Los hay que creen que la parte más sensible de los árboles
son las hojas y las flores. Se equivocan. Son las partes más bellas y más
efímeras de los entes arbóreos, pero desde su nacimiento hasta el final de su
ciclo de existencia saben que su función es lucir y mostrarse. Y eso es lo que
hacen.
Carecen del impulso necesario para desarrollar el
sentimiento. El dolor no se muestra, el sufrimiento no otorga belleza. Así que
hojas y flores no sienten, tan solo viven en la más perfecta de las armonías
consigo mismas hasta el instante mismo en el que dejan de hacerlo.
La voluntad de un dios muerto puede hacer a una flor querer
ser más bella, puede hacer a una hoja querer ser más brillante. Pero no puede
hacerlas sentir. Eso ni Hautling puede hacerlo.
Otros piensan que el sentimiento de los seres arbóreos
radica en sus raíces pero se equivocan. Las raíces se hunden en la tierra, se
pierden de la vista de hombres y de árboles. Están ciegas. Sólo ven los
principios y saben los finales. La tierra las arrulla haciéndolas inmunes a la
capacidad de sentir. Viven ancladas al sustrato que ha sido su comienzo y que
es el final. El conocimiento evita el sentimiento ¿Para qué hacer nada si el
destino es idéntico al origen?
La esencia de Anares no sirve para nada cuando se es incapaz
de contemplar los espacios intermedios de la vida.
La mayoría desprecia el tronco de los árboles como algo que
es consecuencia lógica de sus raíces y un camino necesario hacia sus hojas, sus
flores y sus frutos. Para ellos el tronco es una vía desde la necesidad hasta
la belleza y como todo camino no tiene valor en si mismo.
Pero claro, eso lo opinan los humanos, que no necesitan de
la voluntad de un dios caído para moverse.
El Tirón de Veneno, que luego Ada bautizaría como el Impulso
Nocivo, sacudió en primer lugar el centro mismo de su ser, es decir su tronco.
Todo tipo de seres han escuchado llamadas a lo largo de los
incontables eones que han pasado desde que el penúltimo dios exhaló su último
aliento. Humanos han sentido llamadas alienígenas; animales han sentido la
llamada de la sangre e incluso algunos han creído sentir la llamada de los
dioses en sus mentes, sus oídos o sus testículos, que en muchos casos resultan
ser lo mismo.
Desde el Grito de Craning hasta la Llamada del Sinaí, todas
esas voces han impelido a los seres vivientes a hacer algo. A agruparse, a
replegarse, a marchar, a matar o a morir e incluso a obligar a que otros los maten. A comer o a ayunar, a
sangrar o desangrar; a inmolar o a sacrificar, a correr o a parar; a huir o a
atacar. A matar en la hoguera o a morir en la cruz.
Todas las llamadas, las voces y los mensajes han obligado a
actuar de una manera determinada. Todas menos el Tirón del Veneno.
Lo primero que Ada sintió en el centro de su corteza fue la
inmovilidad, como si todos los pequeños resquicios de su revestimiento, por los
que habitualmente manaba su sinuoso perfume, se estuvieran cerrando. Como si la
brisa que la voluntad de Hautling hacía fluir por el bosque dejara de tocarla.
Si hubiera tenido ojos hubiera podido comprobar que sus ramas seguían
meciéndose en el arrullo del viento otoñal templado que la voluntad común de
Hautling había elegido para ese momento. Pero Ada era un árbol y no tenía ojos
y por ello sintió como si sus ramas se hubieran detenido repentinamente, como
si no hubiera viento capaz de hacerlas regresar al movimiento que ella deseaba,
que su estancia en el bosque del dios muerto le permitía elegir.
Y luego sintió el frío. No era el frío exterior que a veces
eligen los árboles de Hautling para poder llevar a cabo sus ciclos naturales
que ni siquiera su voluntad pueden evitar. Era un frío interno, que partía del
mismo centro de su ser.
Un frío que convertía su olor en algo estancado, enfermizo,
en algo que impedía mover las hojas, las ramas y las raíces. El frío le impedía
reconocer su propio aroma y le apartaba de los de Hautling, le apartaba de los
estallidos de luz que eran los árboles de Azahar; de los calidos abrazos que
eran los sauces; de las pertinaces insistencias que aportaban los manzanos.
Sólo podía recibir el perfume interior que no reconocía. El olor de su propia
podredumbre.
Cuando fue incapaz de reconocerse, cuando fue incapaz de
sentir nada salvo su ser retorcido sobre su propio tronco empezaron las voces.
