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domingo, 29 de junio de 2014

Las Raíces de Hautling (III)

Los hay que creen que la parte más sensible de los árboles son las hojas y las flores. Se equivocan. Son las partes más bellas y más efímeras de los entes arbóreos, pero desde su nacimiento hasta el final de su ciclo de existencia saben que su función es lucir y mostrarse. Y eso es lo que hacen.
Carecen del impulso necesario para desarrollar el sentimiento. El dolor no se muestra, el sufrimiento no otorga belleza. Así que hojas y flores no sienten, tan solo viven en la más perfecta de las armonías consigo mismas hasta el instante mismo en el que dejan de hacerlo.
La voluntad de un dios muerto puede hacer a una flor querer ser más bella, puede hacer a una hoja querer ser más brillante. Pero no puede hacerlas sentir. Eso ni Hautling puede hacerlo.
Otros piensan que el sentimiento de los seres arbóreos radica en sus raíces pero se equivocan. Las raíces se hunden en la tierra, se pierden de la vista de hombres y de árboles. Están ciegas. Sólo ven los principios y saben los finales. La tierra las arrulla haciéndolas inmunes a la capacidad de sentir. Viven ancladas al sustrato que ha sido su comienzo y que es el final. El conocimiento evita el sentimiento ¿Para qué hacer nada si el destino es idéntico al origen?
La esencia de Anares no sirve para nada cuando se es incapaz de contemplar los espacios intermedios de la vida.
La mayoría desprecia el tronco de los árboles como algo que es consecuencia lógica de sus raíces y un camino necesario hacia sus hojas, sus flores y sus frutos. Para ellos el tronco es una vía desde la necesidad hasta la belleza y como todo camino no tiene valor en si mismo.
Pero claro, eso lo opinan los humanos, que no necesitan de la voluntad de un dios caído para moverse.
El Tirón de Veneno, que luego Ada bautizaría como el Impulso Nocivo, sacudió en primer lugar el centro mismo de su ser, es decir su tronco.
Todo tipo de seres han escuchado llamadas a lo largo de los incontables eones que han pasado desde que el penúltimo dios exhaló su último aliento. Humanos han sentido llamadas alienígenas; animales han sentido la llamada de la sangre e incluso algunos han creído sentir la llamada de los dioses en sus mentes, sus oídos o sus testículos, que en muchos casos resultan ser lo mismo.
Desde el Grito de Craning hasta la Llamada del Sinaí, todas esas voces han impelido a los seres vivientes a hacer algo. A agruparse, a replegarse, a marchar, a matar o a morir e incluso a obligar a que  otros los maten. A comer o a ayunar, a sangrar o desangrar; a inmolar o a sacrificar, a correr o a parar; a huir o a atacar. A matar en la hoguera o a morir en la cruz.
Todas las llamadas, las voces y los mensajes han obligado a actuar de una manera determinada. Todas menos el Tirón del Veneno.
Lo primero que Ada sintió en el centro de su corteza fue la inmovilidad, como si todos los pequeños resquicios de su revestimiento, por los que habitualmente manaba su sinuoso perfume, se estuvieran cerrando. Como si la brisa que la voluntad de Hautling hacía fluir por el bosque dejara de tocarla. Si hubiera tenido ojos hubiera podido comprobar que sus ramas seguían meciéndose en el arrullo del viento otoñal templado que la voluntad común de Hautling había elegido para ese momento. Pero Ada era un árbol y no tenía ojos y por ello sintió como si sus ramas se hubieran detenido repentinamente, como si no hubiera viento capaz de hacerlas regresar al movimiento que ella deseaba, que su estancia en el bosque del dios muerto le permitía elegir.
Y luego sintió el frío. No era el frío exterior que a veces eligen los árboles de Hautling para poder llevar a cabo sus ciclos naturales que ni siquiera su voluntad pueden evitar. Era un frío interno, que partía del mismo centro de su ser.
