domingo, 7 de diciembre de 2014

Diario de Mentiras II


Me asomo a la puerta de la habitación y el aire acondicionado me refresca. Bajo rápido las escaleras con la bolsa de viaje en la mano y la sonrisa del llanto que no me aguanto porque no lo merezco en el rostro. Salgo a la calle.
 El calor me golpea el cuerpo y el rostro con la fuerza del flagelo de una estrella errante. Es más abrumador en cuanto que se hace sorprendente a esas horas de la mañana, cuando el sol no debería ser aún un enemigo y el frescor no debería batirse en retirada.
Sólo la sombra de los edificios, aún amplia, permite a mi cuerpo y a mi cabeza despejarse y volver a colocarse en su sitio.
Son edificios antiguos, ya eran antiguos cuando la historia era joven. Es un bonito entorno. La solidez es hermosa. La piedra que ha resistido a lo largo de los siglos es bella. Lo es porque resiste, porque no cambia, porque no necesita de nadie para resistir.
“Pero precisa de muchos para cambiar”. De nuevo los pensamientos. De nuevo lo que no quiero, lo que no ansío en este momento. De nuevo esa voz interior con la que dialogo cuando quiero y que me asalta cuando no la busca.
Las casas solariegas, las pequeñas casitas de piedra, los palacios, el hotel. Todo ha sido bello, todo tuvo tiempos mejores y peores, todo sigue, todo resiste. Como yo.
Aflojo el paso, convierto la carrera en paseo. Convierto la huida en despedida muda y tranquila. No se puede correr cuando el tiempo ni siquiera camina. Respiro hondo y recuerdo otras veces que he respirado hondo el aire de la historia, el suave fluir de los pasos sobre los pasos invisibles de aquellas que caminaron por los empedrados antes que yo.
Sigo la línea que marca la frescura de la sombra de las piedras y loa árboles. Al fin y al cabo los árboles son piedras. Tampoco ellos dejan que la vida les afecte más allá de sus ritmos. No hasta que la muerte les llega. Pero las piedras no mueren. Continuo apenas alejada del bochorno incipiente, del sudor repentino. No miro hacia atrás. No hay nada que mirar. Sólo la risa de La Sombra, sólo la decepción. Pero La Sombra no está. Nunca está cuando la vida me asalta, nunca se presenta cuando mis ojos miran más allá de mi. Sólo me escucha, solo me mira cuando, con los párpados cerrados, miro hacia mi misma, cuando en el calor de mis sábanas y el olor de mi propio cuerpo me conduce hacia el sueño. Por eso, quizás por eso, los sueños son importantes para mí. En mis sueños siempre estoy yo.
Cierro un instante los ojos y los abro antes de que surja la presencia, de que los susurros se hagan presentes, antes de que el deseo de hablar conmigo misma se haga ineludible. Tengo cosas que hacer. Me impuesto nuevas cosas que hacer para no seguir haciendo aquello que no quiero seguir haciendo.
Camino por la avenida asfaltada para el turismo y aquellos que llegan a perderse del mundo y de si mismo como he hecho yo. Para aquellos que prevén los actos, las diversiones y los resultados como el hombre que sigue durmiendo consigo mismo.
Cada paso de mis cansados tacones me marca una nueva actividad, un nueva marca en el calendario rehecho a toda prisa. Ducharse, dar de comer a Laila, cambiarse. Demasiadas cosas para tan poco tiempo. Demasiado rápido se enciende el día cuando se decide que es un día normal, que la magia anticipada no existe, demasiado acelerado para lo que necesito, para lo que esperaba.
La vida nunca corre al ritmo que preciso. Siempre se acelera cuando no debería moverse. Siempre se para cuando no debería estar quieta. Siempre cambia de marcha sin avisar. Siempre se detiene sin anunciarlo. Como mi coche.
¡Mi coche! Debería estar dos esquinas más adelante. Cuando lo aparqué mire el nombre de la calle, lo apunté mentalmente. Pero ahora no puedo recordarlo. Lo intento y se me viene a la cabeza la estúpida letra de una estúpida canción. Ni siquiera se dónde la he oído ¿Por qué no recuerdo el nombre de la calle y si la canción? ¿Por qué nada se ajusta a tus necesidades cuando necesito que lo haga?
Cuento las esquinas y giro. Atisbo en la lejanía. Lo veo entre un BMW y un Corsa tuneado, de esos de alerón y llamas negras y rojas, de esos de música a tope y llantas cromadas.
Veo mi coche entre  la opulencia y el sinsentido, entre la avaricia y la soberbia, entre la indiferencia y la ignorancia ¿de dónde me salen esos pensamientos? No tengo tiempo para ellos. Menos mal que la previsión te hace acudir a tus deseos en tu propio coche. Menos mal que no me entrego hasta ese punto al ansia de mis necesidades.
Ahora lo recuerdo. Lo dejé aparcado junto  la parada del autobús. De un autobús. Una línea que no conozco. Pero todo autobús es un autobús. Todos llevan a algún sitio demasiado lejos de donde quieres ir y demasiado cerca de a donde no quieres llegar.
¡Y me acuerdo ahora! Ahora que ya lo he visto.
 Ducharse, dar de comer a Laila, cambiarse. Acudir a citas cotidianas demoradas y evitadas para poder llegar a esta que era una necesidad, una elección, una posibilidad. Demasiadas cosas, acelero el paso. De correr para huir a correr para llegar. El caso es correr. El sino es correr.
Camino tras la marquesina de la parada a paso de campaña, a toda la velocidad que mis tacones y mis piernas me permiten. Mis tacones mucho más que mis piernas.
Algo me vibra junto al muslo derecho. Podría hacer y hacerme mil bromas ocurrentes sobre ese pensamiento. Todas dejarían mal al hombre que duerme en el hotel. Pero tengo mucha prisa y he recuperado muy poca materia gris del gasto de la noche. Simplemente sonrío. Sonreír no me hace perder tiempo.
El móvil. El puto móvil.
Lo saco. Tres mensajes. Dos llamadas pérdidas. Los restos y carroñas de una de esas noches en las que no quiero ser encontrada porque no quiero ser buscada; los cadáveres de otra de tantas veces en las que ansío perderme para no recordarme.
Los dedos se me mueven sobre la pantalla, sobre las teclas, con la rápida y precisa pulcritud de aquellos que vivimos pegados a este trasto, como los hoplitas viven, luchan y mueren fijados a su escudo. Como los cobardes prosperan apegados a sus miedos, como los verdugos sobreviven escondidos tras sus máscaras.
La pantalla funde a negro como una película mala de los años cincuenta. ¡La puta batería, el puto móvil de mierda! ¿Porque digo tantos tacos?
 En realidad no los he dicho, sólo los he pensado. Cierro los ojos. No estoy cansada. No he hecho nada lo suficientemente agotador como para cansarme. Pero quiero dormir, ansío dormir.
Vuelvo a cerrar los ojos y el olor a pan que se está haciendo casi me traslada de forma repentina al sueño que estoy deseando. Con los parpados cerrados protegiéndome del mundo veo unas manos que vuelan sobre un teclado negro, como poseídas, como escribiendo a contrarreloj una profecía condenada a permanecer por siempre inacabada. Veo esos dedos y escucho de nuevo los tonos que me acompañan, los susurros que me llenan cuando el sueño me llega. No los entiendo, no estoy dormida, no puedo entenderlos, se que están ahí, se que es la Sombra, se que es ella intentando que la escuche. Pero yo no la escucho, no puedo hacerlo por mucho que lo desee. No puedo caer dormida en mitad de la calle de un pueblo medieval, por mucho que el tiempo casi esté detenido en la historia de la calle en la que mi coche está aparcado.
Veo las manos y escucho los susurros. No se o no recuerdo a quien pertenecen las manos escribientes. Pero susurros y manos no pertenecen al mismo ser, a la misma sombra ¿o quizás sí? Seguro que no. Abro los ojos de golpe y muevo la cabeza para apartar imágenes y sonidos de mi mente, para alejarme de mis sueños.
Aún sigo queriendo dormir. Aún sigo deseando que vuelvan ambas cosas. Quizás ambas cosas no.
Siempre me ha gustado dormir. Siempre he querido hacerlo.
El sol se filtraba indeseado y distante por una persiana de madera en una habitación de adolescente cuando descubrí que yo era yo mientras dormía. Un instante después sentí el agua fría impactando contra mi cara.
Me resulta un esfuerzo de concentración recordar aquella habitación. Recordar sus detalles, sus cuadros, la textura y la forma de sus muebles, pero no tengo que hacer esfuerzo alguno para que a mi mente acuda la figura que dibujó el agua cuando calló desde mi rostro y mi pijama hasta el suelo. Algo que parecía un caballo rampante.
Es posible que el entorno no sea importante en el recuerdo pero el agua sí. El entorno siguió inmutable pero el agua desapareció después de obligarme a dejar de ser yo misma, después de obligarme a dejar de dormir, de soñar. Fue el agua y no la habitación, y no el cuadro con anclas y motivos marinos, y no la muñeca olvidada lo que me hizo odiar aquello que me obligaba a dejar de ser yo misma.
No recuerdo los sueños. Los sueños se recuerdan cuando es necesario recordarlos o cuando forman parte de la vida. Como los frutos helados que caen ya no forman parte del árbol, esos sueños ya no forman parte de mí. Pero el sueño, su esencia, sí.