Eran voces lejanas. Voces imposibles, voces que llegaban a
la vez desde el horizonte más lejano y desde el interior más cercano era como
si la lejanía fuera el eco de su interior o cu interior fuera la respuesta a
esas voces.
Fue entonces cuando reconoció la procedencia de aquella
llamada. Cuando pudo escuchar la sibilante lengua de los álamos negros
contrapuesta con el airado griterío de los eucaliptos. Lo supo. Cuando escucho
los timbres histéricos de las acacias de hojas aserradas en asonancia constante
con los graves tonos de robles añejos y pinos perennes, conoció el origen de
las voces. Cuando distinguió los agudos chillidos de los acebos resonando en
discordancia con las cansadas voces de los chopos, descubrió quien la estaba
llamando.
Cuando recordó el olor del veneno supo que el Bosque del
Norte la estaba llamando.
“la voluntad no es la respuesta. Es la trampa”. El Bosque
del Veneno repetía una y otra vez su llamada, con la insistencia de los que esperan
ser obedecidos, con el anhelo de los que ansían tener el poder de imponer sus
órdenes, con la superioridad de los que creen conocer el destino del mundo.
Y esa repetitiva insistencia enfriaba la voluntad de Ada
hasta conseguir privarla de la sensación de poseer esa voluntad que la
inmolación voluntaria de un dios añejo la había regalado.
La salmodia constante que atravesaba su tronco como una
letanía de falsa conmiseración y de miedo la impedía oler otra cosa que el olor
del propio veneno que llevaba en su interior, de la herencia de las aguas y las
tierras del Bosque del Veneno.
Eres de los nuestros, decían los armónicos de las acacias;
llevas nuestro veneno, no puedes evitarlo, contrapunteaban los chopos; no
puedes evitarlo, disonaban los acebos. No tienes donde ir, salmodiaban los
eucaliptos.
Pliégate, resígnate, ocupa tu lugar entre nosotros y
envenena el aire, repetían todos al unísono y la cadencia volvía a repetirse en
cada anillo, cada rama y cada hoja de Ada hasta que el movimiento se hacía imposible.
Cuando el veneno invade al aire el único movimiento
plausible es tratar de contener la respiración.
Y así pasó días y noches. Parada en el límite externo del
calvero que quería abandonar. Ciclos marcados por la voluntad común de Hautling
no por la suya. Ada no podía acceder a su propia voluntad. La Llamada Nociva se
lo impedía.
La Voluntad Común de Hautling, surgida de las ínfimas
partes de voluntad propia que cada árbol
cedía para organizar mínimamente el entorno, gobernó la vida del sándalo que
era Ada mientras no esta no podía hacer nada por sí misma. Mientras el Tirón
del Veneno intentaba arrastrarla lejos de su elección, lejos de su movimiento y
mantenerla congelada en el frío de su propio veneno.
Pero la voluntad de un dios es más fuerte que la llamada
cualquier bosque por venenosa que se la masa arbórea, por muerto que este el dios.
La Voluntad de Hautling era la voluntad de un mundo por seguir en movimiento.
Eso no habría podido pararlo la ponzoñosa letanía del Bosque del Veneno incluso
aunque Anares no hubiera muerto allí, incluso aunque el Señor de La Voluntad no
hubiera existido nunca.
Hautling no interfiere, Hautling no lucha y no se enfrenta a
aquellos que le muestran miedo, rencor o inquina. Hautling se limita a vivir. A
vivir y a moverse.
Pero ese movimiento es su propia forma de lucha, de
resistencia, de victoria. Las normas que rigen Hautling son sólo conocidas por
aquellos de sus moradores y solamente por aquellos de ellos que recurren o han
recurrido a ellos. Pero solamente aquellos que ellos que recurren a su propia
voluntad pueden solicitar el apoyo del Bosque de Anares.
En mitad del frío, en mitad del hedor de su propio veneno,
que atestaba y arrasaba sus poros, Ada tuvo un momento en el que recordó su
voluntad. Algunos de los habitantes vegetales del Enjambre Verde, como era
conocido Hautling en las leyendas de las praderas, dirían que había sido por el
impulso del bosque; otros dirían que fue por la fuerza Anares y otros susurrarían que Ada recordó su
donada voluntad porque recurrió a su propia conciencia.
Nadie lo sabe con certeza, ni siquiera Ada, pero lo cierto
es por un instante un solo pensamiento recorrió su ser de madera y sabia y
poseyó todas las fibras de su nudoso tronco, sus rectas ramas y sus volubles
hojas. Recordó el salto que la llevó del límite meridional del Bosque del
Veneno a la linde septentrional de Hautling en ese día en el que la Selva del
Empeño decidió abandonar el norte después de acogerla en su seno.
