L@S SINCUERPO
INSANJ
- ¿Cuatro gotas?
NOMUERTO
- No es fácil que un mar recuerde lo que ha olvidado que ha
renunciado a desear
INSANJ
- Pero ¿sólo han sido
cuatro gotas?
ARTOBAN
- Cuatro fueron los eslabones que se rompieron en la cadena
de la Hija de Caos
NOHELU
- Cuatro fueron los hilos que se entretejieron de nuevo en
el alma del guerrero
EGLAMOR
- Cuatro las heridas que se hicieron en el vientre del
dragón
EPHINÉ
- Cuatro los pilares que sostienen la Morada de la
Guardia
NOMUERTO
- Dejemos la rapsodia, ¿vale chicos? Creo que el llorón ha
pillado el mensaje.
JINETE
- Cada vez sois más divertidos. Más parecidos a dioses ¡Callaos, les toca hablar a ellos!
Y lo hicieron. Los mares y el faro hablaron.
La piedra con la reticencia de quien no está acostumbrado a
recibir respuesta, el agua con la precaución de quien había renunciado a hacer
preguntas.
La sal de la gota de una gota había marcado el camino, el
aire de la burbuja les había permitido encontrarse, la espuma les había dado el
tiempo necesario para hacerlo y la gota completa había traducido sus lenguajes.
Los mares hablando con la piedra del hombre en una danza que
llevaba las resacas hasta el borde de las abismo y las hacía mantenerse un
instante más de lo que antes aguardaban, con olas que se mantenían levantadas,
en contra de las leyes de la física humana, el tiempo suficiente para atisbar
aquello que antes ignoraba.
Y la piedra hablaba de milenios de espera lamiendo el agua
tan solo unos instantes con sus luces, haciendo reflejar en las en las olas
levantadas los guiños de su girante luminaria para contar historia de palabras
perdidas en los vientos, de esperas olvidadas en los tiempos, de vidas muertas por no querer vivirlas y de muertes
vividas por querer evitarlas.
A veces se ajustaban sus lenguajes, a veces diferían. A
veces se enganchaban en esa incomprensión de los que ansían entenderse y no
tienen muy claro cómo hacerlo. Y los mares reían con ráfagas de crestas
espumosas repetidas que eran carcajadas, sonreían con los mares de fondo que
arrastraban la arena de mil playas para lograr que el sol las hiciera brillar
bajo sus aguas.
Y el faro se reía haciendo crepitar sus viejas piedras,
poniendo intermitente su linterna, sonreía dejando pasar el viento entre sus
grietas manteniendo fija su luz sobre un punto del agua.
Los hombres percibían otra cosa. Para ellos el mar estaba
encrespado y el faro viejo y roto. Pero los hombres no importaban. Los hombres
no comprenden la mente de los mares.
Un día los mares levantaron una ola terrible y duradera que
rompió justo en el límite mismo del abismo para dar un baño de su espuma y su
sal que confortara a la piedra del faro que ese día aparecía triste ante sus
ojos. Una noche el faro se apagó para dejar que las luces de otros proyectaban
su sombre sobre el agua que estaba salada y negra como el llanto por un
recuerdo antiguo y doloroso.
Siguieron conversando y sonriendo. Siguieron salpicando y
luciendo. Siguieron atravesando el Abismo del Principio del Mar con luces y con
sombras, con espumas y gotas.
Pero el faro era una obra de los hombres. De un hombre que
no quiso ser dios, pero de un hombre. Y no entendía la mente de los mares.
- Salta el abismo o llénalo -pidió un día a los mares con
una lenta pasada de su luz atenuada sobre el agua. Tan suave como podía serlo
una caricia, ten lenta como debería ser un beso.
- No puedo -dijo el mar arrastrando por el fondo su sonrisa-
No puedo hacerlo. Los hombres no entienden lo que pienso. No puedo hacerlo.
Un instante después supo que no debía hacerlo. Un instante
después ya era muy tarde.
Tarde para evitar que la espuma dejara de ser sonrisa, que
las olas dejaran de ser ojos, que las aguas hirvieran de burbujas, que las
resacas gritaran, que las mareas pararan, que las corrientes se curvaran en
arcos imposibles que estuvieron a punto de partir el mundo sobre su eje.
Era tarde para evitar que el mar callara alterado por sus
miedos antiguos. Era tarde para evitar que los mares se fueran empujados por su
ira y su rabia.
Los hombres, como siempre, lo entendieron todo al revés.
Aprovecharon la calma, la parada, para navegar sobre ellos y esquilmarlos de
todas sus riquezas, para detener sus yates de recreo y disfrutar del sol, para
acudir a bañarse a sus orillas o zambullirse en sus aguas sin riesgo ni
peligro. Las aguas de los mares por fin estaban en calma, por fin estaban
tranquilas, por fin les daban un respiro sin olas levantadas, sin resacas,
reflujos ni corrientes de fondo.
