Recordó su mirada interna. La mirada hacia dentro de la roca
que nadie le había robado nunca ni podía robarle. Y la usó
Busco con su mirada interna hacia abajo y no encontró nada.
Llegó al hierro que la unía al macizo rocoso del Principio del Mundo y no halló
ni una miserable veta que le condujera hasta el mar. Luego volvió sus ojos interiores hacia lo
alto, hacia el lado de su hermosa silueta que apuntaba a los cielos y tampoco
encontró camino alguno que seguir
A punto de rendirse volvió su mirada interior hacia sí
mismo. Al borde mismo del abismo y encontró el reguero marchito de sus
sedimentos, sus lágrimas, sus furias, sus silenciosos enfados, sus sorprendidas
incomprensiones. Recorrían la pared del abismo y se depositaban en el fondo.
Y pudo seguirlos. Los siguió hasta el fondo de ese abismo
que parecía insondable y una vez allí. Empezó a usar su voz. La voz de la piedra,
el habla de la roca.
Al principio sonó quebrada, olvidada distante, como la de
una vieja gloria que se negara a retirarse, como la de un ángel caído que
cantara un Te Deum.
Pero las grietas, los derrumbes, las erosiones comenzaron a
armonizar, a cantar entre ellos a componerse, a ajustarse y logró seguirlas,
escucharlas, comprenderlas y pudo por fin hablar y escuchar a la piedra que
yace debajo de los mares, que a veces los sustenta y a veces los revuelve. Se
encontró y se sintió por fin rodeado de mares.
Y descubrió el mercurio
Encontró el resto. Justo al lado del límite interior de la
herida que había originado la furia silenciosa de los mares en sus cimientos.
Tanto la había erosionado el viento paliativo y el agua sanadora que estaba a
punto de desaparecer.
Siguió el delgado hilo de líquido plateado por la base
rocosa de los mares. Vio como la veta de mercurio se extendía más allá de él
rodeada en parte de su esencia rocosa y en parte de otra conocida húmeda y
salada.
Y sintió. No la superficie. No las olas y miradas de los
mares, no sus espumosas sonrisas, ni sus furiosas burbujas, no sus sales, sus
aguas, sus crestas o sus corrientes. Sintió lo que no hacía falta comprender,
lo que no hacía falta entender. Aquello que no tenía nada que ver con lo ocurría
en la superficie aunque pudiera explicarlo, aquello que era motivo pero no
consecuencia de lo que los mares hacían con sus aguas.
No hay hombre, barco, puente o creación humana capaz de
entender la mente de los mares. No si miran sus aguas desde fuera. Pero la
piedra puede vivir sin aire bajo ellas. No tiene que entenderlas porque puede
concentrarse en sentirlas.
- Ay -suspiró el petimetre entre el alivio y la falsa
consternación mientras intentaba atusarse la melena- Por fin.
Se levantó, se sacudió de nuevo la arena y se alejó
manipulando otra vez su arcano artilugio negro. Dejando al faro hablándole a
los mares con la voz revivida de la piedra.
L@S SINCUERPO
JINETE
- Parece que cuatro gotas eran suficientes
NOMUERTO
- Cuando se quiera hacer algo tan solo hay que recordar que
puede hacerse. Cuatro gotas son sufrientes para eso
INSANJ
- ¿Ahora eres de
aforismos? Pareces Yakio
NOMUERTO
- ¡Echa una mano y no molestes más! ¿Quieres que La Baronesa
tenga que desarrollar branquias? Puede llevar milenios hasta que encuentre unas
que le queden bien a sus extraños ojos.
JINETE
- Sois divertidos. Cada vez pensáis más como si fuerais
dioses
Dicen los que han estado siempre en todas partes para
conocerlo todo que Insanj, el Hacedor sin Lágrimas, no construyó nada para el
hombre con sus manos y sus lágrimas desde que saliera de su retiro autoimpuesto
tras acabar con su mundo en la muerte de un dios.
Lo dicen y es verdad porque el faro del Principio del Mar no
era para el hombre. Era para los mares. Lo dicen y no mienten porque ellos no
pueden saber que un día que fue normal en todo el universo metió las manos en
el mar y alzó un pilar.
Una sola tira irregular de piedra, un solo brazo de roca
sobresaliendo del centro de los mares. Algo basto, conocida su antigua
grandeza, algo rudimentario, sabida su anterior delicadez barroca. Algo
necesario.
Y luego se retiró de nuevo y sonrió en su retiro cuando los
hombres achacaron ese brazo de roca en medio del mar a un accidente natural,
los sabios a una serie de alineaciones y fenómenos celestes y los clérigos a
sus rezos y sus dioses. Sobre todo rió con los clérigos. Ellos lo achacan todo
siempre a sus dioses.
Pero los que lo saben todo no mienten. Insanj construyo para
el mar y para Lesskin. Y los hombres no saben demasiado de ninguno de ellos.
Cuando los mares vieron aparecer la piedra no salieron de su
tranquila furia, cuando la vieron alzarse en medio de sus aguas, forzaron un
pequeño oleaje de sorpresa y observación y siguieron adelante con su calma que
los humanos interpretaban como tranquilidad y los faros solo como silencio.
Pero cuando ella pareció en medio de la piedra, tomando
posesión de ella como si le perteneciera, como si formara parte du un feudo
olvidado y antiguo del que fuera señora, entonces sí empezó a hacerla caso.
Alzó olas de kilómetros para llegar a ver lo alto de aquel
brazo de roca y observo.
Ella miraba un viejo medidor de tiempo. Una de esas esferas
de cristal y metal que los humanos usaban para medir el paso de los días.
Sonreía distraída.
- No me importa -susurraron las corrientes-.
- No me importa -sisearon las burbujas-.
- No me importa -bramaron las olas-.
- No me importa -rieron las espumas-.
Pero la mar de fondo calló, las resacas callaron, las mareas
callaron.
- Sí te importa, ¿verdad? -y miró a los ojos a las olas con
los suyos ambarinos y firmes- ¿Te he dicho que nací de los restos de alguien
que nació de mil amores muertos?
Y hasta última gota de sal, de agua, de espuma y de aire de
los mares escucharon ese “¿eh?” que no era una pregunta ni un recuerdo y
pudieron contestar y recordar.


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