Un frío que convertía su olor en algo estancado, enfermizo, en algo que impedía mover las hojas, las ramas y las raíces. El frío le impedía reconocer su propio aroma y le apartaba de los de Hautling, le apartaba de los estallidos de luz que eran los árboles de Azahar; de los calidos abrazos que eran los sauces; de las pertinaces insistencias que aportaban los manzanos. Sólo podía recibir el perfume interior que no reconocía. El olor de su propia podredumbre.
Cuando fue incapaz de reconocerse, cuando fue incapaz de sentir nada salvo su ser retorcido sobre su propio tronco empezaron las voces.
Eran voces lejanas. Voces imposibles, voces que llegaban a la vez desde el horizonte más lejano y desde el interior más cercano era como si la lejanía fuera el eco de su interior o cu interior fuera la respuesta a esas voces.
Fue entonces cuando reconoció la procedencia de aquella llamada. Cuando pudo escuchar la sibilante lengua de los álamos negros contrapuesta con el airado griterío de los eucaliptos. Lo supo. Cuando escucho los timbres histéricos de las acacias de hojas aserradas en asonancia constante con los graves tonos de robles añejos y pinos perennes, conoció el origen de las voces. Cuando distinguió los agudos chillidos de los acebos resonando en discordancia con las cansadas voces de los chopos, descubrió quien la estaba llamando.
Cuando recordó el olor del veneno supo que el Bosque del Norte la estaba llamando.
“la voluntad no es la respuesta. Es la trampa”. El Bosque del Veneno repetía una y otra vez su llamada, con la insistencia de los que esperan ser obedecidos, con el anhelo de los que ansían tener el poder de imponer sus órdenes, con la superioridad de los que creen conocer el destino del mundo.
Y esa repetitiva insistencia enfriaba la voluntad de Ada hasta conseguir privarla de la sensación de poseer esa voluntad que la inmolación voluntaria de un dios añejo la había regalado.
La salmodia constante que atravesaba su tronco como una letanía de falsa conmiseración y de miedo la impedía oler otra cosa que el olor del propio veneno que llevaba en su interior, de la herencia de las aguas y las tierras del Bosque del Veneno.
Eres de los nuestros, decían los armónicos de las acacias; llevas nuestro veneno, no puedes evitarlo, contrapunteaban los chopos; no puedes evitarlo, disonaban los acebos. No tienes donde ir, salmodiaban los eucaliptos.
Pliégate, resígnate, ocupa tu lugar entre nosotros y envenena el aire, repetían todos al unísono y la cadencia volvía a repetirse en cada anillo, cada rama y cada hoja de Ada hasta que el movimiento se hacía imposible.
Cuando el veneno invade al aire el único movimiento plausible es tratar de contener la respiración.
Y así pasó días y noches. Parada en el límite externo del calvero que quería abandonar. Ciclos marcados por la voluntad común de Hautling no por la suya. Ada no podía acceder a su propia voluntad. La Llamada Nociva se lo impedía.
La Voluntad Común de Hautling, surgida de las ínfimas partes  de voluntad propia que cada árbol cedía para organizar mínimamente el entorno, gobernó la vida del sándalo que era Ada mientras no esta no podía hacer nada por sí misma. Mientras el Tirón del Veneno intentaba arrastrarla lejos de su elección, lejos de su movimiento y mantenerla congelada en el frío de su propio veneno.
Pero la voluntad de un dios es más fuerte que la llamada cualquier bosque por venenosa que se la masa arbórea, por muerto que este el dios. La Voluntad de Hautling era la voluntad de un mundo por seguir en movimiento. Eso no habría podido pararlo la ponzoñosa letanía del Bosque del Veneno incluso aunque Anares no hubiera muerto allí, incluso aunque el Señor de La Voluntad no hubiera existido nunca.