Descubrí que mi sueño era vida cuando supe que lo controlaba, que siempre podía hacerlo. Bueno casi todos. A decir verdad todos menos uno.

Diario de Mentiras I

Ha sido uno bueno. Rabioso, enfebrecido, paliativo, terapéutico.
De esos que parecen que curan pero sólo atenúan; de esos que, de repente, se muestran programados en la mente y el cuerpo, como lavar el coche o acudir al dentista aparece en la agenda del móvil. De esos que se buscan y se encuentran sencillos, que parecen urgentes y son irrelevantes, que suenan necesarios y son intrascendentes.
 De esos que te recomiendan las amigas cuando lloras y te exigen los enemigos cuando gritas. De esos que ponen vaselina en las heridas y no pueden cerrarlas, que se piensan deprisa y apenas si se sienten.
 De esos en los que nada pides por no tener conciencia de que debas dar nada, que arrojas al olvido, que fuerzas al silencio.
De esos que me escondo a mi misma y arrojan los recuerdos al ghetto de lo absurdo y de lo innecesario, de esos que me obligan a olvidarme a mi misma y a mentirme a los otros. De esos que me miento.
De esos que hacen chascar la lengua y tuercen la sonrisa cansada de aquellos que te saben, te conocen y, hasta a veces, te escuchan.
 De esos que me empeño en usar de medicina sabiendo que no curan, de esos que me sostienen viva cuando aún estoy muerta.
Me despierto despacio. Hago por despertarme a un ritmo inusualmente lento para volver a depositar en orden dentro de mi cabeza todo lo que me vi obligada a arrancar anoche para dejar espacio a las burbujas de la cola y el alcohol de los rones. Algo áspero me roza la cara y por un momento no lo identifico.
Mi gata no está aquí. No puede estarlo. No he podido olvidar tantas cosas. No hay nada más humano que temer lo desconocido y por so me tenso y el ritmo de mi despertar se acelera hasta que me deja sentada en la cama, aun sudorosa, aún desnuda. La barba que me ha rozado no es poblada, es una de esas de pocos días, que algunos de los hombres se dejan y se cuidan. El cuerpo es perfecto. O casi. La perfección no existe. Eso lo sé por mi.
Estoy tentada de recorrer con el dedo su torso, depilado y contorneado por un ritmo de gimnasio moderadoconstante. Pero no lo hago. Demasiado íntimo, demasiado personal. Un sentimiento puede escaparse, provocarse o fijarse moviendo un solo dedo sobre un pecho desnudo. 
No puedo evitar sacar esa sonrisa mía torcida y displicente, esa de cuando no me creo ni yo misma en lo que estoy pensando, en lo que estoy diciendo a mi razón para darme razones. Sonrio al darme cuenta de que pasar un dedo por un pecho masculino desnudo no puede ser más intimo que lo que hemos estado haciendo una parte de la noche. Y hemos hecho bastantes cosas.
No le conozco. En realidad sí. Le he conocido desde siempre o eso creo. O eso me parece. Pero no tengo que volver a verle si no quiero. Eso está bien. ¿por qué una voz me dice que no. No lo está. No para ti. No porque sí?
Pero estoy segura que esa voz que repite tan inoportuno mantra en mi cabeza es producto de los últimos estertores de borrachera en forma de garganta reseca y los primeros espasmos de una resaca que gira como los tornillos de un gato que me aprietan las sienes. Pienso en ducharme pero no se en donde está la ducha. No recuerdo apenas en donde esta la puerta.
Recupero deprisa mi ropa y me la pongo a toda prisa, como me la quitaron y lo hago en silencio, sin ruido. La celeridad y el silencio son ritos necesarios en la huída. 
Recojo el vestido del suelo como quien tomara una bolsa de plástico para arrojar los desperdicios de un picnic dominguero. Ha permanecido toda la noche en el suelo, sostenido en una posición inverosímil sobre las botas, como formando una tienda de campaña que escondiera todo lo pasado y postrero que me ha llevado a quitarme la ropa. 
Sacudo la cabeza.
No tengo tiempo para metáforas filosóficas ni para arrastrar mi mente con símiles baratos entre un polvo y mi vida. Acelerada, innecesario, irrelevante, repetitiva… Vuelvo a sacudir la cabeza.
Es el vestido marrón, el que me pongo a veces para estas ocasiones, ese que realza el escote, mantiene al descubierto las piernas e insinúa todo aquello que el gimnasio, la genética y la dieta mantienen en condiciones de insinuar.
Conserva aún el olor, ahora repulsivo e intolerable, del alcohol derramado y el alcohol ingerido. Igual que mi piel, igual que el sudor desperdiciado que ahora impregna las sábanas de una cama que no conozco y no me reconoce.
Todo parece saturado de ese olor que ahora me persigue. Es como si quisiera recordarme lo que trato de olvidar. Lo que la piel y el sudor me hicieron olvidar anoche. Es un olor que habla de motivos, que susurra pretextos, que murmura necesidades, que me farfulla excusas al oído mientras miro las bragas y las meto dentro del bolsillo exterior del vestido. También huelen a alcohol.
-¿Cómo he llegado otra vez a querer esto? – susurro para mi y de nuevo el espejo, incómodo e indeseado, se burla de mi rostro sin darme una respuesta, mientras aglutino mi pelo tras la nuca y lo sujeto con un coletero que no ha abandonado mi muñeca en toda esta azarosa y baldía noche que ahora empiezo a olvidar. Me hago la pregunta y quero responder. Pero se que no lo haré, sé que permanecerá en la penumbra del ron con coca cola hasta que la siguiente noche que pretenda olvidar ocupe su lugar.
 -¿Cómo he llegado a esto? – me repito-. Y sé que no me voy a responder. Que no quiero hacerlo ni intentarlo siquiera. Omito la respuesta en mi mente buscando, al girar la muñeca, la excusa del reloj. El tiempo, la ausencia de tiempo, es una buena excusa, universal para cualquier demora.
Es tarde. Siempre es tarde. Siempre ha sido tarde. Cojo el bolso, compruebo el móvil. Está casi sin batería. Cierro la puerta despacio después de tardar dos minutos en encontrarla.
Ha sido un buen polvo, un polvo bueno.

¿Por qué entonces me siento como si tuviera que tener de nuevo motivos para el llanto?

domingo, 30 de noviembre de 2014

Mueren en Lisboa


- Somos los putos Señores de la Instrumentalidad, ¿qué coño estamos haciendo aquí?
La frase restalló en el aire fresco y nocturno del cementerio.
Podría haber hablado cualquiera de ellos. No porque compartieran la voz o los mensajes, no porque participaran de un objetivo, un origen o un destino común. Podría haber sido cualquiera de ellos o incluso  todos porque todos estaban allí. Así que daba igual quién lo había dicho.
- Por lo que se ve, estamos demostrando que podemos ser tan soeces y malhablados como el más procaz  de los humanos o el más encumbrado de los dioses.
El reproche hendió la noche apenas oscura, apenas iluminada, de la ciudad con la misma velocidad casi silenciosa con la que se supone que vuela un cuchillo lanzado con la precisión de la traición.
La respuesta podía haber nacido de la boca de cualquiera de ellos. No porque tomaran parte de los mismos fondos o las mismas formas, no porque asumieran idénticos esfuerzos, planes similares o lugares comunes. Podría haber sido cualquiera de ellos o incluso todos a la vez porque ninguno de ellos quería estar allí. Así que daba igual quién había contestado.

