viernes, 4 de abril de 2014

La Psicología de los Mares (III)

L@S SINCUERPO
INSANJ
- ¿Cuatro gotas?   
NOMUERTO
- No es fácil que un mar recuerde lo que ha olvidado que ha renunciado a desear  
INSANJ
-  Pero ¿sólo han sido cuatro gotas?  
ARTOBAN
- Cuatro fueron los eslabones que se rompieron en la cadena de la Hija de Caos  
NOHELU
- Cuatro fueron los hilos que se entretejieron de nuevo en el alma del guerrero  
EGLAMOR
- Cuatro las heridas que se hicieron en el vientre del dragón  
EPHINÉ
- Cuatro los pilares que sostienen la Morada de la Guardia   
NOMUERTO
- Dejemos la rapsodia, ¿vale chicos? Creo que el llorón ha pillado el mensaje.  
JINETE
- Cada vez sois más divertidos. Más parecidos a dioses ¡Callaos, les toca hablar a ellos!  


Y lo hicieron. Los mares y el faro hablaron.
La piedra con la reticencia de quien no está acostumbrado a recibir respuesta, el agua con la precaución de quien había renunciado a hacer preguntas.
La sal de la gota de una gota había marcado el camino, el aire de la burbuja les había permitido encontrarse, la espuma les había dado el tiempo necesario para hacerlo y la gota completa había traducido sus lenguajes.
Los mares hablando con la piedra del hombre en una danza que llevaba las resacas hasta el borde de las abismo y las hacía mantenerse un instante más de lo que antes aguardaban, con olas que se mantenían levantadas, en contra de las leyes de la física humana, el tiempo suficiente para atisbar aquello que antes ignoraba.
Y la piedra hablaba de milenios de espera lamiendo el agua tan solo unos instantes con sus luces, haciendo reflejar en las en las olas levantadas los guiños de su girante luminaria para contar historia de palabras perdidas en los vientos, de esperas olvidadas en los tiempos, de vidas  muertas por no querer vivirlas y de muertes vividas por querer evitarlas.
A veces se ajustaban sus lenguajes, a veces diferían. A veces se enganchaban en esa incomprensión de los que ansían entenderse y no tienen muy claro cómo hacerlo. Y los mares reían con ráfagas de crestas espumosas repetidas que eran carcajadas, sonreían con los mares de fondo que arrastraban la arena de mil playas para lograr que el sol las hiciera brillar bajo sus aguas.
Y el faro se reía haciendo crepitar sus viejas piedras, poniendo intermitente su linterna, sonreía dejando pasar el viento entre sus grietas manteniendo fija su luz sobre un punto del agua.
Los hombres percibían otra cosa. Para ellos el mar estaba encrespado y el faro viejo y roto. Pero los hombres no importaban. Los hombres no comprenden la mente de los mares.
Un día los mares levantaron una ola terrible y duradera que rompió justo en el límite mismo del abismo para dar un baño de su espuma y su sal que confortara a la piedra del faro que ese día aparecía triste ante sus ojos. Una noche el faro se apagó para dejar que las luces de otros proyectaban su sombre sobre el agua que estaba salada y negra como el llanto por un recuerdo antiguo y doloroso.
Siguieron conversando y sonriendo. Siguieron salpicando y luciendo. Siguieron atravesando el Abismo del Principio del Mar con luces y con sombras, con espumas y gotas.
Pero el faro era una obra de los hombres. De un hombre que no quiso ser dios, pero de un hombre. Y no entendía la mente de los mares.

- Salta el abismo o llénalo -pidió un día a los mares con una lenta pasada de su luz atenuada sobre el agua. Tan suave como podía serlo una caricia, ten lenta como debería ser un beso.
- No puedo -dijo el mar arrastrando por el fondo su sonrisa- No puedo hacerlo. Los hombres no entienden lo que pienso. No puedo hacerlo.
 - Yo sí -y en la impaciencia que había heredado de las manos humanas que le erigieron alumbro demasiado, forzó la intensidad de su linterna.