Hautling no interfiere, Hautling no lucha y no se enfrenta a aquellos que le muestran miedo, rencor o inquina. Hautling se limita a vivir. A vivir y a moverse.
Pero ese movimiento es su propia forma de lucha, de resistencia, de victoria. Las normas que rigen Hautling son sólo conocidas por aquellos de sus moradores y solamente por aquellos de ellos que recurren o han recurrido a ellos. Pero solamente aquellos que ellos que recurren a su propia voluntad pueden solicitar el apoyo del Bosque de Anares.
En mitad del frío, en mitad del hedor de su propio veneno, que atestaba y arrasaba sus poros, Ada tuvo un momento en el que recordó su voluntad. Algunos de los habitantes vegetales del Enjambre Verde, como era conocido Hautling en las leyendas de las praderas, dirían que había sido por el impulso del bosque; otros dirían que fue por la fuerza  Anares y otros susurrarían que Ada recordó su donada voluntad porque recurrió a su propia conciencia.
Nadie lo sabe con certeza, ni siquiera Ada, pero lo cierto es por un instante un solo pensamiento recorrió su ser de madera y sabia y poseyó todas las fibras de su nudoso tronco, sus rectas ramas y sus volubles hojas. Recordó el salto que la llevó del límite meridional del Bosque del Veneno a la linde septentrional de Hautling en ese día en el que la Selva del Empeño decidió abandonar el norte después de acogerla en su seno.
Recordó que nadie podía quitarle eso y recordó que siempre lo había recordado. Los árboles no olvidan nada, simplemente se olvidan de que aún lo recuerdan.
Y entonces quiso saltar.
La engañosa y venenosa salmodia que llegaba del septentrión ponzoñoso se detuvo un instante cuando los que la cantaban contuvieron el aliento temiendo que Ada pudiera realizar lo imposible, pudiera escapar de su llamada, controlar su frío y su veneno. Recuperar su voluntad. No había pasado el tiempo de un latido humano cuando descubrieron su error y volvieron a entonar la disonante melodía que imponía el Tirón del Veneno al recordar que era precisamente esa llamada, constante y repetida, lo que mantenía a Ada incapaz de recurrir a su voluntad. Un latido después, se reanudó con más fuerza, intensidad y empuje. Un latido era demasiado tarde.
El movimiento de un bosque, de cualquier bosque, es demasiado rápido para que lo perciba el ojo humano. Todo vuelve a estar en la misma posición antes de que ningún humano haya sido capaz de atisbar que se ha movido. En Hautling, donde el movimiento era una forma de existencia, era una voluntad, la velocidad tendía siempre al infinito.
En tiempo humano se vivió más o menos así.
Cuando la sinapsis inconsciente que dispara un latido se encendió la tierra de Hautling se ahueco, se hizo más porosa por una lluvia que no había caído y que no había mojado el sustrato. Cuando esa sinapsis se apagó miles de gusanos surgidos de una podredumbre que no existían completaron el trabajo bajo las raíces de Ada.
Luego miles de manzanos florecieron al unísono y su embrujo de Azahar saturó el aire de un aroma tan intenso y delicioso que borro de los arbóreos sentidos de Ada el hedor de su propia podredumbre. El delicioso olor pudo aspirarse durante semanas hasta en el confín de las tórridas tierras de los Hijos de caos y en las gélidas murallas de los Chamanes de Hielo. El músculo que daba entrada a la sangre se había contraído.
La cavidad  superior de un corazón humano adulto no había tenido tiempo para llevarse de sangre cuando olmos, abedules y álamos se colocaron en formación imposible alrededor de Ada y comenzaron a acariciarla con sus hojas. La cavidad estaba llena cuando la voluntad de los robles y nogales generó un viento del sur que hizo apenas audible el rumor venenoso que llegaba del norte.