- Estáis aquí porque yo os he convocado. Estáis aquí porque yo os he creado -la voz siguió hablando como si lo hiciera por primera vez, lenta como nunca pero triste como siempre-. Estáis aquí porque en algún lugar menos hermoso que este yo estoy borracho de amor y de whisky aporreando un teclado de ordenador. Estáis aquí porque, una vez más, os he ido ejecutando uno por uno obligándoos a hacer vuestro trabajo.
Y la respuesta sí era para todos, la tristeza de la voz sí era para todos. La muerte, sea lo que sea aquello que se muere, siempre es para todos.
Los doce Señores de la Instrumentalidad que no quisieron serlo, el dios que lo era y rechazó su naturaleza y aquel que nació de mil amores muertos ocuparon sus lugares en silencio alrededor de un viejo mausoleo en la tranquila noche lisboeta.
En el silencio del que sabe y no quiere hablar, en el silencio del que oye y no quiere escuchar. En el silencio que siempre es la tarjeta de visita de la muerte. Aunque esa muerte no mate del todo y solamente entierre aquello que no sabe estar vivo.
El hombre estaba solo, como lo estuvo cuando hizo vivir en su mente, su pluma y su imaginación a cada uno de los Señores de la Instrumentalidad, como había estado solo cuando recreo al dios errante que se negó a serlo, como solo había estado cuando unió los fragmentos de todos sus amores muertos para hacer nacer a un ser que era y fue todo el amor que quería y creía que sabía dar.
El hombre volvía a estar solo. Solo como nunca había dejado de estarlo en realidad desde que empezó a estarlo.

- Es tiempo de escuchar -dijo sin mirarles a ellos ni al mundo en general- Es tiempo de escribir.
- No funcionará -y esta vez habló el ángel de piedra dividido y siempre esperanzado que nunca se movía de esa ciudad y ese cementerio- No serán entendidas, no serán leídas, no serán escuchadas. No servirán de nada.
- Por supuesto que no -y la voz ya no era ni triste ni alegre, ni profunda ni superficial, ni dura ni dulce- Sonaba tan lejana de sí misma que no aceptaba matiz alguno. La muerte carece de matices y cuando los tiene resultan absolutamente irrelevantes.
- Estamos aquí, porque no puedes renunciar a las palabras- Y lo dijeron todos menos una que lo callaba negando la verdad, como callaba todo.

- No. Estamos aquí porque vuelve a estar muerto- Y lo callaron todos menos una que lo dijo mintiendo, como decía todo.

domingo, 29 de junio de 2014

Las Raíces de Hautling (III)

Los hay que creen que la parte más sensible de los árboles son las hojas y las flores. Se equivocan. Son las partes más bellas y más efímeras de los entes arbóreos, pero desde su nacimiento hasta el final de su ciclo de existencia saben que su función es lucir y mostrarse. Y eso es lo que hacen.
Carecen del impulso necesario para desarrollar el sentimiento. El dolor no se muestra, el sufrimiento no otorga belleza. Así que hojas y flores no sienten, tan solo viven en la más perfecta de las armonías consigo mismas hasta el instante mismo en el que dejan de hacerlo.
La voluntad de un dios muerto puede hacer a una flor querer ser más bella, puede hacer a una hoja querer ser más brillante. Pero no puede hacerlas sentir. Eso ni Hautling puede hacerlo.
Otros piensan que el sentimiento de los seres arbóreos radica en sus raíces pero se equivocan. Las raíces se hunden en la tierra, se pierden de la vista de hombres y de árboles. Están ciegas. Sólo ven los principios y saben los finales. La tierra las arrulla haciéndolas inmunes a la capacidad de sentir. Viven ancladas al sustrato que ha sido su comienzo y que es el final. El conocimiento evita el sentimiento ¿Para qué hacer nada si el destino es idéntico al origen?
La esencia de Anares no sirve para nada cuando se es incapaz de contemplar los espacios intermedios de la vida.
La mayoría desprecia el tronco de los árboles como algo que es consecuencia lógica de sus raíces y un camino necesario hacia sus hojas, sus flores y sus frutos. Para ellos el tronco es una vía desde la necesidad hasta la belleza y como todo camino no tiene valor en si mismo.
Pero claro, eso lo opinan los humanos, que no necesitan de la voluntad de un dios caído para moverse.
El Tirón de Veneno, que luego Ada bautizaría como el Impulso Nocivo, sacudió en primer lugar el centro mismo de su ser, es decir su tronco.
Todo tipo de seres han escuchado llamadas a lo largo de los incontables eones que han pasado desde que el penúltimo dios exhaló su último aliento. Humanos han sentido llamadas alienígenas; animales han sentido la llamada de la sangre e incluso algunos han creído sentir la llamada de los dioses en sus mentes, sus oídos o sus testículos, que en muchos casos resultan ser lo mismo.
Desde el Grito de Craning hasta la Llamada del Sinaí, todas esas voces han impelido a los seres vivientes a hacer algo. A agruparse, a replegarse, a marchar, a matar o a morir e incluso a obligar a que  otros los maten. A comer o a ayunar, a sangrar o desangrar; a inmolar o a sacrificar, a correr o a parar; a huir o a atacar. A matar en la hoguera o a morir en la cruz.
Todas las llamadas, las voces y los mensajes han obligado a actuar de una manera determinada. Todas menos el Tirón del Veneno.
Lo primero que Ada sintió en el centro de su corteza fue la inmovilidad, como si todos los pequeños resquicios de su revestimiento, por los que habitualmente manaba su sinuoso perfume, se estuvieran cerrando. Como si la brisa que la voluntad de Hautling hacía fluir por el bosque dejara de tocarla. Si hubiera tenido ojos hubiera podido comprobar que sus ramas seguían meciéndose en el arrullo del viento otoñal templado que la voluntad común de Hautling había elegido para ese momento. Pero Ada era un árbol y no tenía ojos y por ello sintió como si sus ramas se hubieran detenido repentinamente, como si no hubiera viento capaz de hacerlas regresar al movimiento que ella deseaba, que su estancia en el bosque del dios muerto le permitía elegir.
Y luego sintió el frío. No era el frío exterior que a veces eligen los árboles de Hautling para poder llevar a cabo sus ciclos naturales que ni siquiera su voluntad pueden evitar. Era un frío interno, que partía del mismo centro de su ser.
Un frío que convertía su olor en algo estancado, enfermizo, en algo que impedía mover las hojas, las ramas y las raíces. El frío le impedía reconocer su propio aroma y le apartaba de los de Hautling, le apartaba de los estallidos de luz que eran los árboles de Azahar; de los calidos abrazos que eran los sauces; de las pertinaces insistencias que aportaban los manzanos. Sólo podía recibir el perfume interior que no reconocía. El olor de su propia podredumbre.
Cuando fue incapaz de reconocerse, cuando fue incapaz de sentir nada salvo su ser retorcido sobre su propio tronco empezaron las voces.
Eran voces lejanas. Voces imposibles, voces que llegaban a la vez desde el horizonte más lejano y desde el interior más cercano era como si la lejanía fuera el eco de su interior o cu interior fuera la respuesta a esas voces.
Fue entonces cuando reconoció la procedencia de aquella llamada. Cuando pudo escuchar la sibilante lengua de los álamos negros contrapuesta con el airado griterío de los eucaliptos. Lo supo. Cuando escucho los timbres histéricos de las acacias de hojas aserradas en asonancia constante con los graves tonos de robles añejos y pinos perennes, conoció el origen de las voces. Cuando distinguió los agudos chillidos de los acebos resonando en discordancia con las cansadas voces de los chopos, descubrió quien la estaba llamando.
Cuando recordó el olor del veneno supo que el Bosque del Norte la estaba llamando.
“la voluntad no es la respuesta. Es la trampa”. El Bosque del Veneno repetía una y otra vez su llamada, con la insistencia de los que esperan ser obedecidos, con el anhelo de los que ansían tener el poder de imponer sus órdenes, con la superioridad de los que creen conocer el destino del mundo.
Y esa repetitiva insistencia enfriaba la voluntad de Ada hasta conseguir privarla de la sensación de poseer esa voluntad que la inmolación voluntaria de un dios añejo la había regalado.
La salmodia constante que atravesaba su tronco como una letanía de falsa conmiseración y de miedo la impedía oler otra cosa que el olor del propio veneno que llevaba en su interior, de la herencia de las aguas y las tierras del Bosque del Veneno.
Eres de los nuestros, decían los armónicos de las acacias; llevas nuestro veneno, no puedes evitarlo, contrapunteaban los chopos; no puedes evitarlo, disonaban los acebos. No tienes donde ir, salmodiaban los eucaliptos.
Pliégate, resígnate, ocupa tu lugar entre nosotros y envenena el aire, repetían todos al unísono y la cadencia volvía a repetirse en cada anillo, cada rama y cada hoja de Ada hasta que el movimiento se hacía imposible.
Cuando el veneno invade al aire el único movimiento plausible es tratar de contener la respiración.
Y así pasó días y noches. Parada en el límite externo del calvero que quería abandonar. Ciclos marcados por la voluntad común de Hautling no por la suya. Ada no podía acceder a su propia voluntad. La Llamada Nociva se lo impedía.
La Voluntad Común de Hautling, surgida de las ínfimas partes  de voluntad propia que cada árbol cedía para organizar mínimamente el entorno, gobernó la vida del sándalo que era Ada mientras no esta no podía hacer nada por sí misma. Mientras el Tirón del Veneno intentaba arrastrarla lejos de su elección, lejos de su movimiento y mantenerla congelada en el frío de su propio veneno.
Pero la voluntad de un dios es más fuerte que la llamada cualquier bosque por venenosa que se la masa arbórea, por muerto que este el dios. La Voluntad de Hautling era la voluntad de un mundo por seguir en movimiento. Eso no habría podido pararlo la ponzoñosa letanía del Bosque del Veneno incluso aunque Anares no hubiera muerto allí, incluso aunque el Señor de La Voluntad no hubiera existido nunca.
Hautling no interfiere, Hautling no lucha y no se enfrenta a aquellos que le muestran miedo, rencor o inquina. Hautling se limita a vivir. A vivir y a moverse.
Pero ese movimiento es su propia forma de lucha, de resistencia, de victoria. Las normas que rigen Hautling son sólo conocidas por aquellos de sus moradores y solamente por aquellos de ellos que recurren o han recurrido a ellos. Pero solamente aquellos que ellos que recurren a su propia voluntad pueden solicitar el apoyo del Bosque de Anares.
En mitad del frío, en mitad del hedor de su propio veneno, que atestaba y arrasaba sus poros, Ada tuvo un momento en el que recordó su voluntad. Algunos de los habitantes vegetales del Enjambre Verde, como era conocido Hautling en las leyendas de las praderas, dirían que había sido por el impulso del bosque; otros dirían que fue por la fuerza  Anares y otros susurrarían que Ada recordó su donada voluntad porque recurrió a su propia conciencia.
Nadie lo sabe con certeza, ni siquiera Ada, pero lo cierto es por un instante un solo pensamiento recorrió su ser de madera y sabia y poseyó todas las fibras de su nudoso tronco, sus rectas ramas y sus volubles hojas. Recordó el salto que la llevó del límite meridional del Bosque del Veneno a la linde septentrional de Hautling en ese día en el que la Selva del Empeño decidió abandonar el norte después de acogerla en su seno.
Recordó que nadie podía quitarle eso y recordó que siempre lo había recordado. Los árboles no olvidan nada, simplemente se olvidan de que aún lo recuerdan.
Y entonces quiso saltar.
La engañosa y venenosa salmodia que llegaba del septentrión ponzoñoso se detuvo un instante cuando los que la cantaban contuvieron el aliento temiendo que Ada pudiera realizar lo imposible, pudiera escapar de su llamada, controlar su frío y su veneno. Recuperar su voluntad. No había pasado el tiempo de un latido humano cuando descubrieron su error y volvieron a entonar la disonante melodía que imponía el Tirón del Veneno al recordar que era precisamente esa llamada, constante y repetida, lo que mantenía a Ada incapaz de recurrir a su voluntad. Un latido después, se reanudó con más fuerza, intensidad y empuje. Un latido era demasiado tarde.
El movimiento de un bosque, de cualquier bosque, es demasiado rápido para que lo perciba el ojo humano. Todo vuelve a estar en la misma posición antes de que ningún humano haya sido capaz de atisbar que se ha movido. En Hautling, donde el movimiento era una forma de existencia, era una voluntad, la velocidad tendía siempre al infinito.
En tiempo humano se vivió más o menos así.
Cuando la sinapsis inconsciente que dispara un latido se encendió la tierra de Hautling se ahueco, se hizo más porosa por una lluvia que no había caído y que no había mojado el sustrato. Cuando esa sinapsis se apagó miles de gusanos surgidos de una podredumbre que no existían completaron el trabajo bajo las raíces de Ada.
Luego miles de manzanos florecieron al unísono y su embrujo de Azahar saturó el aire de un aroma tan intenso y delicioso que borro de los arbóreos sentidos de Ada el hedor de su propia podredumbre. El delicioso olor pudo aspirarse durante semanas hasta en el confín de las tórridas tierras de los Hijos de caos y en las gélidas murallas de los Chamanes de Hielo. El músculo que daba entrada a la sangre se había contraído.
La cavidad  superior de un corazón humano adulto no había tenido tiempo para llevarse de sangre cuando olmos, abedules y álamos se colocaron en formación imposible alrededor de Ada y comenzaron a acariciarla con sus hojas. La cavidad estaba llena cuando la voluntad de los robles y nogales generó un viento del sur que hizo apenas audible el rumor venenoso que llegaba del norte.
La sangre del humano que marcaba el ritmo de la guerra entre Hautling y el bosque del Veneno paso a las cavidades inferiores mientras sauces, madroños y sobre todos los cantarines árboles de las praderas enviaron su mensaje de viento y agua hasta el último rincón del bosque de Hautling y la Voluntad Común lo confirmó cuando el corazón se contrajo para expulsar el ardiente líquido vital. Cuando la última gota de sangre abandonó el músculo todo Hautling dio un paso hacia el sur. Y Ada saltó hacia delante libre por fin del Tirón del Veneno.


