El bosque de Hautling está vivo. Eso no es decir mucho de un
bosque, puesto que todos lo están. Pero Hautling eleva el concepto de vida al
grado de decisión voluntaria.
Los árboles hablan entre ellos, los árboles sienten la sabia
correr por sus nudosas venas y se alegran del frío y del calor. Los árboles de
otros bosques se expresan en la pasión de sus vidas y en la tristeza de sus
muertes cíclicas y repetitivas. Se regocijan en sus resurrecciones.
Pero lo hacen porque
tienen que hacerlo, porque su naturaleza les lleva a plantearse la existencia y
a vivirla. Los árboles del mundo viven porque así lo decidieron los mil dioses
que crearon el universo antes de luchar por él. Los árboles de Hautling viven
porque ellos han decidido vivir.
Dicen los que estaban allí para verlo o aquellos a los que les
ha sido r
ebelada la historia que en la Guerra de Los Mil Dioses, que sacudió el
mundo antes de los hombres, todos luchaban contra todos y todos murieron a
manos de todos. Todos, salvo que el que no participó.
Sus brazos estaban manchados hasta los codos de la sangre de
los hermanos muertos a sus manos. Los huesos y los cráneos de sus enemigos
poblaban el campo de batalla que era el mundo, creando un camino hasta sus
pies. Dicen que podía haber ganado, pero un fallo en su naturaleza le hizo
frenarse y girarse cuando Rahela, la Señora de la Traición, combatía con él.
Por eso murió a sus manos.
Pero Lesskin cuenta una historia diferente. Cuenta que el
Señor de la Voluntad se detuvo porque quiso hacerlo, porque quiso demostrarles
a todos que era Anares y que su voluntad era tan fuerte que le permitía dejarse
matar si así lo decidía.
La batalla sólo se detuvo en ese momento. Los dioses que
quedaban, los que no habían caído a manos de alguno de sus hermanos, los que no
habían muerto al desafiar a Anares, se detuvieron un instante y contuvieron sus
ateridos y cansados alientos. El frío ha estado siempre. No depende de los
dioses. Depende de Caos.
Y Akrhan que era dios y no luchaba porque había decidido no
ser dios bramó tan alto por la muerte de su hermano mayor y favorito que todos
supieron que aunque huyeran o vencieran, aunque sobrevivieran o medraran su
destino final después de eones de existencia sería caer bajo el acerado filo de
la cimitarra del errante Jinete de los Vientos.
Pese a ese conocimiento que les llegó con el sonido de la
furia de su hermano, todos esperaron. Esperaron que de la esencia derramada de
Anares surgiera un soplo de voluntad que los anegase a todos y les hiciera
redoblar sus esfuerzos. Hasta el más mísero de los seres sabe que cuando un
inmortal cae su esencia se distribuye entre sus iguales.
Esperaron y esperaron ese sopló de voluntad que renovara sus
fuerzas, pero no llegó.
Los vientos que desatan las esencias divinas no se
disiparon, se congregaron como una niebla espesa sobre el lugar en el que yacía Anares y luego
se transformaron en un rocío que regó la tierra y que hizo brotar infinidad de
retoños.
Hasta en la muerte, Anares demostró que su voluntad era
capaz de imponerse a cualquier cosa que hubiera ocurrido o que estuviera por
ocurrir.
Los dioses suspiraron por la pérdida y siguieron batallando
hasta librar al mundo de su presencia mucho tiempo antes de que el mundo
existiera.
Así dice Lesskin que surgió el bosque de Hautling, que él se
empeña en llamar el Bosque de Anares.
Pero claro, pocos hacen caso a Lesskin ¿Cómo se puede tener
en cuenta las palabras de alguien que cuenta la Guerra de los Mil Dioses como
si hubiera estado presente en ella?
Pero todo el mundo sabe que Hautling está vivo porque quiere
estarlo y por eso sus árboles no sólo hablan o viven, sino que se mueven. Pero
no lo hacen como los Ents, esos seres disfrazados de árboles, de la Tierra
Media de la Primera Era. No lo hacen por la magia de los espectros o
nigromantes, como lo hicieran los bosques oscuros de Ansalón al final de la Era
de los Sueños, antes de El Cataclismo. Lo hacen porque quieren hacerlo. Por
propia voluntad.