La sangre del humano que marcaba el ritmo de la guerra entre Hautling y el bosque del Veneno paso a las cavidades inferiores mientras sauces, madroños y sobre todos los cantarines árboles de las praderas enviaron su mensaje de viento y agua hasta el último rincón del bosque de Hautling y la Voluntad Común lo confirmó cuando el corazón se contrajo para expulsar el ardiente líquido vital. Cuando la última gota de sangre abandonó el músculo todo Hautling dio un paso hacia el sur. Y Ada saltó hacia delante libre por fin del Tirón del Veneno.


Un corazón humano latió de nuevo. En el mundo de los hombres no había pasado nada que pudiera verse y no percibieron la desazón del Bosque del Veneno salvo porque durante un momento hasta los lugareños sintieron una extraña dificultad para respirar. Por supuesto, ningún humano percibió ni la sensación de victoria de Hautling ni desde luego el alivio de Ada al recuperar el movimiento. Ningún humano ponía el pie en Hautling desde Lesskin y Hautling tampoco tenía muy claro que Lesskin hubiera estado entre sus lindes.
En cualquier caso, la guerra entre bosques había terminado.
La humanidad nunca percibió batalla alguna. Al menos eso dice Lesskin, pero ¿Quién está seguro de que Lesskin percibe a la humanidad de la misma manera que la humanidad se percibe a si misma?
Ada recuperó la voluntad que había recibido de la esencia nebulosa de un dios que eligió morir y recuperó el movimiento que esa voluntad le regalaba, pero no olvido la última frase que escuchara de la salmodia de la Llamada Nociva. La emitida en todo grave y acento socarrón por el más negro roble del Bosque del Veneno
- Llevas nuestra marca. Envenenarás todo lo que toques
El eco de esa frase resonó en sus oídos y no impidió que se moviera. No impidió que avanzara, pero convirtió su avance en una huida. Transformó a Ada en una sombra.
Una sombra con voluntad, pero una sombra.

Las Raíces de Hautling (II)


Un sándalo es un sándalo en el Bosque del Veneno o en Hautling. Y no deja de serlo porque cambie de bosque.
Su dulce olor sigue inundando el aire. Su madera, dura y maleable a la vez, sigue emanando la fragancia que le hace querido por los bosques y apreciado por los humanos. Sus raíces siguen siendo delgadas y tenues y hundiéndose sólo en las capas superficiales de la tierra de las que toma el brío y la presteza que muestran sus hojas y sus ramas. Pero en Hautling todo árbol precisa un nombre. Un nombre para él y sólo para él. Cuando puedes moverte no resulta plausible ser conocido como el “roble de la colina” o el “castaño del vado del río” como suelen llamarse los árboles en otros bosques, como suelen referirse a ellos los humanos.
Porque la voluntad de Hautling permite moverse a sus habitantes y sería imposible reconocer a alguien que se llamara “el roble que ayer estuvo en la ribera y hoy descansa en el calvero norte y mañana quién sabe dónde estará”. Así que en el bosque que nació de la voluntad de un dios muerto cada árbol tiene un nombre.
Nadie hace propuestas. No hay eternas reuniones de seres que dicen ser árboles pero piensan como humanos. Simplemente cuando se entra en el Bosque de Hautling, reconoces la voluntad de tener un nombre y lo tienes. El Sándalo del Bosque del Veneno era un árbol oriental y era un árbol hermoso, Era un árbol recio y un árbol que podía ser dúctil al fuego adecuado. Era el primer sándalo que llegaba a Hautling y el último árbol que salió del Bosque del Veneno. Era hermoso y llegaba cuando el bosque estaba hecho. No había más que decir.
Era Ada.
Y el sándalo que era Ada descubrió el movimiento de la voluntad. Descubrió que en el bosque sus movimientos eran suyos, todos y cada una de sus ramas podían moverse en la dirección en la que lo deseara con independencia del viento; todas y cada una de sus hojas podían alzarse o replegarse con independencia del rocío o de la escarcha; del influjo del sol o de la luna. Eran suyas y eran movidas a voluntad.