Un corazón humano latió de nuevo. En el mundo de los hombres no había pasado nada que pudiera verse y no percibieron la desazón del Bosque del Veneno salvo porque durante un momento hasta los lugareños sintieron una extraña dificultad para respirar. Por supuesto, ningún humano percibió ni la sensación de victoria de Hautling ni desde luego el alivio de Ada al recuperar el movimiento. Ningún humano ponía el pie en Hautling desde Lesskin y Hautling tampoco tenía muy claro que Lesskin hubiera estado entre sus lindes.
En cualquier caso, la guerra entre bosques había terminado.
La humanidad nunca percibió batalla alguna. Al menos eso dice Lesskin, pero ¿Quién está seguro de que Lesskin percibe a la humanidad de la misma manera que la humanidad se percibe a si misma?
Ada recuperó la voluntad que había recibido de la esencia nebulosa de un dios que eligió morir y recuperó el movimiento que esa voluntad le regalaba, pero no olvido la última frase que escuchara de la salmodia de la Llamada Nociva. La emitida en todo grave y acento socarrón por el más negro roble del Bosque del Veneno
- Llevas nuestra marca. Envenenarás todo lo que toques
El eco de esa frase resonó en sus oídos y no impidió que se moviera. No impidió que avanzara, pero convirtió su avance en una huida. Transformó a Ada en una sombra.
Una sombra con voluntad, pero una sombra.

Las Raíces de Hautling (II)


