- Somos los putos Señores de la Instrumentalidad, ¿qué coño
estamos haciendo aquí?
La frase restalló en el aire fresco y nocturno del
cementerio.
Podría haber hablado cualquiera de ellos. No porque
compartieran la voz o los mensajes, no porque participaran de un objetivo, un
origen o un destino común. Podría haber sido cualquiera de ellos o incluso todos porque todos estaban allí. Así que daba
igual quién lo había dicho.
- Por lo que se ve, estamos demostrando que podemos ser tan
soeces y malhablados como el más procaz
de los humanos o el más encumbrado de los dioses.
El reproche hendió la noche apenas oscura, apenas iluminada,
de la ciudad con la misma velocidad casi silenciosa con la que se supone que
vuela un cuchillo lanzado con la precisión de la traición.
La respuesta podía haber nacido de la boca de cualquiera de
ellos. No porque tomaran parte de los mismos fondos o las mismas formas, no
porque asumieran idénticos esfuerzos, planes similares o lugares comunes.
Podría haber sido cualquiera de ellos o incluso todos a la vez porque ninguno
de ellos quería estar allí. Así que daba igual quién había contestado.
- Estáis aquí porque yo os he convocado. Estáis aquí porque
yo os he creado -la voz siguió hablando como si lo hiciera por primera vez,
lenta como nunca pero triste como siempre-. Estáis aquí porque en algún
lugar menos hermoso que este yo estoy borracho de amor y de whisky aporreando
un teclado de ordenador. Estáis aquí porque, una vez más, os he ido ejecutando uno por uno obligándoos a hacer vuestro trabajo.
Y la respuesta sí era para todos, la tristeza de la voz sí
era para todos. La muerte, sea lo que sea aquello que se muere, siempre es para todos.
Los doce Señores de la Instrumentalidad que no quisieron
serlo, el dios que lo era y rechazó su naturaleza y aquel que nació de mil
amores muertos ocuparon sus lugares en silencio alrededor de un viejo mausoleo en la tranquila noche lisboeta.
En el silencio del que sabe y no quiere hablar, en el
silencio del que oye y no quiere escuchar. En el silencio que siempre es la
tarjeta de visita de la muerte. Aunque esa muerte no mate del todo y solamente
entierre aquello que no sabe estar vivo.
El hombre estaba solo, como lo estuvo cuando hizo vivir en
su mente, su pluma y su imaginación a cada uno de los Señores de la Instrumentalidad,
como había estado solo cuando recreo al dios errante que se negó a serlo, como
solo había estado cuando unió los fragmentos de todos sus amores muertos para
hacer nacer a un ser que era y fue todo el amor que quería y creía que sabía
dar.
El hombre volvía a estar solo. Solo como nunca había dejado
de estarlo en realidad desde que empezó a estarlo.
- Es tiempo de escuchar -dijo sin mirarles a ellos ni al
mundo en general- Es tiempo de escribir.
- No funcionará -y esta vez habló el ángel de piedra
dividido y siempre esperanzado que nunca se movía de esa ciudad y ese
cementerio- No serán entendidas, no serán leídas, no serán escuchadas. No
servirán de nada.
- Por supuesto que no -y la voz ya no era ni triste ni
alegre, ni profunda ni superficial, ni dura ni dulce- Sonaba tan lejana de sí
misma que no aceptaba matiz alguno. La muerte carece de matices y cuando los
tiene resultan absolutamente irrelevantes.
- Estamos aquí, porque no puedes renunciar a las palabras- Y lo dijeron todos menos una que lo callaba negando la verdad, como callaba
todo.
- No. Estamos aquí porque vuelve a estar muerto- Y lo callaron
todos menos una que lo dijo mintiendo, como decía todo.

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