Los mares se enamoran de mil seres y estares, yacen con
ellos, los arrullan, los atraen y se dejan amar
por ellos. Los mares se enamoran y luego paren monstruos.
Se enamoran de los barcos que pasan sobre sus aguas dejando
estelas de burbujas sonrientes y alumbran sirenas que varadas y sujetas en
rocas y arrecifes atraen a otros barcos a estrellarse en medio de su canto como
venganza de aquellos que pasaron sin echar ancla alguna en sus aguas.
Se enamoran de los vientos furiosos e inconstantes y dan a
luz terribles remolinos que lo devoran todo en su frenético girar, que
introducen a otros vientos en su seno en una danza de muerte y destrucción que
arrasa todo aquello que pasa junto a ellos, que devora sus almas, que les hace
luchar contra sí mismos.
Se enamoran de islas silenciosas que rodean de espuma, de
sonrisas, que abrazan como haría una madre con un hijo callado y silencioso. Se
agotan en un esfuerzo de llamar la atención de tierras que están solas, vueltas
hacia sí mismas, insensibles. Que toman de los mares lo que quieren sin soltar
nunca nada, sin entregarse a ellos, sin amarlos. Y cuando aman a una isla vacía
silenciosa y desolada los mares siguen yermos. No se puede alumbrar nada de
alguien que vive, ama y muere solo para sí mismo.
Los mares se enamoran de los acantilados y saltan hacia
ellos para abrazarles. Se estrellan contra ellos una y mil veces sin lograr
empapar su roca impermeable mientras ellos reciben las caricias de otros mares
a su espalda. Y traen al mundo monstruos de cientos de ojos y tentáculos que
pretenden tocar todos los mares, quedarse un instante con lo bueno de todos
ellos, mirar a todos, tocar a todos, ser amados por todos.
Se enamoran de lunas y de soles que les iluminan desde
lejos. Miran a ellos con tenues esperanzas de que cualquiera de las veces que
se esconden en ellos se quede para siempre en su seno. Y traen al universo
luminarias, auroras boreales, falsos faros que atraen al amor con promesas
queridas, con reflejos falaces, con rayos mentirosos para luego alejarse dejando
que el frío del invierno les congele las aguas a los mares, les entumezca las
espumas de sonrisas, les escarche de lágrimas las olas.
Y también se enamoran del os hombres.
Hombres pequeños que pretenden abarcar a los mares y
encerrar todo su ser en una mísera botellas, de hombres que les esquilman de
vida y de riqueza sin amarles, hombres que se zambullen en ellos para olvidar
sus pidas y exigen que les curen les heridas, les tapen las vergüenzas, les
curen los dolores.
Y dan a luz nereidas inconstantes que vienen y van de
corriente en corriente, tritones indecisos con un miedo infinito a quedarse en
un mar por miedo a no probar el agua de todos los demás, piratas, bucaneras y
corsarios que usan sus aguas y sus olas para cabalgar sobre ellos ansiando las riquezas
de otros, almirantes y capitanes que tiñen sus aguas con sus sangres en
constantes recuerdos de sus odios.
Y dioses que pretenden domar los mares y vencerlos;
engañarlos y convencerlos. Dioses que pretenden que los mares les sirvan y
obedezcan. Los mares se enamoran. Aunque su mente pueda decirles que no
deben hacerlo. Sus aguas siempre gritan lo contrario.
- ¿Ves? - y la mujer le saco la lengua al océano infinito y
se zambulló en él para desaparecer- A lo
mejor si escuchas…, por cierto, ¿intentasteis alguna vez amar a un faro hasta que pasara del todo la tormenta?- Y
Hasta los mares notaron algo raro en que la voz de alguien pudiera hacerse oír
cuando tenía la boca cerrada bajo el agua.
No fue como el mundo creado de la nada por Insanj, no fue
como hubieran cantado los bardos y poetas,
ni como hubieran esperado los cínicos y recomendado los expertos.