Por fin el mar estaba en paz.
Un faro, hecho de piedra y por manos de hombre, de lágrimas
y roca, comprendió por un solo momento, por un instante triste, la mente de los
mares. La ira de los mares es silencio. Sus miedos son su ausencia.
Para humanos y dioses eso se parece a la calma. Pero ellos
nunca comprendieron la inmensa psicología de los mares.
Y los mares siguieron en su ausencia, tan inmensos que
apenas recordaban que habían estado presentes. No se fueron, no podían ni
querían hacerlo. Los mares están en todas partes y no quieren retirarse de
ninguna. Pero ya no miraban, sus olas no se alzaban frente al faro, ya no le
regalaban sonrisas de sus labios espumosos. Estaba porque era su lugar pero ya
no importaba.
Y el faro seguía haciendo su trabajo porque había que
hacerlo. Seguía alumbrando las aguas de los mares con sus luces rotativas, inciertas y fugaces.
Contemplaba los barcos que surcaban las aguas y sentía
tristeza. Una envidia profunda que le helaba la luz y ennegrecía cada una de
sus piedras. Los veía dejar estelas fugaces de sonrisas marinas sobre la
superficie, los veía parados, al pairo de los vientos, rodeados de los ojos de
las olas curiosos y divertidos. Esos ojos
que a él no le miraban. Y quería ser barco.
Cada vez que su luz miraba suavemente, casi en secreto,
sobre las aguas de los mares, las aguas seguían quietas y oscuras para él. Cada
vez que paseaba su mirada de candil giratorio quería convertirse en algo que no
era.
Quería ser delfín y saltar y reír frente a los ojos
divertidos de las aguas, quería ser navío y acariciar la superficie de su piel
esmeralda aunque fuera un instante peligroso, quería ser pescador e introducir sus manos en su húmedo cuerpo o
buscador de perlas y dejar que el abrazo del mar le dejara sin aire.
No le hubiera importado ser un pecio maldito, hundido y
muerto, con tal de estar sumergido en las aguas profundas de los mares. Quería
ser una isla para estar rodeado de él por todas partes, quería ser arrecife
para que la vida marina le habitara aunque le desgastara hasta la muerte,
quería ser barrera de coral, península, naufragio, hombre el agua o incluso
mítico e inexistente reino sumergido.
Cualquier cosa que Los mares albergaran, tocaran, miraran,
rodearan. Quería ser…
- Un faro, chaval, eres un faro -la voz estridente y
quejumbrosa le sacó de sus lúgubres pensamientos de piedra y luz. Entonces
sintió sobre las piedras areniscas de su base el mínimo contacto de esa espalda
delgada, huesuda. Esperaba que esa presencia no invitada le resultara molesta,
impertinente, pero se sorprendió de comprobar que no era así. Era como si la
esperara, como si en realidad él la hubiera llamado. Como si le hubiera estado
echando de menos durante todo ese tiempo.
- Lo siento, -se disculpó el hombrecillo mientras guardaba
el artefacto en uno de los bolsillos de su raída levita de terciopelo color
burdeos- No he podido sustraerme al encanto de verte queriendo ser delfín
-soltó una risita como esas de los niños cuando descubren a un adulto haciendo
algo que no comprenden- Dos toneladas y media de tres clases distintas de
piedra, metal y cristal saltando entre las olas. Una imagen cuando menos
sugerente.
Para el faro fue solamente la dramática queja de un
personaje impertinente. Para el universo fue algo muy diferente.
Amores murieron y desamores nacieron en varios universos en
ese momento. El dramático estallido de Lesskin y su queja contra la estupidez
mataron los quereres, hizo nacer los desamores y congeló unos y otros en el
tiempo y el espacio.
Humanos y dioses nunca lo supieron. Si los hombres no
entienden ni comprenden la mente de los mares mucho menos conocen el poder de
alguien nacido de los restos de mil amores muertos.
- No me escuchan -la piedra crujía de desesperación, hacía
temblar la tierra de agonía- No quieren escucharme.
- Intentas hablar con su lenguaje. Intentas hablar con sus
palabras y no las entiendes. No puedes entenderlas. Nunca lo harás. Los hombres
no entienden a los mares, no tienen que entenderlos.
- Vale, vale, ¡Que
impaciente!, ¡menos mal que el llorón te hizo de piedra y no de madera! En
resumen, que algo esté perdido no significa necesariamente que no pueda
encontrarse. Pero hay que buscarlo, claro.
El faro no tenía por qué hacerlo, pero lo hizo. No tenía
nada que ver con él pero tenía que hacerse.


No hay comentarios:
Publicar un comentario