Pero sobre todo descubrió que podía desplazarse. El mágico influjo de la esencia nebulosa del dios de la Voluntad permitía a Ada desplazarse sin que sus raíces sufrieran, crujieran o se rompieran.
Y Ada avanzó. Avanzó como lo hacen los titubeantes niños que no saben porque de repente sus piernas les impelen a ese movimiento. Avanzó con la fuerza y el tesón del que lo hace por primera vez- Cuando se descubre el movimiento nunca se camina hacia atrás.
Olvidó los vapores nocivos del Bosque del Veneno y descubrió que lanzar sus aromas era también un acto de voluntad. No era la primavera, no era el otoño. Ada olía a sándalo cuando Ada quería oler a sándalo.
Y recorrió el bosque. Se topó con sauces orgullosos que paseaban tranquilos y sin preocupaciones. Contempló sus ramas erguidas en contra de lo que ocurría en otros bosques, contempló sus hojas alzadas sólo por la voluntad de llevarlas de esa forma. Para que llorar cuando se puede sonreír.
Y compartió sabia con algunos. Se alimentaron juntos. Ada no escuchaba su cantarín entrechocar de ramas y ellos no percibían su perfume gozoso y embriagador. No porque no pudieran hacerlo, sino porque habían decidido no hacerlo. La voluntad de movimiento es la más fuerte de las voluntades en el bosque de Hautling. Cuando se ha estado eones en estable quietud, la inercia del movimiento emprendido es la voluntad que domina todo acto.
Y si algo sobraba en Hautling era movimiento.
Ada encontró un arce que vagaba despacio alrededor de un calvero. Le pareció un árbol en cierta medida impresionante. Tranquilo, sin esa arrebatada velocidad que  alteraba el recorrido de los sauces; sin esa incesante urgencia que sentían los álamos de mostrar su hermosura en todos los rincones de Hautling para volver a iniciar su recorrido una vez que lo habían terminado.
- ¿Compartes agua conmigo? –si no era sorprendente que un arce se moviera mucho menos lo era que hablase. Eso lo hacían los árboles en todos los bosques.
Y Ada compartió agua con el arce. Bebió junto a él y entrelazó en ocasiones sus hojas e incluso sus ramas. Sus movimientos eran distintos. La sobriedad frente a la elasticidad; la tranquilidad frente a la difusa celeridad. Era la diferencia entre el pastoso pero dulce sabor del sirope de arce y el ácido y penetrante pero embriagador aroma del sándalo. Era la diferencia entre la vida y el letargo.
Durante un tiempo se produjo uno de esos estadios que sólo pueden producirse entre las ramas de los perennes movimientos de Hautling. Ada y el arce pese a sus ritmos diferentes, pese a sus direcciones divergentes, caminaron juntos. Se movían en una danza imposible en la que las pausas de Ada eran aprovechadas por el arce para alcanzar a su acompañante; en la que los pasos más rápidos de la voluntad que otrora fuera un sándalo eran compensados por los más largos del arce. Y Hautling sonreía.
No era una amplia sonrisa de felicidad, ni siquiera una tenue sonrisa de satisfacción o una efímera sonrisa de complicidad. Era una sonrisa recta. Hautling siempre sonríe cuando la voluntad hace factible lo imposible. Hautling siempre sonríe cuando conoce le final de un principio.
Y ocurrió que el arce se detuvo. Se paró y Ada se volvió a él y le contempló con sus miles de hojas y sus cientos de ramas.
- Espérame – la voz del arce no era dura ni blanda. Era antigua como su madera y lenta como su movimiento-.
- ¿Por qué he de hacerlo? –Y Ada reconoció su aroma emanando por todos los poros de su corteza. Puedes moverte más rápido. Todos podemos.
- Me muevo rápido –contestó el arce-. Más de lo que he hecho desde que llegue a Hautling.
