Los mares no perdieron su voz en la Guerra de la Fragua.
Poco o nada de lo que hagan los hombres o los dioses pueden tener influencia en
los mares. Pero decidieron no usarla.
Vieron teñirse sus aguas con la sangre y la muerte, vieron
caer en sus orillas las vidas segadas de aquellos que creyeron que tendrían un
mañana mejor si vencían a Caos. Gritaron y rugieron en un postrero intento de
parar la matanza. Cantaron, susurraron, lloraron y clamaron, hablaron y
bramaron y nada se detuvo.
La muerte es incapaz de escuchar las palabras aunque estas
sean gritadas por los mares.
Ni los Señores de La Instrumentalidad oyeron sus lamentos,
ni las Hordas de Caos prestaron atención a sus avisos. Ni hombres, ni dioses,
ni santos, ni guerreros prestaron ojos a sus llantos ni oídos a sus palabras. Y
siguieron haciendo aquello que sus padres les enseñaron a hacer: luchar.
Y cuando todo acabó, los mares ya no tenían nada que decir.
No entendían lo que había pasado y no querían saber de motivos humanos ni de
excusas divinas. Nadie había entendido ni quería entender lo que dijeron.
Así que los mares comenzaron a hablar solo para sí mismos.
Los hombres no entendían su habla ni su mente. ¿Para qué hablar entonces?
Vueltos de espaldas a dioses, tierra y hombres escucharon el
sonido del hombre que llegaba. Desde sus protegidos horizontes le vieron
levantar la construcción, le vieron montar la luminaria en lo alto del cilindro
de piedra y le vieron llorar. Le vieron devolver la sal y el agua a su regazo y
solo por un instante pensaron en amarle.
Pero el hombre se fue y el faro se quedó. Callado,
sospechoso, atisbando sus aguas con una luz no pedida, molesta, impertinente.
Mirándolos de frente en las alturas.
Y los mares decidieron ignorarle, marcharse lejos de él y
contrajeron sus aguas, sus espumas. Cambiaron sus corrientes, mudaron su
mareas, para dejan al pie del faro de los hombres un abismo insondable, vacío,
tenebroso. Si los hombres no habían sido capaces de comprender su mente tampoco
había de hacerlo una obra suya.
Y así nació el Abismo del Principio del Mar y así siguió.
Las olas, que son los ojos de los mares, se alzaron cuando
el hombre, pequeño y delgado hasta para ser hombre, señaló en su dirección con
la espalda apoyada en el faro. Los mares son inmensos y en muchas ocasiones les
cuesta tener conciencia completa de sí mismos.
Las olas se elevaron en todas direcciones como cientos de
ojos internando localizar lo que aquel hombre risueño y desgarbado señalaba. Y
esas olas fueron furia para los navegantes del norte, peligro para los remeros
del sur, miedo para los pescadores del oeste y diversión para los arriesgados
nadadores del este.
Pero eran solo ojos. Los hombres nunca entienden a los
mares.
Cuando el mar la vio el faro ya la había detectado.
Sola, haciendo equilibrios en una piedra que sobresalía en
medio de las aguas como la atalaya de algún reino sumergido e imposible.
Era bella. Bella y normal. Normal en su belleza.
Inmensamente bella en su normalidad. Danzaba sobre un pie encima de la roca
como si hubiera nacido para ello, como si todo su cuerpo y su figura hubieran
esperado por siempre ese momento. Sonreía despacio, con la condescendencia de
quien sabe o espera, de quien conoce o piensa. Y sonreía al agua, directamente
al agua, como si recordara la verdad que los humanos perdieron con el tiempo y
la guerra. Como si ella supiera que los mares comprenden las sonrisas.
Y luego frunció el ceño en un mohín de concentración
mientras canturreaba escrutando las aguas, como buscando un punto en concreto
en medio de una salada inmensidad que no tenía límites. Y los mares supieron
que ella conocía otro secreto. Que los mares recuerdan las canciones.
De repente saltó, se sumergió en las aguas como si hubiera
estado esperando la atención de los mares para hacerlo.
Y este la recibió con un susurro, con un aviso sordo. Con un
estallido de burbujas que la rodearon sumergida. Las burbujas son la primera
línea de defensa que los mares crearon contra el hombre. Si le robas el aire de
la vida, el humano ha de sacar la cabeza de las aguas. Ha de dejar de mirar
aquello que los mares esconden bajo su superficie.
El mar fijó la mirada en el hombre que estaba sentado con la
espalda pegada contra el muro del faro. El faro fijó su luminaria en la mujer
que se bañaba tranquila y displicente en medio de un muro de olas gigantescas
que eran ojos.
Y entonces ocurrió.
No fue algo espectacular como cantan los bardos, ni épico
como recitan los juglares de los hombres, ni romántico o trágico como gustan de
recitar rapsodas y poetas. Y por supuesto nada tuvo de místico como hubieran
interpretado santones y profetas. No fue nada que pudieran explicar hombres ni
dioses aunque algunos de los primeros que no quisieron convertirse en los
segundos estuvieran mirando.
Tan solo fueron cuatro gotas.
Los mares llevaban eones controlando sus corrientes para que
el Abismo del Principio del Mar siguiera seco, milenios conteniendo sus mareas,
forzando sus resacas, frenando sus rompientes para que ni una gota de su salada
alma tocara esa trinchera de profundo vacío silencioso que habían puesto entre
ellos y los hombres.
Quizás fuera por falta de atención a causa de la charla con
la mujer que había invadido sus aguas sin permiso, quizás por la sorpresa de
escucharse de nuevo hablar con alguien o quizás tan solo fue cansancio de estar
eras enteras conteniéndose, forzándose a apartarse de aquellos que solo le
habían regalado a sus palayas y a sus aguas sangre, dolor y muerte.
Cuando los ojos de los mares se giraron de nuevo hacia el
faro y el hombre que tenía la espada contra él, pensaron que era tarde.
Frenaron su marea con tanta fuerza que las costas de cuatro
continentes se anegaron, levantaron un muro de espuma y oleaje tan inmenso que
por un instante taparon el sol de los ojos del hombre en un eclipse marino
irrepetible, forzaron un cambio de dirección tan desesperado y violento de
todas sus corrientes que miles de navíos sumergidos serán testigos mudos por
siempre del momento.
Y evitaron caer en el abismo, precipitarse al fondo oscuro y
frío. Pero no pudieron evitar que salpicaran cuatro gotas.
Una de sal, otra de espuma, otra que era una burbuja de aire
y una cuarta completa, toda mar.
Y volaron como balas perdidas sobre el lecho de rocas del
abismo, saltaron la distancia que separaba al faro de los mares y fueron a
impactar contra sus piedras.
- Ya está -dijo entonces el hombrecillo levantándose de un
grácil salto- Os dejo solos. Tendréis un montón de cosas de que hablar. Yo
tengo que mantener una conversación con cierta dama sobre los riesgos de
bañarse en alta mar sin adoptar las adecuadas precauciones- Y haciendo una
anticuada reverencia se encaminó hacia ninguna parte. Saco de nuevo ese
estúpido artefacto extraído de otro tipo y espacio y lo apunto hacia el faro
como si fuera a demolerlo con un rayo. Luego movió los dedos sobre él y sonrió como un niño que ha descubierto un
nuevo mecanismo de un juguete.
- Me encanta ser portavoz de un cilindro de piedra cabezota
-dijo con cierto deje de disgusto mientras se alejaba-.


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