Ha sido uno bueno. Rabioso, enfebrecido, paliativo, terapéutico.
De esos que parecen que curan pero sólo atenúan; de esos que, de repente, se muestran programados en la mente y el cuerpo, como lavar el coche o acudir al dentista aparece en la agenda del móvil.
De esos que se buscan y se encuentran sencillos, que parecen urgentes y son irrelevantes, que suenan necesarios y son intrascendentes.
De esos que te recomiendan las amigas cuando lloras y te exigen los enemigos cuando gritas.
De esos que ponen vaselina en las heridas y no pueden cerrarlas, que se piensan deprisa y apenas si se sienten.
De esos en los que nada pides por no tener conciencia de que debas dar nada, que arrojas al olvido, que fuerzas al silencio.
De esos que me escondo a mi misma y arrojan los recuerdos al ghetto de lo absurdo y de lo innecesario, de esos que me obligan a olvidarme a mi misma y a mentirme a los otros. De esos que me miento.
De esos que hacen chascar la lengua y tuercen la sonrisa cansada de aquellos que te saben, te conocen y, hasta a veces, te escuchan.
De esos que me empeño en usar de medicina sabiendo que no curan, de esos que me sostienen viva cuando aún estoy muerta.
Me despierto despacio. Hago por despertarme a un ritmo inusualmente lento para volver a depositar en orden dentro de mi cabeza todo lo que me vi obligada a arrancar anoche para dejar espacio a las burbujas de la cola y el alcohol de los rones.
Algo áspero me roza la cara y por un momento no lo identifico.
Mi gata no está aquí. No puede estarlo. No he podido olvidar tantas cosas. No hay nada más humano que temer lo desconocido y por so me tenso y el ritmo de mi despertar se acelera hasta que me deja sentada en la cama, aun sudorosa, aún desnuda.
La barba que me ha rozado no es poblada, es una de esas de pocos días, que algunos de los hombres se dejan y se cuidan. El cuerpo es perfecto. O casi. La perfección no existe. Eso lo sé por mi.
Estoy tentada de recorrer con el dedo su torso, depilado y contorneado por un ritmo de gimnasio moderadoconstante. Pero no lo hago. Demasiado íntimo, demasiado personal. Un sentimiento puede escaparse, provocarse o fijarse moviendo un solo dedo sobre un pecho desnudo.
No puedo evitar sacar esa sonrisa mía torcida y displicente, esa de cuando no me creo ni yo misma en lo que estoy pensando, en lo que estoy diciendo a mi razón para darme razones. Sonrio al darme cuenta de que pasar un dedo por un pecho masculino desnudo no puede ser más intimo que lo que hemos estado haciendo una parte de la noche. Y hemos hecho bastantes cosas.
No le conozco. En realidad sí. Le he conocido desde siempre o eso creo. O eso me parece. Pero no tengo que volver a verle si no quiero. Eso está bien.
¿por qué una voz me dice que no. No lo está. No para ti. No porque sí?
Pero estoy segura que esa voz que repite tan inoportuno mantra en mi cabeza es producto de los últimos estertores de borrachera en forma de garganta reseca y los primeros espasmos de una resaca que gira como los tornillos de un gato que me aprietan las sienes.
Pienso en ducharme pero no se en donde está la ducha. No recuerdo apenas en donde esta la puerta.
Recupero deprisa mi ropa y me la pongo a toda prisa, como me la quitaron y lo hago en silencio, sin ruido. La celeridad y el silencio son ritos necesarios en la huída.
Recojo el vestido del suelo como quien tomara una bolsa de plástico para arrojar los desperdicios de un picnic dominguero. Ha permanecido toda la noche en el suelo, sostenido en una posición inverosímil sobre las botas, como formando una tienda de campaña que escondiera todo lo pasado y postrero que me ha llevado a quitarme la ropa.
Sacudo la cabeza.
No tengo tiempo para metáforas filosóficas ni para arrastrar mi mente con símiles baratos entre un polvo y mi vida. Acelerada, innecesario, irrelevante, repetitiva… Vuelvo a sacudir la cabeza.
Es el vestido marrón, el que me pongo a veces para estas ocasiones, ese que realza el escote, mantiene al descubierto las piernas e insinúa todo aquello que el gimnasio, la genética y la dieta mantienen en condiciones de insinuar.
Conserva aún el olor, ahora repulsivo e intolerable, del alcohol derramado y el alcohol ingerido. Igual que mi piel, igual que el sudor desperdiciado que ahora impregna las sábanas de una cama que no conozco y no me reconoce.
Todo parece saturado de ese olor que ahora me persigue. Es como si quisiera recordarme lo que trato de olvidar. Lo que la piel y el sudor me hicieron olvidar anoche.
Es un olor que habla de motivos, que susurra pretextos, que murmura necesidades, que me farfulla excusas al oído mientras miro las bragas y las meto dentro del bolsillo exterior del vestido. También huelen a alcohol.
-¿Cómo he llegado otra vez a querer esto? – susurro para mi y de nuevo el espejo, incómodo e indeseado, se burla de mi rostro sin darme una respuesta, mientras aglutino mi pelo tras la nuca y lo sujeto con un coletero que no ha abandonado mi muñeca en toda esta azarosa y baldía noche que ahora empiezo a olvidar.
Me hago la pregunta y quero responder. Pero se que no lo haré, sé que permanecerá en la penumbra del ron con coca cola hasta que la siguiente noche que pretenda olvidar ocupe su lugar.
-¿Cómo he llegado a esto? – me repito-. Y sé que no me voy a responder. Que no quiero hacerlo ni intentarlo siquiera. Omito la respuesta en mi mente buscando, al girar la muñeca, la excusa del reloj. El tiempo, la ausencia de tiempo, es una buena excusa, universal para cualquier demora.
Es tarde. Siempre es tarde. Siempre ha sido tarde. Cojo el bolso, compruebo el móvil. Está casi sin batería.
Cierro la puerta despacio después de tardar dos minutos en encontrarla.
Ha sido un buen polvo, un polvo bueno.
¿Por qué entonces me siento como si tuviera que tener de nuevo motivos para el llanto?

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