Un instante después supo que no debía hacerlo. Un instante después ya era muy tarde.
Tarde para evitar que la espuma dejara de ser sonrisa, que las olas dejaran de ser ojos, que las aguas hirvieran de burbujas, que las resacas gritaran, que las mareas pararan, que las corrientes se curvaran en arcos imposibles que estuvieron a punto de partir el mundo sobre su eje.
Era tarde para evitar que el mar callara alterado por sus miedos antiguos. Era tarde para evitar que los mares se fueran empujados por su ira y su rabia.
Los hombres, como siempre, lo entendieron todo al revés. Aprovecharon la calma, la parada, para navegar sobre ellos y esquilmarlos de todas sus riquezas, para detener sus yates de recreo y disfrutar del sol, para acudir a bañarse a sus orillas o zambullirse en sus aguas sin riesgo ni peligro. Las aguas de los mares por fin estaban en calma, por fin estaban tranquilas, por fin les daban un respiro sin olas levantadas, sin resacas, reflujos ni corrientes de fondo.
Por fin el mar estaba en paz.
Un faro, hecho de piedra y por manos de hombre, de lágrimas y roca, comprendió por un solo momento, por un instante triste, la mente de los mares. La ira de los mares es silencio. Sus miedos son su ausencia.
Para humanos y dioses eso se parece a la calma. Pero ellos nunca comprendieron la inmensa psicología de los mares.
Y los mares siguieron en su ausencia, tan inmensos que apenas recordaban que habían estado presentes. No se fueron, no podían ni querían hacerlo. Los mares están en todas partes y no quieren retirarse de ninguna. Pero ya no miraban, sus olas no se alzaban frente al faro, ya no le regalaban sonrisas de sus labios espumosos. Estaba porque era su lugar pero ya no importaba.
Y el faro seguía haciendo su trabajo porque había que hacerlo. Seguía alumbrando las aguas de los mares  con sus luces rotativas, inciertas y fugaces.
Contemplaba los barcos que surcaban las aguas y sentía tristeza. Una envidia profunda que le helaba la luz y ennegrecía cada una de sus piedras. Los veía dejar estelas fugaces de sonrisas marinas sobre la superficie, los veía parados, al pairo de los vientos, rodeados de los ojos de las olas curiosos y divertidos. Esos ojos  que a él no le miraban. Y quería ser barco.
Cada vez que su luz miraba suavemente, casi en secreto, sobre las aguas de los mares, las aguas seguían quietas y oscuras para él. Cada vez que paseaba su mirada de candil giratorio quería convertirse en algo que no era.
Quería ser delfín y saltar y reír frente a los ojos divertidos de las aguas, quería ser navío y acariciar la superficie de su piel esmeralda aunque fuera un instante peligroso, quería ser pescador  e introducir sus manos en su húmedo cuerpo o buscador de perlas y dejar que el abrazo del mar le dejara sin aire.
No le hubiera importado ser un pecio maldito, hundido y muerto, con tal de estar sumergido en las aguas profundas de los mares. Quería ser una isla para estar rodeado de él por todas partes, quería ser arrecife para que la vida marina le habitara aunque le desgastara hasta la muerte, quería ser barrera de coral, península, naufragio, hombre el agua o incluso mítico e inexistente reino sumergido.
Cualquier cosa que Los mares albergaran, tocaran, miraran, rodearan. Quería ser…

- Un faro, chaval, eres un faro -la voz estridente y quejumbrosa le sacó de sus lúgubres pensamientos de piedra y luz. Entonces sintió sobre las piedras areniscas de su base el mínimo contacto de esa espalda delgada, huesuda. Esperaba que esa presencia no invitada le resultara molesta, impertinente, pero se sorprendió de comprobar que no era así. Era como si la esperara, como si en realidad él la hubiera llamado. Como si le hubiera estado echando de menos durante todo ese tiempo.
 - Enseguida estoy contigo -dijo el hombrecillo mientras manipulaba su índigo rectángulo metálico sacado de otro tiempo, otra vida y de otro universo- Pasó los dedos sobre él.

 


- Lo siento, -se disculpó el hombrecillo mientras guardaba el artefacto en uno de los bolsillos de su raída levita de terciopelo color burdeos- No he podido sustraerme al encanto de verte queriendo ser delfín -soltó una risita como esas de los niños cuando descubren a un adulto haciendo algo que no comprenden- Dos toneladas y media de tres clases distintas de piedra, metal y cristal saltando entre las olas. Una imagen cuando menos sugerente.
 - ¿Te ríes de mi infortunio? -la piedra rugió con una rabia que amenazó con quebrarse de golpe, con arrojar cascotes puntiagudas sobre la cabeza del hombre. La tierra tembló bajo sus nalgas.
 - ¡Por los dioses que no quisieron serlo! -el hombre alzó los brazos a los cielos, los agitó dramáticamente y luego se mordió el labio inferior y agitó la cabeza en una mueca de silenciosa desesperación- ¡No me río de tu infortunio, me río de tu estupidez!
Para el faro fue solamente la dramática queja de un personaje impertinente. Para el universo fue algo muy diferente.
Amores murieron y desamores nacieron en varios universos en ese momento. El dramático estallido de Lesskin y su queja contra la estupidez mataron los quereres, hizo nacer los desamores y congeló unos y otros en el tiempo y el espacio.
Humanos y dioses nunca lo supieron. Si los hombres no entienden ni comprenden la mente de los mares mucho menos conocen el poder de alguien nacido de los restos de mil amores muertos.
 - Podría decirte que has cometido un aciago error de cálculo - continuó el personaje de nuevo calmado y displicente- y que lo que deberías es propiciar un diálogo de franca distensión que te permita hallar unas premisas mínimas de entendimiento que sirvan como plataforma para… ¿cómo seguía esto?... -reflexionó un instante-, Bueno, en resumen. La cagaste, montón de piedras impaciente y cabezota. Habla a las aguas.
- No me escuchan -la piedra crujía de desesperación, hacía temblar la tierra de agonía- No quieren escucharme.
- Intentas hablar con su lenguaje. Intentas hablar con sus palabras y no las entiendes. No puedes entenderlas. Nunca lo harás. Los hombres no entienden a los mares, no tienen que entenderlos.
 - El Habla de la Piedra se perdió -la arena que se desprendía de las base del faro era su llanto. Lesskin la sacudió de sus hombros y sus piernas-.
 - Y el Santo Grial, y la fórmula de la Coca Cola, y La Atlántida y los cinco últimos mandamientos, y los libros de Hermes Trimegisto y el dossier de la Operación Mangosta y la llave de las puertas del infierno y la capa de caza del Marques de Martiens que, por cierto, en realidad no está perdida, la usó de sudario para una de sus amantes cuando esta murió al caerse del caballo y -la base del faro se movió peligrosamente-. 
- Vale, vale, ¡Que impaciente!, ¡menos mal que el llorón te hizo de piedra y no de madera! En resumen, que algo esté perdido no significa necesariamente que no pueda encontrarse. Pero hay que buscarlo, claro.


El faro no tenía por qué hacerlo, pero lo hizo. No tenía nada que ver con él pero tenía que hacerse.

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