Un sándalo es un sándalo en el Bosque del Veneno o en Hautling. Y no deja de serlo porque cambie de bosque.
Su dulce olor sigue inundando el aire. Su madera, dura y maleable a la vez, sigue emanando la fragancia que le hace querido por los bosques y apreciado por los humanos. Sus raíces siguen siendo delgadas y tenues y hundiéndose sólo en las capas superficiales de la tierra de las que toma el brío y la presteza que muestran sus hojas y sus ramas. Pero en Hautling todo árbol precisa un nombre. Un nombre para él y sólo para él. Cuando puedes moverte no resulta plausible ser conocido como el “roble de la colina” o el “castaño del vado del río” como suelen llamarse los árboles en otros bosques, como suelen referirse a ellos los humanos.
Porque la voluntad de Hautling permite moverse a sus habitantes y sería imposible reconocer a alguien que se llamara “el roble que ayer estuvo en la ribera y hoy descansa en el calvero norte y mañana quién sabe dónde estará”. Así que en el bosque que nació de la voluntad de un dios muerto cada árbol tiene un nombre.
Nadie hace propuestas. No hay eternas reuniones de seres que dicen ser árboles pero piensan como humanos. Simplemente cuando se entra en el Bosque de Hautling, reconoces la voluntad de tener un nombre y lo tienes. El Sándalo del Bosque del Veneno era un árbol oriental y era un árbol hermoso, Era un árbol recio y un árbol que podía ser dúctil al fuego adecuado. Era el primer sándalo que llegaba a Hautling y el último árbol que salió del Bosque del Veneno. Era hermoso y llegaba cuando el bosque estaba hecho. No había más que decir.
Era Ada.
Y el sándalo que era Ada descubrió el movimiento de la voluntad. Descubrió que en el bosque sus movimientos eran suyos, todos y cada una de sus ramas podían moverse en la dirección en la que lo deseara con independencia del viento; todas y cada una de sus hojas podían alzarse o replegarse con independencia del rocío o de la escarcha; del influjo del sol o de la luna. Eran suyas y eran movidas a voluntad.
Pero sobre todo descubrió que podía desplazarse. El mágico influjo de la esencia nebulosa del dios de la Voluntad permitía a Ada desplazarse sin que sus raíces sufrieran, crujieran o se rompieran.
Y Ada avanzó. Avanzó como lo hacen los titubeantes niños que no saben porque de repente sus piernas les impelen a ese movimiento. Avanzó con la fuerza y el tesón del que lo hace por primera vez- Cuando se descubre el movimiento nunca se camina hacia atrás.
Olvidó los vapores nocivos del Bosque del Veneno y descubrió que lanzar sus aromas era también un acto de voluntad. No era la primavera, no era el otoño. Ada olía a sándalo cuando Ada quería oler a sándalo.
Y recorrió el bosque. Se topó con sauces orgullosos que paseaban tranquilos y sin preocupaciones. Contempló sus ramas erguidas en contra de lo que ocurría en otros bosques, contempló sus hojas alzadas sólo por la voluntad de llevarlas de esa forma. Para que llorar cuando se puede sonreír.
Y compartió sabia con algunos. Se alimentaron juntos. Ada no escuchaba su cantarín entrechocar de ramas y ellos no percibían su perfume gozoso y embriagador. No porque no pudieran hacerlo, sino porque habían decidido no hacerlo. La voluntad de movimiento es la más fuerte de las voluntades en el bosque de Hautling. Cuando se ha estado eones en estable quietud, la inercia del movimiento emprendido es la voluntad que domina todo acto.
Y si algo sobraba en Hautling era movimiento.
Ada encontró un arce que vagaba despacio alrededor de un calvero. Le pareció un árbol en cierta medida impresionante. Tranquilo, sin esa arrebatada velocidad que  alteraba el recorrido de los sauces; sin esa incesante urgencia que sentían los álamos de mostrar su hermosura en todos los rincones de Hautling para volver a iniciar su recorrido una vez que lo habían terminado.
- ¿Compartes agua conmigo? –si no era sorprendente que un arce se moviera mucho menos lo era que hablase. Eso lo hacían los árboles en todos los bosques.
Y Ada compartió agua con el arce. Bebió junto a él y entrelazó en ocasiones sus hojas e incluso sus ramas. Sus movimientos eran distintos. La sobriedad frente a la elasticidad; la tranquilidad frente a la difusa celeridad. Era la diferencia entre el pastoso pero dulce sabor del sirope de arce y el ácido y penetrante pero embriagador aroma del sándalo. Era la diferencia entre la vida y el letargo.
Durante un tiempo se produjo uno de esos estadios que sólo pueden producirse entre las ramas de los perennes movimientos de Hautling. Ada y el arce pese a sus ritmos diferentes, pese a sus direcciones divergentes, caminaron juntos. Se movían en una danza imposible en la que las pausas de Ada eran aprovechadas por el arce para alcanzar a su acompañante; en la que los pasos más rápidos de la voluntad que otrora fuera un sándalo eran compensados por los más largos del arce. Y Hautling sonreía.
No era una amplia sonrisa de felicidad, ni siquiera una tenue sonrisa de satisfacción o una efímera sonrisa de complicidad. Era una sonrisa recta. Hautling siempre sonríe cuando la voluntad hace factible lo imposible. Hautling siempre sonríe cuando conoce le final de un principio.
Y ocurrió que el arce se detuvo. Se paró y Ada se volvió a él y le contempló con sus miles de hojas y sus cientos de ramas.
- Espérame – la voz del arce no era dura ni blanda. Era antigua como su madera y lenta como su movimiento-.
- ¿Por qué he de hacerlo? –Y Ada reconoció su aroma emanando por todos los poros de su corteza. Puedes moverte más rápido. Todos podemos.
- Me muevo rápido –contestó el arce-. Más de lo que he hecho desde que llegue a Hautling.
Y las parduscas hojas de dos olmos, que habían decidido ser otoñales gracias a la voluntad del Bosque de Anares, asintieron con mil pequeñas voces la verdad de las palabras del arce.
- Entonces ¿Por qué nunca me alcanzas? ¿Por qué nunca…
Pero la pregunta que expresaran las ramas bajas de Ada murió en sus hojas. Cientos de ellas cayeron muertas para formar el sustrato de Hautling cuando la parte alta de la copa de Ada reconoció el lugar en el que se hallaban. El sustrato del Bosque de la Voluntad se construye de arbóreas decepciones.
Contempló las doradas colinas que surcaban el claro del bosque y el suave calvero que descendía hacia la corriente, por un instante su tronco se estremeció con el recuerdo del agua bebida de ese río, pero también comprendió.
- Es el mismo sitio en el que bebimos juntos la primera vez –dijo casi sin comprender. El viento sacude a los árboles para despertarles de su letargo y un suave céfiro se filtró por entre las hojas de Ada.
- Siempre es el mismo sitio.
Y la memoria verde y sabía que todo árbol tiene en si recordó el camino, recordó cada uno de los pasos dados en compañía del arce. Su lento y rítmico caminar. Y, cuando el viento comenzaba a silbar en su copa, el Sándalo que ahora era Ada reconoció el terreno y completó el círculo.
- ¿Por qué te mueves en círculos?
- ¿Hay otra forma de moverse? – y la sorpresa del arce era tan genuina que parte de su ramaje se arqueó hasta quebrarse. En un bosque en el que gobierna la Voluntad y los árboles se mueven son los sentimientos los que marcan el cambio.
- Puedo cambiar el círculo, si lo deseas. Hautling tiene muchos recorridos.
Si los dioses hubieran querido que los árboles gritaran hubiera sido Hissiane, la Señora de la Ira, la que habría caído en el Bosque de Hautling. Pero la vida de los humanos hubiera sido demasiado dura con seres antiguos capaces de recordarles de viva voz todos sus errores. Así que los árboles no tenían boca. Si la hubiera tenido, el grito de Ada hubiera hendido el aire. Como no la tenía, sus ramas se agitaron como látigos. La furia de un árbol suele dolerle más a él que a los otros.
- ¿Y qué cambiaría eso? - la voz de Ada olía agria y  rancia como el sándalo viejo y requemado- Un círculo es un círculo. No permite avanzar.
- Tampoco es necesario avanzar. Estamos en Hautling. Sin avanzar podemos movernos y mi círculo me ha permitido conocerte.
- Pero cuando me aleje de él desapareceré -Ada intentaba razonar con el arce, pero las ramas caídas de dos sauces llorones le susurraron que era imposible. Quien se mueve en círculos razona en círculos.
- Pues no te alejes.
- ¿Y si lo hago?
- Ampliaré mi círculo. Así a lo mejor podré volver a encontrarme contigo. Y si no daré tiempo a que aparezca alguien como tú para beber conmigo.
Ada no quiso escuchar más. Utilizó la voluntad de un dios muerto para seguir avanzando, para abandonar el calvero sin mirar las doradas colinas, sin reparar en los sauces llorones y sin escuchar las palabras del arce, tan cíclicas como su itinerario; tan circulares como sus razonamientos, tan vanas como sus esperanzas.
Avanzó y por primera vez desde que Hautling le dio un nombre. Sintió el Tirón del Veneno.




Las raíces de Hautling (I)

El bosque de Hautling está vivo. Eso no es decir mucho de un bosque, puesto que todos lo están. Pero Hautling eleva el concepto de vida al grado de decisión voluntaria.
Los árboles hablan entre ellos, los árboles sienten la sabia correr por sus nudosas venas y se alegran del frío y del calor. Los árboles de otros bosques se expresan en la pasión de sus vidas y en la tristeza de sus muertes cíclicas y repetitivas. Se regocijan en sus resurrecciones.
 Pero lo hacen porque tienen que hacerlo, porque su naturaleza les lleva a plantearse la existencia y a vivirla. Los árboles del mundo viven porque así lo decidieron los mil dioses que crearon el universo antes de luchar por él. Los árboles de Hautling viven porque ellos han decidido vivir.
Dicen los que estaban allí para verlo o aquellos a los que les ha sido r
ebelada la historia que en la Guerra de Los Mil Dioses, que sacudió el mundo antes de los hombres, todos luchaban contra todos y todos murieron a manos de todos. Todos, salvo que el que no participó.


