pero lo que pocos saben es que Hautling se mueve en busca de la voluntad, para tomarla y para acogerla. Por eso apareció de la nada cuando los guerreros de las praderas decidieron asentarse en unas tierras que ni siquiera eran capaces de dar de comer al viento; por eso sus árboles se inmolaron voluntariamente para darle material a Insanj para construir el mundo de su amada; por eso apareció justo en el lugar en el que Macariel se hubiera estrellado contra el suelo si el Señor de la Mentira no le hubiera dado sus alas; Por eso la turba que atacó Capital se encontró un bosque que no estaba cerrándoles el paso en las afueras de la ciudad cuando la Guardia Dorada gritó, en contra de toda lógica, de toda esperanza, “La Guardia muere pero no se rinde”.
Por eso un día Hautling apareció gracias al movimiento de su voluntad en el linde sur de los bosques de las tierras del norte, de los tóxicos terrones que alimentaban al Bosque del Veneno.
Nadie sabe por qué el Bosque del Veneno es tóxico. Unos mantienen que fueron las tierras las que envenenaron a sus habitantes vegetales. Otros afirman que la acumulación de tantas plantas dañinas envenenó para siempre la tierra en la que se asienta esa masa boscosa. Los humanos no opinan, los que viven cerca y alrededor del bosque pueden penetrar en él sin problema así que no se preocupan por nada más. Los que llegan de lejos apenas si pueden respirar unos instantes el aire emponzoñado del Bosque del Veneno. Cuando no se puede respirar uno no se detiene a elaborar teorías. Simplemente corre en busca aire. 
Hautling apareció y esperó. Los humanos no se dieron cuenta. Los humanos del norte son como sus bosques: incapaces de percibir las diferencias más sutiles si eso no les reporta beneficios. Pero el venenoso bosque norteño percibió la presencia e intentó rechazarla. Podría haber combatido contra ella si Hautling hubiera invadido su terreno, pero Hautling se limitaba a esperar en la linde, sin hablar, simulando que no tenía voz; sin amenazar, simulando que no tenía poder. Sin pensar, simulando que no tenía alma.
Y esa espera arrastró a muchos de los árboles que poblaban el bosque venenoso del norte, donde la vida es un espectáculo que se contempla desde fuera. Muchos se acercaron a Hautling y se instalaron en él.
Los susurros sulfurosos de las hojas de los árboles del bosque del Norte hablaron a sus pobladores; los frutos venenosos de sus habitantes amenazaron y alzaron sus rancios aromas para avisar a los suyos de que Hautling les engañaba, les ofrecía algo que no existía: Que la voluntad no es un don sino un castigo.
Y una mañana, como otra cualquiera, el bosque del Norte miró a su linde meridional y descubrió que Hautling ya no estaba, que el bosque de Anares se había retirado.  La dañina masa boscosa de veneno suspiró de alivio y sus árboles se engrandecieron; y sus arbustos se hincharon y sus frutos brotaron fuera de estación, más sugerentes, más venenosos que nunca.
El nocivo Bosque del Norte sacó pecho ante el mundo creyendo haber derrotado a Hautling.


Pero Hautling sonrió con la sonrisa de los árboles, con la brisa cálida y aromática que todo bosque emana cuando está tranquilo. Había recogido lo que había venido a buscar. Entre sus pobladores había un árbol de sándalo que no estaba cuando la voluntad del bosque le había llevado a las tóxicas tierras del norte.

Hautling sólo se mueve por propia voluntad. Hautling sólo se marcha cuando la voluntad ha sido satisfecha.

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