domingo, 29 de junio de 2014

Las Raíces de Hautling (II)


Un sándalo es un sándalo en el Bosque del Veneno o en Hautling. Y no deja de serlo porque cambie de bosque.
Su dulce olor sigue inundando el aire. Su madera, dura y maleable a la vez, sigue emanando la fragancia que le hace querido por los bosques y apreciado por los humanos. Sus raíces siguen siendo delgadas y tenues y hundiéndose sólo en las capas superficiales de la tierra de las que toma el brío y la presteza que muestran sus hojas y sus ramas. Pero en Hautling todo árbol precisa un nombre. Un nombre para él y sólo para él. Cuando puedes moverte no resulta plausible ser conocido como el “roble de la colina” o el “castaño del vado del río” como suelen llamarse los árboles en otros bosques, como suelen referirse a ellos los humanos.
Porque la voluntad de Hautling permite moverse a sus habitantes y sería imposible reconocer a alguien que se llamara “el roble que ayer estuvo en la ribera y hoy descansa en el calvero norte y mañana quién sabe dónde estará”. Así que en el bosque que nació de la voluntad de un dios muerto cada árbol tiene un nombre.
Nadie hace propuestas. No hay eternas reuniones de seres que dicen ser árboles pero piensan como humanos. Simplemente cuando se entra en el Bosque de Hautling, reconoces la voluntad de tener un nombre y lo tienes. El Sándalo del Bosque del Veneno era un árbol oriental y era un árbol hermoso, Era un árbol recio y un árbol que podía ser dúctil al fuego adecuado. Era el primer sándalo que llegaba a Hautling y el último árbol que salió del Bosque del Veneno. Era hermoso y llegaba cuando el bosque estaba hecho. No había más que decir.
Era Ada.
Y el sándalo que era Ada descubrió el movimiento de la voluntad. Descubrió que en el bosque sus movimientos eran suyos, todos y cada una de sus ramas podían moverse en la dirección en la que lo deseara con independencia del viento; todas y cada una de sus hojas podían alzarse o replegarse con independencia del rocío o de la escarcha; del influjo del sol o de la luna. Eran suyas y eran movidas a voluntad.
Pero sobre todo descubrió que podía desplazarse. El mágico influjo de la esencia nebulosa del dios de la Voluntad permitía a Ada desplazarse sin que sus raíces sufrieran, crujieran o se rompieran.
Y Ada avanzó. Avanzó como lo hacen los titubeantes niños que no saben porque de repente sus piernas les impelen a ese movimiento. Avanzó con la fuerza y el tesón del que lo hace por primera vez- Cuando se descubre el movimiento nunca se camina hacia atrás.
Olvidó los vapores nocivos del Bosque del Veneno y descubrió que lanzar sus aromas era también un acto de voluntad. No era la primavera, no era el otoño. Ada olía a sándalo cuando Ada quería oler a sándalo.
Y recorrió el bosque. Se topó con sauces orgullosos que paseaban tranquilos y sin preocupaciones. Contempló sus ramas erguidas en contra de lo que ocurría en otros bosques, contempló sus hojas alzadas sólo por la voluntad de llevarlas de esa forma. Para que llorar cuando se puede sonreír.
Y compartió sabia con algunos. Se alimentaron juntos. Ada no escuchaba su cantarín entrechocar de ramas y ellos no percibían su perfume gozoso y embriagador. No porque no pudieran hacerlo, sino porque habían decidido no hacerlo. La voluntad de movimiento es la más fuerte de las voluntades en el bosque de Hautling. Cuando se ha estado eones en estable quietud, la inercia del movimiento emprendido es la voluntad que domina todo acto.
Y si algo sobraba en Hautling era movimiento.
Ada encontró un arce que vagaba despacio alrededor de un calvero. Le pareció un árbol en cierta medida impresionante. Tranquilo, sin esa arrebatada velocidad que  alteraba el recorrido de los sauces; sin esa incesante urgencia que sentían los álamos de mostrar su hermosura en todos los rincones de Hautling para volver a iniciar su recorrido una vez que lo habían terminado.
- ¿Compartes agua conmigo? –si no era sorprendente que un arce se moviera mucho menos lo era que hablase. Eso lo hacían los árboles en todos los bosques.
Y Ada compartió agua con el arce. Bebió junto a él y entrelazó en ocasiones sus hojas e incluso sus ramas. Sus movimientos eran distintos. La sobriedad frente a la elasticidad; la tranquilidad frente a la difusa celeridad. Era la diferencia entre el pastoso pero dulce sabor del sirope de arce y el ácido y penetrante pero embriagador aroma del sándalo. Era la diferencia entre la vida y el letargo.