Y también dicen que Anares, el Señor de la Voluntad, estuvo a punto de vencerlos a todos.
Sus brazos estaban manchados hasta los codos de la sangre de los hermanos muertos a sus manos. Los huesos y los cráneos de sus enemigos poblaban el campo de batalla que era el mundo, creando un camino hasta sus pies. Dicen que podía haber ganado, pero un fallo en su naturaleza le hizo frenarse y girarse cuando Rahela, la Señora de la Traición, combatía con él. Por eso murió a sus manos.
Pero Lesskin cuenta una historia diferente. Cuenta que el Señor de la Voluntad se detuvo porque quiso hacerlo, porque quiso demostrarles a todos que era Anares y que su voluntad era tan fuerte que le permitía dejarse matar si así lo decidía.
La batalla sólo se detuvo en ese momento. Los dioses que quedaban, los que no habían caído a manos de alguno de sus hermanos, los que no habían muerto al desafiar a Anares, se detuvieron un instante y contuvieron sus ateridos y cansados alientos. El frío ha estado siempre. No depende de los dioses. Depende de Caos.
Y Akrhan que era dios y no luchaba porque había decidido no ser dios bramó tan alto por la muerte de su hermano mayor y favorito que todos supieron que aunque huyeran o vencieran, aunque sobrevivieran o medraran su destino final después de eones de existencia sería caer bajo el acerado filo de la cimitarra del errante Jinete de los Vientos.
Pese a ese conocimiento que les llegó con el sonido de la furia de su hermano, todos esperaron. Esperaron que de la esencia derramada de Anares surgiera un soplo de voluntad que los anegase a todos y les hiciera redoblar sus esfuerzos. Hasta el más mísero de los seres sabe que cuando un inmortal cae su esencia se distribuye entre sus iguales.
Esperaron y esperaron ese sopló de voluntad que renovara sus fuerzas, pero no llegó.
Los vientos que desatan las esencias divinas no se disiparon, se congregaron como una niebla espesa  sobre el lugar en el que yacía Anares y luego se transformaron en un rocío que regó la tierra y que hizo brotar infinidad de retoños.
Hasta en la muerte, Anares demostró que su voluntad era capaz de imponerse a cualquier cosa que hubiera ocurrido o que estuviera por ocurrir.
Los dioses suspiraron por la pérdida y siguieron batallando hasta librar al mundo de su presencia mucho tiempo antes de que el mundo existiera.
Así dice Lesskin que surgió el bosque de Hautling, que él se empeña en llamar el Bosque de Anares.
Pero claro, pocos hacen caso a Lesskin ¿Cómo se puede tener en cuenta las palabras de alguien que cuenta la Guerra de los Mil Dioses como si hubiera estado presente en ella?
Pero todo el mundo sabe que Hautling está vivo porque quiere estarlo y por eso sus árboles no sólo hablan o viven, sino que se mueven. Pero no lo hacen como los Ents, esos seres disfrazados de árboles, de la Tierra Media de la Primera Era. No lo hacen por la magia de los espectros o nigromantes, como lo hicieran los bosques oscuros de Ansalón al final de la Era de los Sueños, antes de El Cataclismo. Lo hacen porque quieren hacerlo. Por propia voluntad.
 
Hautling se mueve y lo hace porque quiere. Puede parecer sorprendente pero no lo es. No cuando se sabe que en los confines del continente habita un hombre que puede crear mundos. No cuando se sabe que existió un caballero que vivió en la garganta de un dragón.
Cuando se da por sentado que se ha visto nacer a un dios y morir a mil pocas cosas pueden sorprender. Y mucho menos que un bosque tenga voluntad.

Pero lo que pocos saben es que Hautling se mueve en busca de la voluntad, para tomarla y para acogerla. Por eso apareció de la nada cuando los guerreros de las praderas decidieron asentarse en unas tierras que ni siquiera eran capaces de dar de comer al viento; por eso sus árboles se inmolaron voluntariamente para darle material a Insanj para construir el mundo de su amada; por eso apareció justo en el lugar en el que Macariel se hubiera estrellado contra el suelo si el Señor de la Mentira no le hubiera dado sus alas; Por eso la turba que atacó Capital se encontró un bosque que no estaba cerrándoles el paso en las afueras de la ciudad cuando la Guardia Dorada gritó, en contra de toda lógica, de toda esperanza, “La Guardia muere pero no se rinde”.
Por eso un día Hautling apareció gracias al movimiento de su voluntad en el linde sur de los bosques de las tierras del norte, de los tóxicos terrones que alimentaban al Bosque del Veneno.
Nadie sabe por qué el Bosque del Veneno es tóxico. Unos mantienen que fueron las tierras las que envenenaron a sus habitantes vegetales. Otros afirman que la acumulación de tantas plantas dañinas envenenó para siempre la tierra en la que se asienta esa masa boscosa. Los humanos no opinan, los que viven cerca y alrededor del bosque pueden penetrar en él sin problema así que no se preocupan por nada más. Los que llegan de lejos apenas si pueden respirar unos instantes el aire emponzoñado del Bosque del Veneno. Cuando no se puede respirar uno no se detiene a elaborar teorías. Simplemente corre en busca aire. 
Hautling apareció y esperó. Los humanos no se dieron cuenta. Los humanos del norte son como sus bosques: incapaces de percibir las diferencias más sutiles si eso no les reporta beneficios. Pero el venenoso bosque norteño percibió la presencia e intentó rechazarla. Podría haber combatido contra ella si Hautling hubiera invadido su terreno, pero Hautling se limitaba a esperar en la linde, sin hablar, simulando que no tenía voz; sin amenazar, simulando que no tenía poder. Sin pensar, simulando que no tenía alma.
Y esa espera arrastró a muchos de los árboles que poblaban el bosque venenoso del norte, donde la vida es un espectáculo que se contempla desde fuera. Muchos se acercaron a Hautling y se instalaron en él.
Los susurros sulfurosos de las hojas de los árboles del bosque del Norte hablaron a sus pobladores; los frutos venenosos de sus habitantes amenazaron y alzaron sus rancios aromas para avisar a los suyos de que Hautling les engañaba, les ofrecía algo que no existía: Que la voluntad no es un don sino un castigo.
Y una mañana, como otra cualquiera, el bosque del Norte miró a su linde meridional y descubrió que Hautling ya no estaba, que el bosque de Anares se había retirado.  La dañina masa boscosa de veneno suspiró de alivio y sus árboles se engrandecieron; y sus arbustos se hincharon y sus frutos brotaron fuera de estación, más sugerentes, más venenosos que nunca.
El nocivo Bosque del Norte sacó pecho ante el mundo creyendo haber derrotado a Hautling.


Pero Hautling sonrió con la sonrisa de los árboles, con la brisa cálida y aromática que todo bosque emana cuando está tranquilo. Había recogido lo que había venido a buscar. Entre sus pobladores había un árbol de sándalo que no estaba cuando la voluntad del bosque le había llevado a las tóxicas tierras del norte.

Hautling sólo se mueve por propia voluntad. Hautling sólo se marcha cuando la voluntad ha sido satisfecha.

viernes, 27 de junio de 2014

El Llanto de los Astros (yVI)

Sideria reconoció la presencia del Errante como una tardía resaca en sus mares de fondo. Se embraveció y envió sus aguas a chocar contra el muro invisible de magnetismo y misterio que las mantenía encerradas girando en el espacio.
El Jinete llegó y saludó con una leve inclinación de cabeza. No descendió de su montura porque no tenía donde descender.


 - ¿Cómo estás Madre? –Sonrió sabiendo que la rabia por su saludo arrasaría un par de nebulosas-.
 - No eres mi hijo –y Sideria se contuvo para no darle al Descreído el gusto que buscaba-. ¿Qué has estado haciendo?
 - Pues recientemente he matado a cuatro de tus últimos hijos. No ha sido agradable, pero tenía que hacerse. Supongo que me ha tocado a mí
 - Ves como no eres mi hijo. Cualquier hijo mío habría matado a Los Cinco Huidos con un solo golpe de esa ridícula arma tuya –los mares de Sideria se movían sin tino, sin cuento, sin mareas.
- Ves cómo eres mi madre –El viento estelar sacudía sus cabellos como lo hubiera hecho el del desierto- Sabes que Pavar se salvará siempre. El miedo siempre vuelve.

Akrhan miró las aguas y se perdió en ellas como siempre que había acudido a presencia de la Madre Desmedida. Vio en el oleaje lo que fue y lo que llegó a ser, contempló en la espuma lo que pudo haber sido y los motivos y razones por lo que no lo fue. Se vio a si mismo y quiso mecerse entre las aguas, perderse entre los fondos, morir entre las olas.
Sacudió la cabeza. No había llegado a las estrellas eternas para sentir añoranza o compasión. Había llegado a por los Lorhim.

- Hablando de hijos…

Un estallido de una gigante azul y la convulsión de un gigante gaseoso interrumpieron al unísono las palabras de Del Que vaga sin Rumbo. Sideria levantaba su mano astral para hacerle callar –Se lo que quieres-

- Si sabes lo que quiero, has de saber que debes dármelo
 - No será así –y la contestación no admitía réplica. No admitía discusión, no a menos que se quisiera que el futuro del universo fuera puesto en cuestión por una rabieta desmedida de una madre desmedida.
No es que a Akrhan le importara demasiado el futuro de ese universo en cuestión. No es que la observación de los brazos de mar rotantes que eran el cuerpo, el alma y la esencia de una diosa le hubiera ablandado. Era simplemente que tenía otras cosas que hacer. Así que giró su caballo y se aprestó a marcharse.
 - Sea –dijo como si la conversación hubiera terminado- Has creado un cuerpo celeste que es capaz de hacer lo que nadie antes hizo. Se ha lanzado más allá de sus posibilidades. Les ha dejado correr por el espacio sin darle la respuesta que hasta el más miserable de los seres de tiempo reducido conoce en sus canciones. Le has arrojado al cosmos como arrojaste a tus hijos a la guerra. He matado a cuatro dioses que pudieron muy bien haber sido mis hermanos para dar una marca y tú te niegas a mostrar un camino. Es posible que Pavar no esté escondido en el confín lejano del espacio infinito. Es más que posible que se acurruque bajo las acuosas faldas de su madre y le transmita hasta el último retazo de su miedo. Si ha de sea así. Sea.

