viernes, 4 de abril de 2014

La Psicología de los Mares (II)

Los mares no perdieron su voz en la Guerra de la Fragua. Poco o nada de lo que hagan los hombres o los dioses pueden tener influencia en los mares. Pero decidieron no usarla.
Vieron teñirse sus aguas con la sangre y la muerte, vieron caer en sus orillas las vidas segadas de aquellos que creyeron que tendrían un mañana mejor si vencían a Caos. Gritaron y rugieron en un postrero intento de parar la matanza. Cantaron, susurraron, lloraron y clamaron, hablaron y bramaron y nada se detuvo.
La muerte es incapaz de escuchar las palabras aunque estas sean gritadas por los mares.
Ni los Señores de La Instrumentalidad oyeron sus lamentos, ni las Hordas de Caos prestaron atención a sus avisos. Ni hombres, ni dioses, ni santos, ni guerreros prestaron ojos a sus llantos ni oídos a sus palabras. Y siguieron haciendo aquello que sus padres les enseñaron a hacer: luchar.
Y cuando todo acabó, los mares ya no tenían nada que decir. No entendían lo que había pasado y no querían saber de motivos humanos ni de excusas divinas. Nadie había entendido ni quería entender lo que dijeron.
Así que los mares comenzaron a hablar solo para sí mismos. Los hombres no entendían su habla ni su mente. ¿Para qué hablar entonces?
Vueltos de espaldas a dioses, tierra y hombres escucharon el sonido del hombre que llegaba. Desde sus protegidos horizontes le vieron levantar la construcción, le vieron montar la luminaria en lo alto del cilindro de piedra y le vieron llorar. Le vieron devolver la sal y el agua a su regazo y solo por un instante pensaron en amarle.
Pero el hombre se fue y el faro se quedó. Callado, sospechoso, atisbando sus aguas con una luz no pedida, molesta, impertinente. Mirándolos de frente en las alturas.
Y los mares decidieron ignorarle, marcharse lejos de él y contrajeron sus aguas, sus espumas. Cambiaron sus corrientes, mudaron su mareas, para dejan al pie del faro de los hombres un abismo insondable, vacío, tenebroso. Si los hombres no habían sido capaces de comprender su mente tampoco había de hacerlo una obra suya.
Y así nació el Abismo del Principio del Mar y así siguió.

Las olas, que son los ojos de los mares, se alzaron cuando el hombre, pequeño y delgado hasta para ser hombre, señaló en su dirección con la espalda apoyada en el faro. Los mares son inmensos y en muchas ocasiones les cuesta tener conciencia completa de sí mismos.
Las olas se elevaron en todas direcciones como cientos de ojos internando localizar lo que aquel hombre risueño y desgarbado señalaba. Y esas olas fueron furia para los navegantes del norte, peligro para los remeros del sur, miedo para los pescadores del oeste y diversión para los arriesgados nadadores del este.
Pero eran solo ojos. Los hombres nunca entienden a los mares.


Cuando el mar la vio el faro ya la había detectado.
Sola, haciendo equilibrios en una piedra que sobresalía en medio de las aguas como la atalaya de algún reino sumergido e imposible.
Era bella. Bella y normal. Normal en su belleza. Inmensamente bella en su normalidad. Danzaba sobre un pie encima de la roca como si hubiera nacido para ello, como si todo su cuerpo y su figura hubieran esperado por siempre ese momento. Sonreía despacio, con la condescendencia de quien sabe o espera, de quien conoce o piensa. Y sonreía al agua, directamente al agua, como si recordara la verdad que los humanos perdieron con el tiempo y la guerra. Como si ella supiera que los mares comprenden las sonrisas.
Y luego frunció el ceño en un mohín de concentración mientras canturreaba escrutando las aguas, como buscando un punto en concreto en medio de una salada inmensidad que no tenía límites. Y los mares supieron que ella conocía otro secreto. Que los mares recuerdan las canciones.
De repente saltó, se sumergió en las aguas como si hubiera estado esperando la atención de los mares para hacerlo.
Y este la recibió con un susurro, con un aviso sordo. Con un estallido de burbujas que la rodearon sumergida. Las burbujas son la primera línea de defensa que los mares crearon contra el hombre. Si le robas el aire de la vida, el humano ha de sacar la cabeza de las aguas. Ha de dejar de mirar aquello que los mares esconden bajo su superficie.