Y las parduscas hojas de dos olmos, que habían decidido ser otoñales gracias a la voluntad del Bosque de Anares, asintieron con mil pequeñas voces la verdad de las palabras del arce.
- Entonces ¿Por qué nunca me alcanzas? ¿Por qué nunca…
Pero la pregunta que expresaran las ramas bajas de Ada murió en sus hojas. Cientos de ellas cayeron muertas para formar el sustrato de Hautling cuando la parte alta de la copa de Ada reconoció el lugar en el que se hallaban. El sustrato del Bosque de la Voluntad se construye de arbóreas decepciones.
Contempló las doradas colinas que surcaban el claro del bosque y el suave calvero que descendía hacia la corriente, por un instante su tronco se estremeció con el recuerdo del agua bebida de ese río, pero también comprendió.
- Es el mismo sitio en el que bebimos juntos la primera vez –dijo casi sin comprender. El viento sacude a los árboles para despertarles de su letargo y un suave céfiro se filtró por entre las hojas de Ada.
- Siempre es el mismo sitio.
Y la memoria verde y sabía que todo árbol tiene en si recordó el camino, recordó cada uno de los pasos dados en compañía del arce. Su lento y rítmico caminar. Y, cuando el viento comenzaba a silbar en su copa, el Sándalo que ahora era Ada reconoció el terreno y completó el círculo.
- ¿Por qué te mueves en círculos?
- ¿Hay otra forma de moverse? – y la sorpresa del arce era tan genuina que parte de su ramaje se arqueó hasta quebrarse. En un bosque en el que gobierna la Voluntad y los árboles se mueven son los sentimientos los que marcan el cambio.
- Puedo cambiar el círculo, si lo deseas. Hautling tiene muchos recorridos.
Si los dioses hubieran querido que los árboles gritaran hubiera sido Hissiane, la Señora de la Ira, la que habría caído en el Bosque de Hautling. Pero la vida de los humanos hubiera sido demasiado dura con seres antiguos capaces de recordarles de viva voz todos sus errores. Así que los árboles no tenían boca. Si la hubiera tenido, el grito de Ada hubiera hendido el aire. Como no la tenía, sus ramas se agitaron como látigos. La furia de un árbol suele dolerle más a él que a los otros.
- ¿Y qué cambiaría eso? - la voz de Ada olía agria y  rancia como el sándalo viejo y requemado- Un círculo es un círculo. No permite avanzar.
- Tampoco es necesario avanzar. Estamos en Hautling. Sin avanzar podemos movernos y mi círculo me ha permitido conocerte.
- Pero cuando me aleje de él desapareceré -Ada intentaba razonar con el arce, pero las ramas caídas de dos sauces llorones le susurraron que era imposible. Quien se mueve en círculos razona en círculos.
- Pues no te alejes.
- ¿Y si lo hago?
- Ampliaré mi círculo. Así a lo mejor podré volver a encontrarme contigo. Y si no daré tiempo a que aparezca alguien como tú para beber conmigo.
Ada no quiso escuchar más. Utilizó la voluntad de un dios muerto para seguir avanzando, para abandonar el calvero sin mirar las doradas colinas, sin reparar en los sauces llorones y sin escuchar las palabras del arce, tan cíclicas como su itinerario; tan circulares como sus razonamientos, tan vanas como sus esperanzas.
Avanzó y por primera vez desde que Hautling le dio un nombre. Sintió el Tirón del Veneno.




Las raíces de Hautling (I)

El bosque de Hautling está vivo. Eso no es decir mucho de un bosque, puesto que todos lo están. Pero Hautling eleva el concepto de vida al grado de decisión voluntaria.
Los árboles hablan entre ellos, los árboles sienten la sabia correr por sus nudosas venas y se alegran del frío y del calor. Los árboles de otros bosques se expresan en la pasión de sus vidas y en la tristeza de sus muertes cíclicas y repetitivas. Se regocijan en sus resurrecciones.
