Sideria reconoció la presencia del Errante como una tardía
resaca en sus mares de fondo. Se embraveció y envió sus aguas a chocar contra
el muro invisible de magnetismo y misterio que las mantenía encerradas girando
en el espacio.
El Jinete llegó y saludó con una leve inclinación de cabeza.
No descendió de su montura porque no tenía donde descender.
- Ves cómo eres mi madre –El viento estelar sacudía sus
cabellos como lo hubiera hecho el del desierto- Sabes que Pavar se salvará
siempre. El miedo siempre vuelve.
Akrhan miró las aguas y se perdió en ellas como siempre que
había acudido a presencia de la Madre Desmedida. Vio en el oleaje lo que fue y
lo que llegó a ser, contempló en la espuma lo que pudo haber sido y los motivos
y razones por lo que no lo fue. Se vio a si mismo y quiso mecerse entre las
aguas, perderse entre los fondos, morir entre las olas.
Sacudió la cabeza. No había llegado a las estrellas eternas
para sentir añoranza o compasión. Había llegado a por los Lorhim.
- Hablando de hijos…
Un estallido de una gigante azul y la convulsión de un
gigante gaseoso interrumpieron al unísono las palabras de Del Que vaga sin
Rumbo. Sideria levantaba su mano astral para hacerle callar –Se lo que quieres-
- Si sabes lo que quiero, has de saber que debes dármelo
No es que a Akrhan le importara demasiado el futuro de ese
universo en cuestión. No es que la observación de los brazos de mar rotantes
que eran el cuerpo, el alma y la esencia de una diosa le hubiera ablandado. Era
simplemente que tenía otras cosas que hacer. Así que giró su caballo y se
aprestó a marcharse.
Sideria podría haber replicado con miles de estrellas
fugaces estallando o con Sirio ardiendo en llamas de azufre y litio. Pero
hubiera sido en vano. Akrhan se había ido.
Así que hizo lo único que una madre enfadada podía hacer.
Sonrió e hizo caso a su hijo. Los Lorhim despertaron de sus tumbas de agua en
el vientre desmedido de Sideria.
Cien hijos engendró Caos. Cien hijos y una hija. Pero ella
es parte de otra historia.
Eran los heraldos de la desolación, los mensajeros
del desorden. Incapaces de crear se regodeaban en la destrucción.
Fueron vencidos como lo es Caos casi siempre. Pero cuatro de
ellos cayeron prisioneros. Cuatro seres entre lo primigenio y lo sideral que
abandonaban su tumba de aguas eternas y eran de nuevo arrojados a un firmamento
que ya ni siquiera había hablado de ellos en los pulsares más alejados del
centro que era Sideria.
Y los destructores se pusieron a lo suyo.
Engulleron las
tormentas, devoraron el polvo estelar que ahogaba la visión y el oído de
Kanthra, dispersaron las lluvias cósmicas y apartaron los planetas errantes que
se habían concentrado para ver el baldío espectáculo de la muerte inconsciente de un cometa al
que siempre habían envidiado.
En su locura por saciar su sed de destrucción, allanaron el
camino que había o podía seguir el cuerpo sideral que había sido cometa y luego
fue planeta y que ahora de nuevo esperaba la oportunidad de ser cometa.
Jabalan lo vio, Lesskin lo vio y por fin Kanthra lo vio.
Cuando los Lorhim apagaron los rayos cósmicos y destruyeron los cinturones
siderales que habían saturado Casiopea, Kanthra lo vio y hizo lo que ya no era
imposible porque había sido hecho antes.
Tomo impulso y saltó.
- Una nota no hace una canción, Jabalan. Tú tienes muchas notas. Cada una de tus
rotaciones y tus giros te las han dado. Ella tan sólo tiene una, ahora tiene
unas pocas. Construye su canción, construye su discurso. Ha viajado sin voz y
no ha podido hablar. Se la quitaron. Ella se la quitó. Yo se la quité. Cuando
empezaba a hablar la mandaron callar.
El silencio es el arma del cometa. La palabra es el escudo
del planeta.
- Vuelve al hogar –observó Jabalan al ver el recorrido
nítido en el cielo con sus inmensa visión de cuerpo celeste- Cinco estrellas
rojas marcaban la dirección orbital de Kanthra. Las almas de cuatro de los
dioses que la habían mantenido estática y muerta, la marcaban ahora el punto de
partida de su nuevo camino. Una estrella más parpadeaba a lo lejos completando
la nueva constelación. Aparecía y desaparecía. El miedo siempre vuelve.
Pero si no se paran, si no frenan, queman toda su materia, su
cuerpo y se quedan en nada. Ni siquiera les da tiempo a morir.
Desde entonces Lesskin no duerme y contempla la constelación
que él mismo bautizó como la Sonrisa de Lesskin por no hacerlo como las Lágrimas de
Lesskin.
Jabalan y Kanthra siguen en sus órbitas. El planeta a veces dialoga
con alguna estrella fugaz que se detiene en un breve suspiro antes de inmolarse
en el fulgor de su propia belleza, su velocidad y su carencia de destino.
Kanthra a veces habla con algún anodino asteroide de su hogar que se mueve
despacio y gira sobre sí mismo mucho más que junto a ella.
Ninguno espera.
Sólo espera Lesskin.
Espera que las canciones se completen, que las melodías se
vuelvan sólidas y estables y que por suerte o por desgracia a ambas les falte
alguna nota. Espera a que ese momento no le pille dormido y pueda explicar por
fin lo que su ironía y la impaciencia de un cuerpo celeste que nació consciente
y que quiso convertirse en cometa le impidieron hacer cuando era joven.
- ¿Se lo explicarás algún día? –le pregunta el jinete que
ahora pisa la tierra de Jabalan-.
Akrhan se aleja cabalgando como siempre que se aleja de
alguien.
¡Todo el mundo sabe que lo contrario de amar no es no
necesitar amor, es querer ser amado! -grita al viento- es algo más arriesgado
pero tiene que hacerse. Siempre tiene que hacerse.
Por eso no puedo permitirme el
lujo de dormir.


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