Recordó que nadie podía quitarle eso y recordó que siempre
lo había recordado. Los árboles no olvidan nada, simplemente se olvidan de que aún lo recuerdan.
Y entonces quiso saltar.
La engañosa y venenosa salmodia que llegaba del septentrión
ponzoñoso se detuvo un instante cuando los que la cantaban contuvieron el
aliento temiendo que Ada pudiera realizar lo imposible, pudiera escapar de su
llamada, controlar su frío y su veneno. Recuperar su voluntad. No había pasado
el tiempo de un latido humano cuando descubrieron su error y volvieron a
entonar la disonante melodía que imponía el Tirón del Veneno al recordar que
era precisamente esa llamada, constante y repetida, lo que mantenía a Ada
incapaz de recurrir a su voluntad. Un latido después, se reanudó con más
fuerza, intensidad y empuje. Un latido era demasiado tarde.
El movimiento de un bosque, de cualquier bosque, es
demasiado rápido para que lo perciba el ojo humano. Todo vuelve a estar en la
misma posición antes de que ningún humano haya sido capaz de atisbar que se ha
movido. En Hautling, donde el movimiento era una forma de existencia, era una voluntad, la velocidad tendía siempre al infinito.
En tiempo humano se vivió más o menos así.
Cuando la sinapsis inconsciente que dispara un latido se
encendió la tierra de Hautling se ahueco, se hizo más porosa por una lluvia que
no había caído y que no había mojado el sustrato. Cuando esa sinapsis se apagó
miles de gusanos surgidos de una podredumbre que no existían completaron el
trabajo bajo las raíces de Ada.
Luego miles de manzanos florecieron al unísono y su embrujo
de Azahar saturó el aire de un aroma tan intenso y delicioso que borro de los
arbóreos sentidos de Ada el hedor de su propia podredumbre. El delicioso olor
pudo aspirarse durante semanas hasta en el confín de las tórridas tierras de
los Hijos de caos y en las gélidas murallas de los Chamanes de Hielo. El
músculo que daba entrada a la sangre se había contraído.
La cavidad superior
de un corazón humano adulto no había tenido tiempo para llevarse de sangre
cuando olmos, abedules y álamos se colocaron en formación imposible alrededor
de Ada y comenzaron a acariciarla con sus hojas. La cavidad estaba llena cuando
la voluntad de los robles y nogales generó un viento del sur que hizo apenas
audible el rumor venenoso que llegaba del norte.
La sangre del humano que marcaba el ritmo de la guerra entre
Hautling y el bosque del Veneno paso a las cavidades inferiores mientras
sauces, madroños y sobre todos los cantarines árboles de las praderas enviaron
su mensaje de viento y agua hasta el último rincón del bosque de Hautling y la
Voluntad Común lo confirmó cuando el corazón se contrajo para expulsar el
ardiente líquido vital. Cuando la última gota de sangre abandonó el músculo
todo Hautling dio un paso hacia el sur. Y Ada saltó hacia delante libre por fin
del Tirón del Veneno.
Un corazón humano latió de nuevo. En el mundo de los hombres
no había pasado nada que pudiera verse y no percibieron la desazón del Bosque
del Veneno salvo porque durante un momento hasta los lugareños sintieron una
extraña dificultad para respirar. Por supuesto, ningún humano percibió ni la
sensación de victoria de Hautling ni desde luego el alivio de Ada al recuperar
el movimiento. Ningún humano ponía el pie en Hautling desde Lesskin y Hautling
tampoco tenía muy claro que Lesskin hubiera estado entre sus lindes.
En cualquier caso, la guerra entre bosques había terminado.
La humanidad nunca percibió batalla alguna. Al menos eso
dice Lesskin, pero ¿Quién está seguro de que Lesskin percibe a la humanidad de
la misma manera que la humanidad se percibe a si misma?
Ada recuperó la voluntad que había recibido de la esencia
nebulosa de un dios que eligió morir y recuperó el movimiento que esa voluntad
le regalaba, pero no olvido la última frase que escuchara de la salmodia de la
Llamada Nociva. La emitida en todo grave y acento socarrón por el más negro
roble del Bosque del Veneno
- Llevas nuestra marca. Envenenarás todo lo que toques
El eco de esa frase resonó en sus oídos y no impidió que se
moviera. No impidió que avanzara, pero convirtió su avance en una huida.
Transformó a Ada en una sombra.
Una sombra con voluntad, pero una sombra.