Sideria podría haber replicado con miles de estrellas fugaces estallando o con Sirio ardiendo en llamas de azufre y litio. Pero hubiera sido en vano. Akrhan se había ido.
Así que hizo lo único que una madre enfadada podía hacer. Sonrió e hizo caso a su hijo. Los Lorhim despertaron de sus tumbas de agua en el vientre desmedido de Sideria.

Cien hijos engendró Caos. Cien hijos y una hija. Pero ella es parte de otra historia. 
Eran los heraldos de la desolación, los mensajeros del desorden. Incapaces de crear se regodeaban en la destrucción.
Fueron vencidos como lo es Caos casi siempre. Pero cuatro de ellos cayeron prisioneros. Cuatro seres entre lo primigenio y lo sideral que abandonaban su tumba de aguas eternas y eran de nuevo arrojados a un firmamento que ya ni siquiera había hablado de ellos en los pulsares más alejados del centro que era Sideria.
Y los destructores se pusieron a lo suyo. 
Engulleron las tormentas, devoraron el polvo estelar que ahogaba la visión y el oído de Kanthra, dispersaron las lluvias cósmicas y apartaron los planetas errantes que se habían concentrado para ver el baldío espectáculo de la muerte inconsciente de un cometa al que siempre habían envidiado.
En su locura por saciar su sed de destrucción, allanaron el camino que había o podía seguir el cuerpo sideral que había sido cometa y luego fue planeta y que ahora de nuevo esperaba la oportunidad de ser cometa.
Jabalan lo vio, Lesskin lo vio y por fin Kanthra lo vio. 
Cuando los Lorhim apagaron los rayos cósmicos y destruyeron los cinturones siderales que habían saturado Casiopea, Kanthra lo vio y hizo lo que ya no era imposible porque había sido hecho antes.
Tomo impulso y saltó.
 Jabalan la vio saltar con la alegría de verla en movimiento y la tristeza de contemplarla alejarse. Lesskin la vio saltar, ponerse en movimiento y volvió sus ojos hacia el cielo que era la atmosfera del planeta que de nuevo rotaba sobre su eje al ritmo que le marcaba la vida que albergaba.

- Una nota no hace una canción, Jabalan. Tú tienes muchas notas. Cada una de tus rotaciones y tus giros te las han dado. Ella tan sólo tiene una, ahora tiene unas pocas. Construye su canción, construye su discurso. Ha viajado sin voz y no ha podido hablar. Se la quitaron. Ella se la quitó. Yo se la quité. Cuando empezaba a hablar la mandaron callar.
El silencio es el arma del cometa. La palabra es el escudo del planeta.
- Vuelve al hogar –observó Jabalan al ver el recorrido nítido en el cielo con sus inmensa visión de cuerpo celeste- Cinco estrellas rojas marcaban la dirección orbital de Kanthra. Las almas de cuatro de los dioses que la habían mantenido estática y muerta, la marcaban ahora el punto de partida de su nuevo camino. Una estrella más parpadeaba a lo lejos completando la nueva constelación. Aparecía y desaparecía. El miedo siempre vuelve.
 - Va allá donde quiere. Ahora ahí, quizás a otro lado. Pero una órbita no es un lecho de un río, no es un camino cerrado. Se colocará en las zonas más altas del sistema donde el peso, la lentitud y a la apatía de los otros no la abrumen, no la impidan el salto. Ha de saltar –y la voz de Lesskin era un sonido partido y agonizante- y ha de parar. Los cometas existen para el movimiento, se mueven por la pura voluntad que ellos mismos han creado y por la fuerza ígnea de sus bellos cabellos.
Pero si no se paran, si no frenan, queman toda su materia, su cuerpo y se quedan en nada. Ni siquiera les da tiempo a morir.
Desde entonces Lesskin no duerme y contempla la constelación que él mismo bautizó como la Sonrisa de Lesskin por no hacerlo como las Lágrimas de Lesskin. 
Jabalan y Kanthra siguen en sus órbitas. El planeta a veces dialoga con alguna estrella fugaz que se detiene en un breve suspiro antes de inmolarse en el fulgor de su propia belleza, su velocidad y su carencia de destino. Kanthra a veces habla con algún anodino asteroide de su hogar que se mueve despacio y gira sobre sí mismo mucho más que junto a ella.
Ninguno espera.
Sólo espera Lesskin.
Espera que las canciones se completen, que las melodías se vuelvan sólidas y estables y que por suerte o por desgracia a ambas les falte alguna nota. Espera a que ese momento no le pille dormido y pueda explicar por fin lo que su ironía y la impaciencia de un cuerpo celeste que nació consciente y que quiso convertirse en cometa le impidieron hacer cuando era joven.

- ¿Se lo explicarás algún día? –le pregunta el jinete que ahora pisa la tierra de Jabalan-.
 - Tendré que hacerlo –suspira Lesskin ganando una madurez que nadie le presume y que muy pocos le conocen- ¿Cómo decirle a un cometa que no lo es?
 - Nunca lo fue. Nunca vagó sin rumbo. Por más que lo quisiera, por más que lo pensara. Nunca fue un cometa. Es simplemente un ser sideral cuya órbita abarca el universo.
Akrhan se aleja cabalgando como siempre que se aleja de alguien.
 - ¡Y hay otra cosa que quizás debas decirle o tal vez ayudarla a descubrir! – la voz del Jinete de Los Vientos suena sola y sin cuerpo, como suele hacerlo cuando quiere burlarse de su eterno partenaire en la danza fugaz del universo.
 - ¡Qué lo aprenda ella sola! -bufa el fingido petimetre al alba del cielo de Jabalan- yo no tengo la culpa de que los cuerpos celestes no distingan entre contrario y opuesto. Ese es su celestial problema.
¡Todo el mundo sabe que lo contrario de amar no es no necesitar amor, es querer ser amado! -grita al viento- es algo más arriesgado pero tiene que hacerse. Siempre tiene que hacerse. 
Por eso no puedo permitirme el lujo de dormir.


domingo, 15 de junio de 2014

El Llanto de los Astros V


- No puedo arreglar esto – señaló vagamente El Dios Errante al planeta que permanecía en eterna galerna porque no sabía estar parado- Hazlo tú. Yo voy a pedir algún favor.
Mientras veía alejarse el caballo alazán en el que el Dios que nunca quiso Serlo se remontaba hacia el cielo, Lesskin suspiró y se sentó en una roca, la única que no se movía a su alrededor.
 La paciencia es una virtud aristocrática. Quizás la única que Lesskin no atesora con sus títulos. Pero se forzó a ella.
Durante el tiempo siguiente calló y esperó.
Jalaban seguía parado, seguía con su habla y su escucha puesta en la inmóvil Kanthra, en su corteza cada vez más fría, en sus entrañas cada vez más secas, en su centro cada vez más inmóvil.
Kanthra no se movía y moría. Kanthra no se movía y lloraba. Las lagrimas de un cometa son fuego, las de Kanthra, parada y silenciosa, eran sólo cenizas.
Y todas caían en la tempestuosa e inmóvil superficie de Jalaban. El planeta parado las veía chocar contra sus riscos, hundirse en sus mares en constante y furioso moviendo incontenible, fundirse en sus magmas. Cada una de ellas se hacía roca, cada una de ellas se transformaba en un ser que era parte del cometa que yacía parado.
Y como Jabalan era un organismo exigió a todas sus partes, a todos sus miembros, a todos los que eran vidas parte de su vida, recuperarlas, ayudarlas, sanarlas.
Resucito a héroes y diose muertos para que hicieran el trabajo. Envió a hombres que lloraban mares a que las recuperaran, a cazadores capaces de dar vida a la piedra a que las encontraran, a guerreros sin alma a que las protegieran, a caballeros devorados por dragones a que las vigilaran, a robles capaces de hablar y de moverse a que las sanaran.
Convocó a dioses y verdugos para llegar a todas y cada una de las lágrimas que Kanthra enviaba sobre él. Mágicas tejedoras intentaron reconstruir los hilos de sus vidas, gobernantes antiguos, demonios y hasta ángeles fueron en su busca. A algunas las sanaron, a otras las rescataron y a algunas las protegieron. Pero Kanthra siguió varada en el puerto que su ficticia órbita había marcado en el vacío. Kanthra seguía muerta.
Sus lágrimas podían ser recuperadas, pero ella no. Seguía demasiado lejos.
Cuando Jalaban llego a ese desesperado convencimiento fue el momento en el que Lesskin se decidió por fin a dejar de contar los pétalos de las flores que surcaban el viento embravecido como látigos y decir algo.

