domingo, 6 de abril de 2014

La Piscología de los Mares (IV)

Recordó su mirada interna. La mirada hacia dentro de la roca que nadie le había robado nunca ni podía robarle. Y la usó
Busco con su mirada interna hacia abajo y no encontró nada. Llegó al hierro que la unía al macizo rocoso del Principio del Mundo y no halló ni una miserable veta que le condujera hasta el mar.  Luego volvió sus ojos interiores hacia lo alto, hacia el lado de su hermosa silueta que apuntaba a los cielos y tampoco encontró camino alguno que seguir
A punto de rendirse volvió su mirada interior hacia sí mismo. Al borde mismo del abismo y encontró el reguero marchito de sus sedimentos, sus lágrimas, sus furias, sus silenciosos enfados, sus sorprendidas incomprensiones. Recorrían la pared del abismo y se depositaban en el fondo.
Y pudo seguirlos. Los siguió hasta el fondo de ese abismo que parecía insondable y una vez allí. Empezó a usar su voz. La voz de la piedra, el habla de la roca.
Al principio sonó quebrada, olvidada distante, como la de una vieja gloria que se negara a retirarse, como la de un ángel caído que cantara un Te Deum.
Pero las grietas, los derrumbes, las erosiones comenzaron a armonizar, a cantar entre ellos a componerse, a ajustarse y logró seguirlas, escucharlas, comprenderlas y pudo por fin hablar y escuchar a la piedra que yace debajo de los mares, que a veces los sustenta y a veces los revuelve. Se encontró y se sintió por fin rodeado de mares.
Y descubrió el mercurio
Encontró el resto. Justo al lado del límite interior de la herida que había originado la furia silenciosa de los mares en sus cimientos. Tanto la había erosionado el viento paliativo y el agua sanadora que estaba a punto de desaparecer.
Siguió el delgado hilo de líquido plateado por la base rocosa de los mares. Vio como la veta de mercurio se extendía más allá de él rodeada en parte de su esencia rocosa y en parte de otra conocida húmeda y salada.
Y sintió. No la superficie. No las olas y miradas de los mares, no sus espumosas sonrisas, ni sus furiosas burbujas, no sus sales, sus aguas, sus crestas o sus corrientes. Sintió lo que no hacía falta comprender, lo que no hacía falta entender. Aquello que no tenía nada que ver con lo ocurría en la superficie aunque pudiera explicarlo, aquello que era motivo pero no consecuencia de lo que los mares hacían con sus aguas.
No hay hombre, barco, puente o creación humana capaz de entender la mente de los mares. No si miran sus aguas desde fuera. Pero la piedra puede vivir sin aire bajo ellas. No tiene que entenderlas porque puede concentrarse en sentirlas.

- Ay -suspiró el petimetre entre el alivio y la falsa consternación mientras intentaba atusarse la melena- Por fin.
Se levantó, se sacudió de nuevo la arena y se alejó manipulando otra vez su arcano artilugio negro. Dejando al faro hablándole a los mares con la voz revivida de la piedra.

L@S SINCUERPO
JINETE
- Parece que cuatro gotas eran suficientes   
NOMUERTO
- Cuando se quiera hacer algo tan solo hay que recordar que puede hacerse. Cuatro gotas son sufrientes para eso  
INSANJ
-  ¿Ahora eres de aforismos? Pareces Yakio  
 NOMUERTO
- ¡Echa una mano y no molestes más! ¿Quieres que La Baronesa tenga que desarrollar branquias? Puede llevar milenios hasta que encuentre unas que le queden bien a sus extraños ojos.  
JINETE
- Sois divertidos. Cada vez pensáis más como si fuerais dioses 
Dicen los que han estado siempre en todas partes para conocerlo todo que Insanj, el Hacedor sin Lágrimas, no construyó nada para el hombre con sus manos y sus lágrimas desde que saliera de su retiro autoimpuesto tras acabar con su mundo en la muerte de un dios.
Lo dicen y es verdad porque el faro del Principio del Mar no era para el hombre. Era para los mares. Lo dicen y no mienten porque ellos no pueden saber que un día que fue normal en todo el universo metió las manos en el mar y alzó un pilar.
Una sola tira irregular de piedra, un solo brazo de roca sobresaliendo del centro de los mares. Algo basto, conocida su antigua grandeza, algo rudimentario, sabida su anterior delicadez barroca. Algo necesario.
Y luego se retiró de nuevo y sonrió en su retiro cuando los hombres achacaron ese brazo de roca en medio del mar a un accidente natural, los sabios a una serie de alineaciones y fenómenos celestes y los clérigos a sus rezos y sus dioses. Sobre todo rió con los clérigos. Ellos lo achacan todo siempre a sus dioses.
Pero los que lo saben todo no mienten. Insanj construyo para el mar y para Lesskin. Y los hombres no saben demasiado de ninguno de ellos.

Cuando los mares vieron aparecer la piedra no salieron de su tranquila furia, cuando la vieron alzarse en medio de sus aguas, forzaron un pequeño oleaje de sorpresa y observación y siguieron adelante con su calma que los humanos interpretaban como tranquilidad y los faros solo como silencio.
Pero cuando ella pareció en medio de la piedra, tomando posesión de ella como si le perteneciera, como si formara parte du un feudo olvidado y antiguo del que fuera señora, entonces sí empezó a hacerla caso.
Alzó olas de kilómetros para llegar a ver lo alto de aquel brazo de roca y observo.
Ella miraba un viejo medidor de tiempo. Una de esas esferas de cristal y metal que los humanos usaban para medir el paso de los días. Sonreía distraída.


 - El tiempo es lo mejor que se te puede dar, ¿no crees? -y su belleza normal se hizo infinita a causa de una sonrisa profunda y duradera-.
 - Tengo todo el tiempo del mundo -contestaron las corrientes paradas de la rabia-.
 - Podría decirte que ha cometido un aciago error de cálculo - continuó ella apartando el pelo de su cara con un gesto entre coqueto y despreocupado-  y que lo que deberías hacer es propiciar un diálogo de franca distensión que te permita hallar marco previo que garantice unas premisas mínimas, que contribuyan a poner los cimientos… ¿cómo seguía esto?... -reflexionó un instante-, Bueno, en resumen. La cagó. Pero escúchale, montón de aguas y burbujas cabezota. Escúchale.
 - No me entiende. Es humano, hecho por hombres. Y los hombres no entienden la mente de los mares.
 - Y ¿tiene que entenderte para hablarte? -sonrió mientras giraba la muñeca para contemplar como los reflejos de un sol lejano y frío hacían brillar el reloj en su muñeca- Es un regalo, ¿sabes? No es como el reino que le regaló el Emperador de Siam a su concubina, claro, ni como el mundo que le hizo el llorón a su parienta, total ¿para qué?, para luego tener que matar a un dios para destruirlo. No sé qué significa o que quiere significar. Pero me gusta. Sí me gusta.
- No me importa -susurraron las corrientes-.
- No me importa -sisearon las burbujas-.
- No me importa -bramaron las olas-.
- No me importa -rieron las espumas-.
Pero la mar de fondo calló, las resacas callaron, las mareas callaron.

- Sí te importa, ¿verdad? -y miró a los ojos a las olas con los suyos ambarinos y firmes- ¿Te he dicho que nací de los restos de alguien que nació de mil amores muertos?
 - Los mares no amamos -Y esta vez todo el mar gritó su frase-.
 - ¿Eh?


Y hasta última gota de sal, de agua, de espuma y de aire de los mares escucharon ese “¿eh?” que no era una pregunta ni un recuerdo y pudieron contestar y recordar.

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