Me asomo a la puerta de la habitación y el aire
acondicionado me refresca. Bajo rápido las escaleras con la bolsa de viaje en
la mano y la sonrisa del llanto que no me aguanto porque no lo merezco en el
rostro. Salgo a la calle.
El calor me golpea el
cuerpo y el rostro con la fuerza del flagelo de una estrella errante. Es más
abrumador en cuanto que se hace sorprendente a esas horas de la mañana, cuando
el sol no debería ser aún un enemigo y el frescor no debería batirse en retirada.
Sólo la sombra de los edificios, aún amplia, permite a mi
cuerpo y a mi cabeza despejarse y volver a colocarse en su sitio.
Son edificios antiguos, ya eran antiguos cuando la historia
era joven. Es un bonito entorno. La solidez es hermosa. La piedra que ha
resistido a lo largo de los siglos es bella. Lo es porque resiste, porque no
cambia, porque no necesita de nadie para resistir.
“Pero precisa de muchos para cambiar”. De nuevo los
pensamientos. De nuevo lo que no quiero, lo que no ansío en este momento. De
nuevo esa voz interior con la que dialogo cuando quiero y que me asalta cuando
no la busca.
Las casas solariegas, las pequeñas casitas de piedra, los
palacios, el hotel. Todo ha sido bello, todo tuvo tiempos mejores y peores,
todo sigue, todo resiste. Como yo.
Aflojo el paso, convierto la carrera en paseo. Convierto la
huida en despedida muda y tranquila. No se puede correr cuando el tiempo ni
siquiera camina. Respiro hondo y recuerdo otras veces que he respirado hondo el
aire de la historia, el suave fluir de los pasos sobre los pasos invisibles de
aquellas que caminaron por los empedrados antes que yo.
Sigo la línea que marca la frescura de la sombra de las
piedras y loa árboles. Al fin y al cabo los árboles son piedras. Tampoco ellos
dejan que la vida les afecte más allá de sus ritmos. No hasta que la muerte les
llega. Pero las piedras no mueren. Continuo apenas alejada del bochorno
incipiente, del sudor repentino. No miro hacia atrás. No hay nada que mirar.
Sólo la risa de La Sombra, sólo la decepción. Pero La Sombra no está. Nunca
está cuando la vida me asalta, nunca se presenta cuando mis ojos miran más allá
de mi. Sólo me escucha, solo me mira cuando, con los párpados cerrados, miro
hacia mi misma, cuando en el calor de mis sábanas y el olor de mi propio cuerpo
me conduce hacia el sueño. Por eso, quizás por eso, los sueños son importantes
para mí. En mis sueños siempre estoy yo.
Cierro un instante los ojos y los abro antes de que surja la
presencia, de que los susurros se hagan presentes, antes de que el deseo de
hablar conmigo misma se haga ineludible. Tengo cosas que hacer. Me impuesto
nuevas cosas que hacer para no seguir haciendo aquello que no quiero seguir
haciendo.
Camino por la avenida asfaltada para el turismo y aquellos
que llegan a perderse del mundo y de si mismo como he hecho yo. Para aquellos
que prevén los actos, las diversiones y los resultados como el hombre que sigue
durmiendo consigo mismo.
Cada paso de mis cansados tacones me marca una nueva
actividad, un nueva marca en el calendario rehecho a toda prisa. Ducharse, dar
de comer a Laila, cambiarse. Demasiadas cosas para tan poco tiempo. Demasiado
rápido se enciende el día cuando se decide que es un día normal, que la magia
anticipada no existe, demasiado acelerado para lo que necesito, para lo que
esperaba.
La vida nunca corre al ritmo que preciso. Siempre se acelera
cuando no debería moverse. Siempre se para cuando no debería estar quieta.
Siempre cambia de marcha sin avisar. Siempre se detiene sin anunciarlo. Como mi
coche.
¡Mi coche! Debería estar dos esquinas más adelante. Cuando
lo aparqué mire el nombre de la calle, lo apunté mentalmente. Pero ahora no
puedo recordarlo. Lo intento y se me viene a la cabeza la estúpida letra de una
estúpida canción. Ni siquiera se dónde la he oído ¿Por qué no recuerdo el
nombre de la calle y si la canción? ¿Por qué nada se ajusta a tus necesidades
cuando necesito que lo haga?
Cuento las esquinas y giro. Atisbo en la lejanía. Lo veo
entre un BMW y un Corsa tuneado, de esos de alerón y llamas negras y rojas, de
esos de música a tope y llantas cromadas.
Veo mi coche entre la
opulencia y el sinsentido, entre la avaricia y la soberbia, entre la
indiferencia y la ignorancia ¿de dónde me salen esos pensamientos? No tengo
tiempo para ellos. Menos mal que la previsión te hace acudir a tus deseos en tu
propio coche. Menos mal que no me entrego hasta ese punto al ansia de mis
necesidades.