Hautling se mueve y lo hace porque quiere. Puede parecer
sorprendente pero no lo es. No cuando se sabe que en los confines del
continente habita un hombre que puede crear mundos. No cuando se sabe que
existió un caballero que vivió en la garganta de un dragón.
Cuando se da por sentado que se ha visto nacer a un dios y
morir a mil pocas cosas pueden sorprender. Y mucho menos que un bosque tenga
voluntad.
Pero lo que pocos saben es que Hautling se mueve en busca de
la voluntad, para tomarla y para acogerla. Por eso apareció de la nada cuando
los guerreros de las praderas decidieron asentarse en unas tierras que ni
siquiera eran capaces de dar de comer al viento; por eso sus árboles se
inmolaron voluntariamente para darle material a Insanj para construir el mundo
de su amada; por eso apareció justo en el lugar en el que Macariel se hubiera
estrellado contra el suelo si el Señor de la Mentira no le hubiera dado sus
alas; Por eso la turba que atacó Capital se encontró un bosque que no estaba
cerrándoles el paso en las afueras de la ciudad cuando la Guardia Dorada gritó,
en contra de toda lógica, de toda esperanza, “La Guardia muere pero no se
rinde”.
Por eso un día Hautling apareció gracias al movimiento de su
voluntad en el linde sur de los bosques de las tierras del norte, de los
tóxicos terrones que alimentaban al Bosque del Veneno.
Nadie sabe por qué el Bosque del Veneno es tóxico. Unos
mantienen que fueron las tierras las que envenenaron a sus habitantes
vegetales. Otros afirman que la acumulación de tantas plantas dañinas envenenó
para siempre la tierra en la que se asienta esa masa boscosa. Los humanos no
opinan, los que viven cerca y alrededor del bosque pueden penetrar en él sin
problema así que no se preocupan por nada más. Los que llegan de lejos apenas
si pueden respirar unos instantes el aire emponzoñado del Bosque del Veneno.
Cuando no se puede respirar uno no se detiene a elaborar teorías. Simplemente corre
en busca aire.
Hautling apareció y esperó. Los humanos no se dieron cuenta.
Los humanos del norte son como sus bosques: incapaces de percibir las
diferencias más sutiles si eso no les reporta beneficios. Pero el venenoso
bosque norteño percibió la presencia e intentó rechazarla. Podría haber
combatido contra ella si Hautling hubiera invadido su terreno, pero Hautling se
limitaba a esperar en la linde, sin hablar, simulando que no tenía voz; sin
amenazar, simulando que no tenía poder. Sin pensar, simulando que no tenía
alma.
Y esa espera arrastró a muchos de los árboles que poblaban
el bosque venenoso del norte, donde la vida es un espectáculo que se contempla
desde fuera. Muchos se acercaron a Hautling y se instalaron en él.
Los susurros sulfurosos de las hojas de los árboles del
bosque del Norte hablaron a sus pobladores; los frutos venenosos de sus
habitantes amenazaron y alzaron sus rancios aromas para avisar a los suyos de
que Hautling les engañaba, les ofrecía algo que no existía: Que la voluntad no
es un don sino un castigo.
Y una mañana, como otra cualquiera, el bosque del Norte miró
a su linde meridional y descubrió que Hautling ya no estaba, que el bosque de
Anares se había retirado. La dañina masa
boscosa de veneno suspiró de alivio y sus árboles se engrandecieron; y sus
arbustos se hincharon y sus frutos brotaron fuera de estación, más sugerentes,
más venenosos que nunca.
El nocivo Bosque del Norte sacó pecho ante el mundo creyendo
haber derrotado a Hautling.
Pero Hautling sonrió con la sonrisa de los árboles, con la
brisa cálida y aromática que todo bosque emana cuando está tranquilo. Había
recogido lo que había venido a buscar. Entre sus pobladores había un árbol de
sándalo que no estaba cuando la voluntad del bosque le había llevado a las
tóxicas tierras del norte.
Hautling sólo se mueve por propia voluntad. Hautling sólo se
marcha cuando la voluntad ha sido satisfecha.


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