Los mares se volvieron hacia dentro de sí mismos, fijaron la
atención en sus fondos, sus lechos rocosos, sus aguas profundas, sus corrientes
de fondo.
Y las sintió repentinamente caldeadas, repentinamente
confiadas, repentinamente distintas. Sintió el canto de la piedra, el fluir del
mercurio incandescente por los fondos marinos. No podía entenderla. Era
demasiada lenta para su fluir, demasiado quieta para sus continuas y constantes
inquietudes, para sus incesantes movimientos. Pero la sentía.
Y ese sentimiento descubierto llevó la atención de los mares
de nuevo al borde del Abismo del Principio del Mar, y ese sentimiento por ellos
revelado por la piedra le hizo que alzara las olas de sus ojos para mirar al
fondo.
Y lo vio.
Contemplo en ese fondo oscuro y apenas penetrable los
sedimentos, los cascotes, los trozos arrancados de la piedra del alma del faro
en su intento de llegar con su voz a la zona profunda de los mares. Los vio,
arrancados de cuajo, desgastados, arañazos. Las olas se acercaron un poco más y
los vieron felices, retumbantes de canto por servir de principio a llenar el
vacío que era el abismo, por sentir que podía atravesarlo, por percibir que
podía sentir los mares y sus aguas a través de ese espacio que ahora era un
poco menos hondo.
Y quiso completarlos, deseo acariciarlos. Y lo hizo. Los
mares siempre hacen lo que quieren hacer en cada tiempo.
No arrojó sus olas sobre el tajo ni arrastró sus mareas de
otras costas para llenar el tajo. Ni siquiera dejó caer sus aguas contenidas en
una inmensa cascada que recorriera impaciente las paredes rocosas.
Pero lo hizo. Hileras de agua descendieron por los surcos
que el viento y la voz de la piedra habían tallado en las paredes. A veces
ínfimos regueros apenas perceptibles, otras veces eran riachuelos fortalecidos
por la física de la presión y del descenso. Otras, las menos, ríos salados y
delgados que caían deprisa hasta el fondo y anegaban los cantos y la arena
salida del habla del faro.
- El fondo se hará barro al principio- expresó su temor como
lo hacen lo mares, con un silencio. Pero ahora un silencio distinto. Un
silencio que no tenía ausencia-.
- Supongo que ha de ser así. -contestó el faro con su habla.
Y en su voz ya no había tristeza ni
impaciencia- Dicen que un viejo dios que ya nadie recuerda construyó del barro
a los humanos.
En un mirador que había salido de ninguna parte, dos figuras
que habían aparecido de ningún sitio se apoyaron en una barandilla de metal que
antes no estaba allí.
- Esto va a llevar tiempo -dijo el Duque de Lesskin sacando
su metálico rectángulo del bolsillo-
- Hace falta tiempo para que un faro se deshaga en un mar,
¿no te parece? -replicó la Baronesa de Lesskin al tiempo que volvía a
contemplar su esfera contadora de horas- No es fácil hacer que un mar haga lo
que quiere hacer -miró al tajo por el que de un lado caían las piedras y la
arena y por otro los regueros de agua- ¿Qué serán si esto acaba?, ¿qué pueden ser?
- Serán playa. - Afirmó el hombrecillo con la mirada pérdida
en el horizonte y apretó el rectángulo metálico con el dedo. La belleza normal de la mujer volvió a
alcanzar el rango de sublime al sonreír-.
L@S SINCUERPO
JINETE
- Si vuelve a ser, no será tan espectacular, viejo amigo. Y lo
sabes üü
NOMUERTO
- No vayas de listo conmigo, Errante ¿Es que ya nadie valora
la hipérbole poética? üü
BARONESA
- Siempre que es, es
espectacular. Ocurra como ocurra. üü
NOMUERTO
- Y tú, Hacedor, podrías haber puesto nombre a los mares
para que no fuera tan difícil llamarles y captar su atención. üü
INSANJ
- Lo hice. Llamé mujer al mar y hombre a todo lo
demás. üü



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