Ahora lo recuerdo. Lo dejé aparcado junto la parada del autobús. De un autobús. Una
línea que no conozco. Pero todo autobús es un autobús. Todos llevan a algún
sitio demasiado lejos de donde quieres ir y demasiado cerca de a donde no
quieres llegar.
¡Y me acuerdo ahora! Ahora que ya lo he visto.
Ducharse, dar de
comer a Laila, cambiarse. Acudir a citas cotidianas demoradas y evitadas para
poder llegar a esta que era una necesidad, una elección, una posibilidad.
Demasiadas cosas, acelero el paso. De correr para huir a correr para llegar. El
caso es correr. El sino es correr.
Camino tras la marquesina de la parada a paso de campaña, a
toda la velocidad que mis tacones y mis piernas me permiten. Mis tacones mucho
más que mis piernas.
Algo me vibra junto al muslo derecho. Podría hacer y hacerme
mil bromas ocurrentes sobre ese pensamiento. Todas dejarían mal al hombre que
duerme en el hotel. Pero tengo mucha prisa y he recuperado muy poca materia
gris del gasto de la noche. Simplemente sonrío. Sonreír no me hace perder
tiempo.
El móvil. El puto móvil.
Lo saco. Tres mensajes. Dos llamadas pérdidas. Los restos y
carroñas de una de esas noches en las que no quiero ser encontrada porque no
quiero ser buscada; los cadáveres de otra de tantas veces en las que ansío
perderme para no recordarme.
Los dedos se me mueven sobre la pantalla, sobre las teclas,
con la rápida y precisa pulcritud de aquellos que vivimos pegados a este
trasto, como los hoplitas viven, luchan y mueren fijados a su escudo. Como los
cobardes prosperan apegados a sus miedos, como los verdugos sobreviven
escondidos tras sus máscaras.
La pantalla funde a negro como una película mala de los años
cincuenta. ¡La puta batería, el puto móvil de mierda! ¿Porque digo tantos
tacos?
En realidad no los he
dicho, sólo los he pensado. Cierro los ojos. No estoy cansada. No he hecho nada
lo suficientemente agotador como para cansarme. Pero quiero dormir, ansío
dormir.
Vuelvo a cerrar los ojos y el olor a pan que se está
haciendo casi me traslada de forma repentina al sueño que estoy deseando. Con
los parpados cerrados protegiéndome del mundo veo unas manos que vuelan sobre
un teclado negro, como poseídas, como escribiendo a contrarreloj una profecía
condenada a permanecer por siempre inacabada. Veo esos dedos y escucho de nuevo
los tonos que me acompañan, los susurros que me llenan cuando el sueño me
llega. No los entiendo, no estoy dormida, no puedo entenderlos, se que están
ahí, se que es la Sombra, se que es ella intentando que la escuche. Pero yo no
la escucho, no puedo hacerlo por mucho que lo desee. No puedo caer dormida en
mitad de la calle de un pueblo medieval, por mucho que el tiempo casi esté
detenido en la historia de la calle en la que mi coche está aparcado.
Veo las manos y escucho los susurros. No se o no recuerdo a
quien pertenecen las manos escribientes. Pero susurros y manos no pertenecen al
mismo ser, a la misma sombra ¿o quizás sí? Seguro que no. Abro los ojos de
golpe y muevo la cabeza para apartar imágenes y sonidos de mi mente, para
alejarme de mis sueños.
Aún sigo queriendo dormir. Aún sigo deseando que vuelvan
ambas cosas. Quizás ambas cosas no.
Siempre me ha gustado dormir. Siempre he querido hacerlo.
El sol se filtraba indeseado y distante por una persiana de
madera en una habitación de adolescente cuando descubrí que yo era yo mientras
dormía. Un instante después sentí el agua fría impactando contra mi cara.
Me resulta un esfuerzo de concentración recordar aquella
habitación. Recordar sus detalles, sus cuadros, la textura y la forma de sus
muebles, pero no tengo que hacer esfuerzo alguno para que a mi mente acuda la
figura que dibujó el agua cuando calló desde mi rostro y mi pijama hasta el
suelo. Algo que parecía un caballo rampante.
Es posible que el entorno no sea importante en el recuerdo
pero el agua sí. El entorno siguió inmutable pero el agua desapareció después
de obligarme a dejar de ser yo misma, después de obligarme a dejar de dormir,
de soñar. Fue el agua y no la habitación, y no el cuadro con anclas y motivos
marinos, y no la muñeca olvidada lo que me hizo odiar aquello que me obligaba a
dejar de ser yo misma.
No recuerdo los sueños. Los sueños se recuerdan cuando es
necesario recordarlos o cuando forman parte de la vida. Como los frutos helados
que caen ya no forman parte del árbol, esos sueños ya no forman parte de mí.
Pero el sueño, su esencia, sí.
Descubrí que mi sueño era vida cuando supe que lo
controlaba, que siempre podía hacerlo. Bueno casi todos. A decir verdad todos
menos uno.