 - Vete de aquí -dijeron las burbujas que surgían a su alrededor mientras nadaba completamente sumergida- No puedes estar aquí, lo sabes.
 - A mí no me hables como si fuera tonta –y el mar se sorprendió por primera vez desde que los hombres murieran y mataran en sus playas. Se sorprendió de que alguien entendiera su lenguaje- No vayas de listo conmigo, ¿vale?
 - ¿Quién eres? -preguntaron las olas con sus crestas de espuma y las burbujas con su carga de aire-, ¿Quién eres?
 - Eso ya está mejor. Pues verás, soy la Duquesa de… –sus ojos, marrones, como el ámbar de las profundidades, brillaron con diversión-. Bueno, técnicamente solamente soy una parte, la parte nueva, vamos la que nació, la que no murió, quiero decir. En fin, resumiendo puedes llamarme baronesa - Pero prepárate va a ocurrirte una cosa. De hecho está ocurriendo ya.

El mar fijó la mirada en el hombre que estaba sentado con la espalda pegada contra el muro del faro. El faro fijó su luminaria en la mujer que se bañaba tranquila y displicente en medio de un muro de olas gigantescas que eran ojos.
Y entonces ocurrió.
No fue algo espectacular como cantan los bardos, ni épico como recitan los juglares de los hombres, ni romántico o trágico como gustan de recitar rapsodas y poetas. Y por supuesto nada tuvo de místico como hubieran interpretado santones y profetas. No fue nada que pudieran explicar hombres ni dioses aunque algunos de los primeros que no quisieron convertirse en los segundos estuvieran mirando.
Tan solo fueron cuatro gotas.
Los mares llevaban eones controlando sus corrientes para que el Abismo del Principio del Mar siguiera seco, milenios conteniendo sus mareas, forzando sus resacas, frenando sus rompientes para que ni una gota de su salada alma tocara esa trinchera de profundo vacío silencioso que habían puesto entre ellos y los hombres.
Quizás fuera por falta de atención a causa de la charla con la mujer que había invadido sus aguas sin permiso, quizás por la sorpresa de escucharse de nuevo hablar con alguien o quizás tan solo fue cansancio de estar eras enteras conteniéndose, forzándose a apartarse de aquellos que solo le habían regalado a sus palayas y a sus aguas sangre, dolor y muerte.
Cuando los ojos de los mares se giraron de nuevo hacia el faro y el hombre que tenía la espada contra él, pensaron que era tarde.
Frenaron su marea con tanta fuerza que las costas de cuatro continentes se anegaron, levantaron un muro de espuma y oleaje tan inmenso que por un instante taparon el sol de los ojos del hombre en un eclipse marino irrepetible, forzaron un cambio de dirección tan desesperado y violento de todas sus corrientes que miles de navíos sumergidos serán testigos mudos por siempre del momento.
Y evitaron caer en el abismo, precipitarse al fondo oscuro y frío. Pero no pudieron evitar que salpicaran cuatro gotas.
Una de sal, otra de espuma, otra que era una burbuja de aire y una cuarta completa, toda mar.
Y volaron como balas perdidas sobre el lecho de rocas del abismo, saltaron la distancia que separaba al faro de los mares y fueron a impactar contra sus piedras.

- Ya está -dijo entonces el hombrecillo levantándose de un grácil salto- Os dejo solos. Tendréis un montón de cosas de que hablar. Yo tengo que mantener una conversación con cierta dama sobre los riesgos de bañarse en alta mar sin adoptar las adecuadas precauciones- Y haciendo una anticuada reverencia se encaminó hacia ninguna parte. Saco de nuevo ese estúpido artefacto extraído de otro tipo y espacio y lo apunto hacia el faro como si fuera a demolerlo con un rayo. Luego movió los dedos sobre él  y sonrió como un niño que ha descubierto un nuevo mecanismo de un juguete.

- Me encanta ser portavoz de un cilindro de piedra cabezota -dijo con cierto deje de disgusto mientras se alejaba-.

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