 Pero lo hacen porque tienen que hacerlo, porque su naturaleza les lleva a plantearse la existencia y a vivirla. Los árboles del mundo viven porque así lo decidieron los mil dioses que crearon el universo antes de luchar por él. Los árboles de Hautling viven porque ellos han decidido vivir.
Dicen los que estaban allí para verlo o aquellos a los que les ha sido r
ebelada la historia que en la Guerra de Los Mil Dioses, que sacudió el mundo antes de los hombres, todos luchaban contra todos y todos murieron a manos de todos. Todos, salvo que el que no participó.


Y también dicen que Anares, el Señor de la Voluntad, estuvo a punto de vencerlos a todos.
Sus brazos estaban manchados hasta los codos de la sangre de los hermanos muertos a sus manos. Los huesos y los cráneos de sus enemigos poblaban el campo de batalla que era el mundo, creando un camino hasta sus pies. Dicen que podía haber ganado, pero un fallo en su naturaleza le hizo frenarse y girarse cuando Rahela, la Señora de la Traición, combatía con él. Por eso murió a sus manos.
Pero Lesskin cuenta una historia diferente. Cuenta que el Señor de la Voluntad se detuvo porque quiso hacerlo, porque quiso demostrarles a todos que era Anares y que su voluntad era tan fuerte que le permitía dejarse matar si así lo decidía.
La batalla sólo se detuvo en ese momento. Los dioses que quedaban, los que no habían caído a manos de alguno de sus hermanos, los que no habían muerto al desafiar a Anares, se detuvieron un instante y contuvieron sus ateridos y cansados alientos. El frío ha estado siempre. No depende de los dioses. Depende de Caos.
Y Akrhan que era dios y no luchaba porque había decidido no ser dios bramó tan alto por la muerte de su hermano mayor y favorito que todos supieron que aunque huyeran o vencieran, aunque sobrevivieran o medraran su destino final después de eones de existencia sería caer bajo el acerado filo de la cimitarra del errante Jinete de los Vientos.
Pese a ese conocimiento que les llegó con el sonido de la furia de su hermano, todos esperaron. Esperaron que de la esencia derramada de Anares surgiera un soplo de voluntad que los anegase a todos y les hiciera redoblar sus esfuerzos. Hasta el más mísero de los seres sabe que cuando un inmortal cae su esencia se distribuye entre sus iguales.
Esperaron y esperaron ese sopló de voluntad que renovara sus fuerzas, pero no llegó.
Los vientos que desatan las esencias divinas no se disiparon, se congregaron como una niebla espesa  sobre el lugar en el que yacía Anares y luego se transformaron en un rocío que regó la tierra y que hizo brotar infinidad de retoños.
Hasta en la muerte, Anares demostró que su voluntad era capaz de imponerse a cualquier cosa que hubiera ocurrido o que estuviera por ocurrir.
Los dioses suspiraron por la pérdida y siguieron batallando hasta librar al mundo de su presencia mucho tiempo antes de que el mundo existiera.
Así dice Lesskin que surgió el bosque de Hautling, que él se empeña en llamar el Bosque de Anares.
Pero claro, pocos hacen caso a Lesskin ¿Cómo se puede tener en cuenta las palabras de alguien que cuenta la Guerra de los Mil Dioses como si hubiera estado presente en ella?
Pero todo el mundo sabe que Hautling está vivo porque quiere estarlo y por eso sus árboles no sólo hablan o viven, sino que se mueven. Pero no lo hacen como los Ents, esos seres disfrazados de árboles, de la Tierra Media de la Primera Era. No lo hacen por la magia de los espectros o nigromantes, como lo hicieran los bosques oscuros de Ansalón al final de la Era de los Sueños, antes de El Cataclismo. Lo hacen porque quieren hacerlo. Por propia voluntad.
