viernes, 27 de junio de 2014

El Llanto de los Astros (yVI)

Sideria reconoció la presencia del Errante como una tardía resaca en sus mares de fondo. Se embraveció y envió sus aguas a chocar contra el muro invisible de magnetismo y misterio que las mantenía encerradas girando en el espacio.
El Jinete llegó y saludó con una leve inclinación de cabeza. No descendió de su montura porque no tenía donde descender.


 - ¿Cómo estás Madre? –Sonrió sabiendo que la rabia por su saludo arrasaría un par de nebulosas-.
 - No eres mi hijo –y Sideria se contuvo para no darle al Descreído el gusto que buscaba-. ¿Qué has estado haciendo?
 - Pues recientemente he matado a cuatro de tus últimos hijos. No ha sido agradable, pero tenía que hacerse. Supongo que me ha tocado a mí
 - Ves como no eres mi hijo. Cualquier hijo mío habría matado a Los Cinco Huidos con un solo golpe de esa ridícula arma tuya –los mares de Sideria se movían sin tino, sin cuento, sin mareas.
- Ves cómo eres mi madre –El viento estelar sacudía sus cabellos como lo hubiera hecho el del desierto- Sabes que Pavar se salvará siempre. El miedo siempre vuelve.

Akrhan miró las aguas y se perdió en ellas como siempre que había acudido a presencia de la Madre Desmedida. Vio en el oleaje lo que fue y lo que llegó a ser, contempló en la espuma lo que pudo haber sido y los motivos y razones por lo que no lo fue. Se vio a si mismo y quiso mecerse entre las aguas, perderse entre los fondos, morir entre las olas.
Sacudió la cabeza. No había llegado a las estrellas eternas para sentir añoranza o compasión. Había llegado a por los Lorhim.

- Hablando de hijos…

Un estallido de una gigante azul y la convulsión de un gigante gaseoso interrumpieron al unísono las palabras de Del Que vaga sin Rumbo. Sideria levantaba su mano astral para hacerle callar –Se lo que quieres-

- Si sabes lo que quiero, has de saber que debes dármelo
 - No será así –y la contestación no admitía réplica. No admitía discusión, no a menos que se quisiera que el futuro del universo fuera puesto en cuestión por una rabieta desmedida de una madre desmedida.
No es que a Akrhan le importara demasiado el futuro de ese universo en cuestión. No es que la observación de los brazos de mar rotantes que eran el cuerpo, el alma y la esencia de una diosa le hubiera ablandado. Era simplemente que tenía otras cosas que hacer. Así que giró su caballo y se aprestó a marcharse.
 - Sea –dijo como si la conversación hubiera terminado- Has creado un cuerpo celeste que es capaz de hacer lo que nadie antes hizo. Se ha lanzado más allá de sus posibilidades. Les ha dejado correr por el espacio sin darle la respuesta que hasta el más miserable de los seres de tiempo reducido conoce en sus canciones. Le has arrojado al cosmos como arrojaste a tus hijos a la guerra. He matado a cuatro dioses que pudieron muy bien haber sido mis hermanos para dar una marca y tú te niegas a mostrar un camino. Es posible que Pavar no esté escondido en el confín lejano del espacio infinito. Es más que posible que se acurruque bajo las acuosas faldas de su madre y le transmita hasta el último retazo de su miedo. Si ha de sea así. Sea.

Sideria podría haber replicado con miles de estrellas fugaces estallando o con Sirio ardiendo en llamas de azufre y litio. Pero hubiera sido en vano. Akrhan se había ido.
Así que hizo lo único que una madre enfadada podía hacer. Sonrió e hizo caso a su hijo. Los Lorhim despertaron de sus tumbas de agua en el vientre desmedido de Sideria.

Cien hijos engendró Caos. Cien hijos y una hija. Pero ella es parte de otra historia. 
Eran los heraldos de la desolación, los mensajeros del desorden. Incapaces de crear se regodeaban en la destrucción.
Fueron vencidos como lo es Caos casi siempre. Pero cuatro de ellos cayeron prisioneros. Cuatro seres entre lo primigenio y lo sideral que abandonaban su tumba de aguas eternas y eran de nuevo arrojados a un firmamento que ya ni siquiera había hablado de ellos en los pulsares más alejados del centro que era Sideria.
Y los destructores se pusieron a lo suyo. 
Engulleron las tormentas, devoraron el polvo estelar que ahogaba la visión y el oído de Kanthra, dispersaron las lluvias cósmicas y apartaron los planetas errantes que se habían concentrado para ver el baldío espectáculo de la muerte inconsciente de un cometa al que siempre habían envidiado.
En su locura por saciar su sed de destrucción, allanaron el camino que había o podía seguir el cuerpo sideral que había sido cometa y luego fue planeta y que ahora de nuevo esperaba la oportunidad de ser cometa.
Jabalan lo vio, Lesskin lo vio y por fin Kanthra lo vio. 
Cuando los Lorhim apagaron los rayos cósmicos y destruyeron los cinturones siderales que habían saturado Casiopea, Kanthra lo vio y hizo lo que ya no era imposible porque había sido hecho antes.
Tomo impulso y saltó.
 Jabalan la vio saltar con la alegría de verla en movimiento y la tristeza de contemplarla alejarse. Lesskin la vio saltar, ponerse en movimiento y volvió sus ojos hacia el cielo que era la atmosfera del planeta que de nuevo rotaba sobre su eje al ritmo que le marcaba la vida que albergaba.

