Nadie ha visto dormir a Lesskin. No resulta sorprendente porque nadie ha visto
a ese supuesto conde, duque y barón hacer nada de lo que habitualmente hace la
gente, incluso la de sangre azul.
El caso es que nadie le ha visto dormir.
Él mantiene que no le resulta necesario, que cierra los ojos
un instante y ya es como si descansara horas. Lesskin dice cosas muy raras,
incluso mantiene que lo aprendió de un general bajito y con mal humor que tenía
úlcera y que ganó y perdió un imperio en menos tiempo del que Yiobazan tardó en
convertirse en Dios.
Eso es, por supuesto increíble. Ningún imperio dura menos
que un dios. El mundo se volvería loco si así fuera.
Pero lo cierto es que nadie en el Continente Occidental, en
el Reino de Arland, en La Cordillera de Hielo y ni si quiera en las Tierras de
Caos ha visto a Lesskin echar un sueño, una siesta, una cabezada ni nada que se
le parezca. Algo insólito en alguien que es capaz de desperdiciar energía en acciones
tan absurdas como enseñar a bailar una danza travense a los árboles u organizar
un torneo a primera sangre entre los fantasmas yacentes de los caballeros
muertos en la Guerra de La Instrumentalidad. Algo insólito para cualquier
humano.
Puede que Lesskin no sea humano, puede que realmente tenga
ese don de cerrar los ojos y descansar o puede que se esconda en ese misterioso
bosque que él dice que se mueve para cerrar los ojos y entregarse al sueño,
lejos de las miradas de todos.
Todo eso podría ser cierto. Con Lesskin cualquier cosa puede
ser cierta y corre el riesgo de ser completamente falsa.
Pero sólo hay alguien que sabe la verdad. Sólo un jinete
vestido de negro y plata que cabalga a su arbitrio milenario a lomos de un
alazán tan fiero e inconstante como él, sabe la verdad. Y sólo la sabe él
porque Akhran siempre ha estado presente en todo lo que Lesskin ha hecho o ha
dejado de hacer.
El dios errante sabe que es verdad, que el melifluo
personaje, que recorre los mundos con calzas y escarpines, no duerme, no
descansa un segundo, nunca cierra los ojos más allá del tiempo que lleva un
parpadeo.
Y también sabe que todo lo que dice, todas las historias que
inventa y las excusas que crea para tan inaudita actitud son tan falsas como
cierto es el hecho de que estuvo presente en esa inútil guerra que acabó con
los dioses.
El Jinete de la Arena y el Viento sabe que Lesskin nunca
duerme, que ya no quiere hacerlo, no puede permitírselo.
Ya no. No después de aquello que se dio en llamar el Llanto de
los Astros.
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Los cuerpos celestes hablan. Tienen un lenguaje peculiar,
eterno e ininteligible para todos aquellos que se hallan por debajo de sus
ciclópeas dimensiones. Pero hablan, conversan y se escuchan entre ellos.
Cuando aún faltaban muchos siglos o habían pasado muchos
milenios desde que Lesskin susurrara en el oído de algunos hombres que los
planetas, los astros y los habitantes siderales en general se movían; cuando
todavía faltaban miles de años o habían pasado decenas de lustros desde que
esos hombres murieran o estuvieran a punto de morir por repetir en público ese
conocimiento; sólo ellos sabían de sus capacidades. Ellos y los mil dioses,
pero los dioses o estaban muertos o sólo eran capaces de escuchar sus voces
interiores. Los dioses lo oyen todo, pero sólo se escuchan a si mismos.
Ellos y Lesskin, si hay que creer sus fanfarronadas de
torneo y sus relatos de chimenea.
Lesskin siempre ha mantenido que él conoce y habla
fluidamente el lenguaje de los astros. Pero, ¿quién puede creer a un individuo
que mantiene que hay bosques que se mueven, que hay mares que surgieron del
llanto de un solo hombre o que la mejor
forma de cortar las raíces que te matan es convertirse en gusano?
Sea como fuere, los cuerpos celestes estaban solos y
hablaban. Y todo el que habla tiene un nombre. Los lenguajes se inventaron para
poner nombre a aquellos que los usan.
Es posible que en mundos por llegar o que en universos
muertos mucho antes de que los mil dioses supieran que eran dioses, al cuerpo
celeste que habitaba en el borde exterior del firmamento negro que limita a su
pesar con el vacío profundo se le conozca o se le haya conocido por el poco
agraciado apelativo de HV2003. Pero en aquellos tiempos sin tiempos su nombre
era el reflejo de un pulsar que se marcaba en la brillante superficie de una
estrella y que reflejaba las luces de un quasar encendido para llegar de nuevo
a dar luz al punto del que había partido.
Todo eso puede entenderlo un astro, puede percibirlo un
planeta y puede traducirlo cualquier cuerpo celeste que rote o que se mueva en
el espacio que limita el espacio. Todo eso era su nombre.
Y su nombre era Kanthra.
Es posible que cuando existan los humanos o en los tiempos
en los que existieron, mirarán al cielo, a las escasas porciones que sus
artificios e instrumentos les permiten observar y vieran a Kanthra como parte
de un sistema estelar o de una organización planetaria. Pero da igual lo que
piensen los humanos al respecto, de igual lo que hayan pensado. Kanthra nació
mucho antes de que nadie pudiera organizar el universo, de que nadie se
atreviera a ello y de que nadie se sintiera tentado de hacerlo. Da igual como
lo llamarán o como lo fueran a llamar. Kanthra nació en su hogar.
Eso es algo que hace todo ser que nace. Todos menos los
dioses. Todos, menos Lesskin.
Así que Kanthra nació en su hogar y su hogar estaba formado
por seres como ella, seres que giraban en sus posiciones, en un estatismo aparente pero siempre dinámico, en un
dinamismo continuado pero aparentemente estático.
Fue, como lo es todo cuerpo celeste, como lo es todo cuerpo,
como lo es todo ser, una escisión de aquellos mas grandes y más viejos que ya
conocían el sistema, que ya se movían a gusto en sus ritmos y en sus órbitas.
Pero Kanthra cometió un error, un error que no era suyo y que no era de nadie.
Un fallo que algunos llamarían una singularidad y que otros simplemente
conocerían como consciencia.
La consciencia no es algo que se estile demasiado entre los
cuerpos astrales pero a Kanthra eso no le importaba. Los planetas, las estrellas y toda la cohorte
de sideral que puebla el vacío puede hablar, eso es incuestionable. Pero la
palabra no te da la capacidad de actuar. Así que ellos actúan según sus ritmos
predeterminados, sus órbitas establecidas y sus cadencias inmutables. Se mueven
pero no actúan. Hablan pero no dicen nada. Están vivos pero no les importa.
Pueden pasar a milímetros los unos de los otros y nunca se tocan, nunca se lo
permiten. Están ciegos y por eso desconocen el miedo
Pero Kanthra no era así. El error cósmico que la había
dotado de consciencia no sólo la permitía hablar como a los demás. También la
permitía ver.
Y su visión, su primera visión, fue la soledad.


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