- Te equivocas, chaval –dijo, ignorando que le hablaba a un planeta- está demasiado cerca.
- No puedo ayudarla –el rugido de los mares se intensifico. La rabia de un planeta parado por ser algo inusitado no era algo precisamente que nadie deseara ver.
 - En eso tienes razón –Lesskin se levantó y se cruzó de brazos como si la eterna galerna que la forzada detención de Jalaban no fuera con él – sólo se tiene a si misma. Sólo está Kanthra. Es un cometa.
 - Yo también –El dolor tiende a ser recalcitrante- Estoy mudo. Estoy sordo.
 - Tienes tu canción –y Lesskin dio un salto que le mantuvo suspendido en el aire. Arqueó el cuerpo para dejar pasar un tronco que surcaba el aire a velocidad de colisión estelar.
 - Ella es mi canción
 - ¡Patán! –Sentenció el individuo flotando en el aire- Ella es una nota. La mejor nota, quizás, pero una nota, ¡Escucha tu canción, recuérdala! ¿Qué cantabas, qué hablabas antes de que te encontrara?

Jalaban se resistió al principio, pero lo hizo. Utilizó su voz y comenzó a entonar la melodía que había enviado a Kanthra, el discurso que había lanzado al éter cuando ni siquiera había percibido la voz que ahora formaba el único argumento de sus armonías.
Como, aunque los humanos llevaran siglos sin saberlo e tardaran eones en conocerlo, era un organismo su voz estaba hecha de otros miles de voces. Sus armónicos eran los gritos silenciosos de tres seres muriendo sin razón en la puerta de un templo dedicado a algún dios, los llantos felices de niños naciendo con los ojos cerrados, las palabras calladas de una traición, los guiños susurrados de una conspiración, los gritos ciegos del odio incomprendido e incomprensible, los jadeos constantes del amor, las peleas en las tabernas, los ritos y los mitos olvidados tras olvidar a los dioses a los que eran debidos, los rugidos de esfuerzo y los soplidos de cansancio, los trinos que avisan del depredador y los bufidos que se defienden de él.
Y en su canción seguía faltando una nota. Seguía faltando Kanthra.
Y Jalaban comprendió que su canción nunca había estado completa y nunca lo estaría. No podía cantar la nota que Kanthra le había dado. Como mucho podía callarse y que ella la cantara por él.

- Pero ahora está callada. Esta parada. Está muriendo –la desesperación volvía-
 - Te lo vuelvo a decir, tarugo. – si un planeta arquera las cejas sería algo así como un cambio de estación inesperado. De repente el verano se hizo otoño- Sólo se tiene a ella. Sólo tiene una nota.

Y Jabalan comprendió y quiso comprender y quiso comprender por qué lo comprendía. La voluntad genera bucles infinitos.
Los mares volvieron a su seno, furiosos y excitados, pero a su seno. Las montañas dejaron de moverse y Jalaban volvió a girar despacio y a desgana pero a girar, al fin y al cabo. Y su órbita dejó de rozar, de llamar, de clamar por la Kanthra. No sabía si eso servía para algo pero se suponía que tenía que hacerlo.
Tras la desesperación, tras el silencio, tras el habla y la melodía inacabada. Tras el estatismo y la muerte. Jalaban hizo lo que tenía que hacer todo cuerpo celeste con otro que se aleja. Consintió que se fuera. Acabó la conversación. Puso la última nota a esa melodía.

- Pero ella sigue ahí. Sigue quieta –Kanthra apenas si había percibido el movimiento, su cola de cometa seguía fría e inmóvil flotando junto a ella, su superficie seguía siendo roca y no lava.
 - Yo no puedo hacer nada –se quejó Lesskin apartándose el despeinado flequillo de la cara- Creo que eso depende de un sujeto barbudo que cree que es un dios porque monta a caballo.

Mientras Lesskin reordenaba el mundo en el que combatirían o habían combatido los mil dioses Akrhan hacia literal la frase cabalgar por el firmamento. O quizás fuera antes o tal vez mucho después. Nunca se sabe como se mueve el tiempo cuando los cuerpos celestes y los dioses están implicados en su devenir.

Los que saben de dioses dicen que los mil dioses murieron y eso es cierto, pero dicen que lo hicieron en la Guerra de Los Mil Dioses y en eso se equivocan.
Atienne, Gabal, Sahure, Misteyl y Pavar no lo hicieron. Escaparon del campo de batalla y se refugiaron en el único lugar en el que ninguno de sus hermanos podía encontrarlos. En el éter que por entonces estaba vacío, despoblado. Pidieron refugio a La Madre Desmedida y esta se lo negó como les negaba todo a sus hijos. Los que saben de su existencia les llaman Los Cinco Huidos y no les rezan ni les piden nada. Nadie espera nada de los refugiados ni de los cobardes.
Pero saben que se alimentan del padecimiento de otros seres. Que se hicieron llamar los Señores de La Tragedia y que siempre que el cosmos asiste a un momento de infinito dolor, ellos están presentes para roer los huesos del sufrimiento y masticar las piltrafas de la aflicción y el pesar.
Quizás fuera por eso por lo que El Jinete del Tiempo no se sorprendió de verles tan cerca del lugar donde había estado el sistema que antaño fueran un planeta y un cometa tratándose mutuamente como estrellas.

- Estáis aquí –la afirmación era una amenaza y el alfanje desenvainando una advertencia- Ahora entiendo muchas cosas.


La cabeza de Atienne, Señor de la Desidia, cayó un segundo después antes de que su indolencia le permitiera borrar la socarrona sonrisa de su rostro. Las entrañas de Kanthra experimentaron una contracción que le recordó por primera vez en cientos de rotaciones celestes que estaba viva.
Sahure gritó y se lanzó con las manos desnudas contra el caballo del Dios Errante al ver caer a sus pies el cuerpo de su hermano con el que había compartido durante miriadas de años exilio y huída. Y siguió gritando mientras el Jinete del Viento se lanzaba contra ella. Los desesperados gritan y maldicen y una maldición profundamente elaborada fue lo último que escapó de los labios de la que otrora fuera adorada como Diosa de la Desesperación. El arma de Akrhan brillaba con la esencia de otro dios muerto cuando abandonó el cuerpo de Sahure.

- No me extraña que huyerais de la Guerra –se quejó el Señor de los Vientos con desgana-.

El cometa advirtió la caída de la diosa huída como una liberación en el fluir de su magma. Lentamente comenzó a borbotear, a fluir. Su manto de fuego y ámbar comenzó a encenderse a sus espaldas.
Gabal había sido el último de Los Cinco Huidos que abandonó el campo de batalla. No porque su valor y su dignidad se lo impidiera, sino porque tardo casi un lustro más que sus hermanos en decidir en que dirección huir.
Tras mirar la masacre que estaba provocando el arma de El Errante, hizo ademán de postrarse para suplicar clemencia, paro a mitad del gesto y se giró para huir y luego intentó agarrar a uno de sus hermanos para esconderse tras él. Estaba decidiendo si ofrecerse de aliado a Akrhan o arrojarle una piedra cuando la hoja afilada de su antagonista termino de cortar su cuerpo en dos. El Señor de la Indecisión nunca se caracterizó por tener las cosas claras. Ni siquiera en su muerte.
Misteyl fue la última en caer. La señora de la Desdicha murió en silencio como había vivido. Sin decir una sola palabra. Su muerte hizo cantar a Kanthra que no sabía que se había producido, pero que por primera vez tenía ganas de hacerlo en mucho tiempo. Quizás el fulgor renovado de los vapores de su seno, el frescor del hielo derretido sobre su superficie y la renovada fuerza de su cola de cometa habían motivado esas ganas de canto. Eso había ocurrido cuando Akrhan decidió por Gabal que era momento de unirse a sus más de novecientos hermanos muertos.
El Que Nunca Quiso Ser Dios se volvió para enfrentar a Pavar, Señor del Miedo, pero este ya no estaba.
 - Era de esperar –masculló mientras limpiaba el arma en sus ropas y azuzaba a su caballo- El miedo siempre huye. El miedo siempre vuelve. Y ahora a pedir ese favor que se me debe.