- Una nota no hace una canción, Jabalan. Tú tienes muchas notas. Cada una de tus rotaciones y tus giros te las han dado. Ella tan sólo tiene una, ahora tiene unas pocas. Construye su canción, construye su discurso. Ha viajado sin voz y no ha podido hablar. Se la quitaron. Ella se la quitó. Yo se la quité. Cuando empezaba a hablar la mandaron callar.
El silencio es el arma del cometa. La palabra es el escudo del planeta.
- Vuelve al hogar –observó Jabalan al ver el recorrido nítido en el cielo con sus inmensa visión de cuerpo celeste- Cinco estrellas rojas marcaban la dirección orbital de Kanthra. Las almas de cuatro de los dioses que la habían mantenido estática y muerta, la marcaban ahora el punto de partida de su nuevo camino. Una estrella más parpadeaba a lo lejos completando la nueva constelación. Aparecía y desaparecía. El miedo siempre vuelve.
 - Va allá donde quiere. Ahora ahí, quizás a otro lado. Pero una órbita no es un lecho de un río, no es un camino cerrado. Se colocará en las zonas más altas del sistema donde el peso, la lentitud y a la apatía de los otros no la abrumen, no la impidan el salto. Ha de saltar –y la voz de Lesskin era un sonido partido y agonizante- y ha de parar. Los cometas existen para el movimiento, se mueven por la pura voluntad que ellos mismos han creado y por la fuerza ígnea de sus bellos cabellos.
Pero si no se paran, si no frenan, queman toda su materia, su cuerpo y se quedan en nada. Ni siquiera les da tiempo a morir.
Desde entonces Lesskin no duerme y contempla la constelación que él mismo bautizó como la Sonrisa de Lesskin por no hacerlo como las Lágrimas de Lesskin. 
Jabalan y Kanthra siguen en sus órbitas. El planeta a veces dialoga con alguna estrella fugaz que se detiene en un breve suspiro antes de inmolarse en el fulgor de su propia belleza, su velocidad y su carencia de destino. Kanthra a veces habla con algún anodino asteroide de su hogar que se mueve despacio y gira sobre sí mismo mucho más que junto a ella.
Ninguno espera.
Sólo espera Lesskin.
Espera que las canciones se completen, que las melodías se vuelvan sólidas y estables y que por suerte o por desgracia a ambas les falte alguna nota. Espera a que ese momento no le pille dormido y pueda explicar por fin lo que su ironía y la impaciencia de un cuerpo celeste que nació consciente y que quiso convertirse en cometa le impidieron hacer cuando era joven.

- ¿Se lo explicarás algún día? –le pregunta el jinete que ahora pisa la tierra de Jabalan-.
 - Tendré que hacerlo –suspira Lesskin ganando una madurez que nadie le presume y que muy pocos le conocen- ¿Cómo decirle a un cometa que no lo es?
 - Nunca lo fue. Nunca vagó sin rumbo. Por más que lo quisiera, por más que lo pensara. Nunca fue un cometa. Es simplemente un ser sideral cuya órbita abarca el universo.
Akrhan se aleja cabalgando como siempre que se aleja de alguien.
 - ¡Y hay otra cosa que quizás debas decirle o tal vez ayudarla a descubrir! – la voz del Jinete de Los Vientos suena sola y sin cuerpo, como suele hacerlo cuando quiere burlarse de su eterno partenaire en la danza fugaz del universo.
 - ¡Qué lo aprenda ella sola! -bufa el fingido petimetre al alba del cielo de Jabalan- yo no tengo la culpa de que los cuerpos celestes no distingan entre contrario y opuesto. Ese es su celestial problema.
¡Todo el mundo sabe que lo contrario de amar no es no necesitar amor, es querer ser amado! -grita al viento- es algo más arriesgado pero tiene que hacerse. Siempre tiene que hacerse. 
Por eso no puedo permitirme el lujo de dormir.


No hay comentarios:

Publicar un comentario