 
Hautling se mueve y lo hace porque quiere. Puede parecer sorprendente pero no lo es. No cuando se sabe que en los confines del continente habita un hombre que puede crear mundos. No cuando se sabe que existió un caballero que vivió en la garganta de un dragón.
Cuando se da por sentado que se ha visto nacer a un dios y morir a mil pocas cosas pueden sorprender. Y mucho menos que un bosque tenga voluntad.

Pero lo que pocos saben es que Hautling se mueve en busca de la voluntad, para tomarla y para acogerla. Por eso apareció de la nada cuando los guerreros de las praderas decidieron asentarse en unas tierras que ni siquiera eran capaces de dar de comer al viento; por eso sus árboles se inmolaron voluntariamente para darle material a Insanj para construir el mundo de su amada; por eso apareció justo en el lugar en el que Macariel se hubiera estrellado contra el suelo si el Señor de la Mentira no le hubiera dado sus alas; Por eso la turba que atacó Capital se encontró un bosque que no estaba cerrándoles el paso en las afueras de la ciudad cuando la Guardia Dorada gritó, en contra de toda lógica, de toda esperanza, “La Guardia muere pero no se rinde”.
Por eso un día Hautling apareció gracias al movimiento de su voluntad en el linde sur de los bosques de las tierras del norte, de los tóxicos terrones que alimentaban al Bosque del Veneno.
Nadie sabe por qué el Bosque del Veneno es tóxico. Unos mantienen que fueron las tierras las que envenenaron a sus habitantes vegetales. Otros afirman que la acumulación de tantas plantas dañinas envenenó para siempre la tierra en la que se asienta esa masa boscosa. Los humanos no opinan, los que viven cerca y alrededor del bosque pueden penetrar en él sin problema así que no se preocupan por nada más. Los que llegan de lejos apenas si pueden respirar unos instantes el aire emponzoñado del Bosque del Veneno. Cuando no se puede respirar uno no se detiene a elaborar teorías. Simplemente corre en busca aire. 
Hautling apareció y esperó. Los humanos no se dieron cuenta. Los humanos del norte son como sus bosques: incapaces de percibir las diferencias más sutiles si eso no les reporta beneficios. Pero el venenoso bosque norteño percibió la presencia e intentó rechazarla. Podría haber combatido contra ella si Hautling hubiera invadido su terreno, pero Hautling se limitaba a esperar en la linde, sin hablar, simulando que no tenía voz; sin amenazar, simulando que no tenía poder. Sin pensar, simulando que no tenía alma.
Y esa espera arrastró a muchos de los árboles que poblaban el bosque venenoso del norte, donde la vida es un espectáculo que se contempla desde fuera. Muchos se acercaron a Hautling y se instalaron en él.
Los susurros sulfurosos de las hojas de los árboles del bosque del Norte hablaron a sus pobladores; los frutos venenosos de sus habitantes amenazaron y alzaron sus rancios aromas para avisar a los suyos de que Hautling les engañaba, les ofrecía algo que no existía: Que la voluntad no es un don sino un castigo.
Y una mañana, como otra cualquiera, el bosque del Norte miró a su linde meridional y descubrió que Hautling ya no estaba, que el bosque de Anares se había retirado.  La dañina masa boscosa de veneno suspiró de alivio y sus árboles se engrandecieron; y sus arbustos se hincharon y sus frutos brotaron fuera de estación, más sugerentes, más venenosos que nunca.
El nocivo Bosque del Norte sacó pecho ante el mundo creyendo haber derrotado a Hautling.


Pero Hautling sonrió con la sonrisa de los árboles, con la brisa cálida y aromática que todo bosque emana cuando está tranquilo. Había recogido lo que había venido a buscar. Entre sus pobladores había un árbol de sándalo que no estaba cuando la voluntad del bosque le había llevado a las tóxicas tierras del norte.

Hautling sólo se mueve por propia voluntad. Hautling sólo se marcha cuando la voluntad ha sido satisfecha.