Durante un tiempo se produjo uno de esos estadios que sólo pueden producirse entre las ramas de los perennes movimientos de Hautling. Ada y el arce pese a sus ritmos diferentes, pese a sus direcciones divergentes, caminaron juntos. Se movían en una danza imposible en la que las pausas de Ada eran aprovechadas por el arce para alcanzar a su acompañante; en la que los pasos más rápidos de la voluntad que otrora fuera un sándalo eran compensados por los más largos del arce. Y Hautling sonreía.
No era una amplia sonrisa de felicidad, ni siquiera una tenue sonrisa de satisfacción o una efímera sonrisa de complicidad. Era una sonrisa recta. Hautling siempre sonríe cuando la voluntad hace factible lo imposible. Hautling siempre sonríe cuando conoce le final de un principio.
Y ocurrió que el arce se detuvo. Se paró y Ada se volvió a él y le contempló con sus miles de hojas y sus cientos de ramas.
- Espérame – la voz del arce no era dura ni blanda. Era antigua como su madera y lenta como su movimiento-.
- ¿Por qué he de hacerlo? –Y Ada reconoció su aroma emanando por todos los poros de su corteza. Puedes moverte más rápido. Todos podemos.
- Me muevo rápido –contestó el arce-. Más de lo que he hecho desde que llegue a Hautling.
Y las parduscas hojas de dos olmos, que habían decidido ser otoñales gracias a la voluntad del Bosque de Anares, asintieron con mil pequeñas voces la verdad de las palabras del arce.
- Entonces ¿Por qué nunca me alcanzas? ¿Por qué nunca…
Pero la pregunta que expresaran las ramas bajas de Ada murió en sus hojas. Cientos de ellas cayeron muertas para formar el sustrato de Hautling cuando la parte alta de la copa de Ada reconoció el lugar en el que se hallaban. El sustrato del Bosque de la Voluntad se construye de arbóreas decepciones.
Contempló las doradas colinas que surcaban el claro del bosque y el suave calvero que descendía hacia la corriente, por un instante su tronco se estremeció con el recuerdo del agua bebida de ese río, pero también comprendió.
- Es el mismo sitio en el que bebimos juntos la primera vez –dijo casi sin comprender. El viento sacude a los árboles para despertarles de su letargo y un suave céfiro se filtró por entre las hojas de Ada.
- Siempre es el mismo sitio.
Y la memoria verde y sabía que todo árbol tiene en si recordó el camino, recordó cada uno de los pasos dados en compañía del arce. Su lento y rítmico caminar. Y, cuando el viento comenzaba a silbar en su copa, el Sándalo que ahora era Ada reconoció el terreno y completó el círculo.
- ¿Por qué te mueves en círculos?
- ¿Hay otra forma de moverse? – y la sorpresa del arce era tan genuina que parte de su ramaje se arqueó hasta quebrarse. En un bosque en el que gobierna la Voluntad y los árboles se mueven son los sentimientos los que marcan el cambio.
- Puedo cambiar el círculo, si lo deseas. Hautling tiene muchos recorridos.
Si los dioses hubieran querido que los árboles gritaran hubiera sido Hissiane, la Señora de la Ira, la que habría caído en el Bosque de Hautling. Pero la vida de los humanos hubiera sido demasiado dura con seres antiguos capaces de recordarles de viva voz todos sus errores. Así que los árboles no tenían boca. Si la hubiera tenido, el grito de Ada hubiera hendido el aire. Como no la tenía, sus ramas se agitaron como látigos. La furia de un árbol suele dolerle más a él que a los otros.
- ¿Y qué cambiaría eso? - la voz de Ada olía agria y  rancia como el sándalo viejo y requemado- Un círculo es un círculo. No permite avanzar.
- Tampoco es necesario avanzar. Estamos en Hautling. Sin avanzar podemos movernos y mi círculo me ha permitido conocerte.
- Pero cuando me aleje de él desapareceré -Ada intentaba razonar con el arce, pero las ramas caídas de dos sauces llorones le susurraron que era imposible. Quien se mueve en círculos razona en círculos.
- Pues no te alejes.
- ¿Y si lo hago?
- Ampliaré mi círculo. Así a lo mejor podré volver a encontrarme contigo. Y si no daré tiempo a que aparezca alguien como tú para beber conmigo.
Ada no quiso escuchar más. Utilizó la voluntad de un dios muerto para seguir avanzando, para abandonar el calvero sin mirar las doradas colinas, sin reparar en los sauces llorones y sin escuchar las palabras del arce, tan cíclicas como su itinerario; tan circulares como sus razonamientos, tan vanas como sus esperanzas.
Avanzó y por primera vez desde que Hautling le dio un nombre. Sintió el Tirón del Veneno.




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