Cozcukiantapoc Aquinnatac era la Que Fue Acunada por el Sol,
La Que Vuela con el Viento. Ese era su nombre. Era un nombre largo y difícil de
pronunciar; un nombre que muchos no se atrevían a pronunciar completo y que
otros pronunciaban con miedo, otros con odio, pero ella estaba orgullosa de él.
Los que lo pronunciaban con miedo, entre dientes, lo hacían con la pérfida sabiduría que sólo
poseen aquellos que han cometido una falta grave o un delito y que saben que,
si con el tiempo no les atrapa la ley lo hará su conciencia. Eran los
delincuentes. Esos no importaban.
Los que silabeaban su nombre con la intensidad que sólo el
odio puede provocar lo hacían porque nunca podrían vencerla. Los que habían
intentado la paz y la riqueza y la habían encontrado en su camino. Eran los
enemigos. Esos tampoco contaban.
Su nombre era lo que la mantenía viva y todos lo sabían. Su
nombre la daba la fuerza y la permitía seguir adelante. Lo hubiera hecho de
igual manera sin él –al menos eso decían todos- pero hubiera sido diferente.
Cozcukiantapoc Aquinnatac fue acunada por el sol. El sol la
vio y la quiso para si y por ello descendió de los cielos para acunarla. Todo
dirigente tiene una leyenda, toda mujer tiene un pasado; todo hombre tiene una
historia. Esa era la leyenda, el pasado y la historia de Cozcukiantapoc Aquinnatac.
Y decían los ancianos que así había sido. Que el Sol quiso
criarla en su calor y descendió para hacerlo. Su padre rogó que se la
devolviera; suplicó que se la entregara de nuevo pero el astro reinante no
transigió.
El desesperado padre de Cozcukiantapoc Aquinnatac recurrió
al viento. Le llamó y le convocó. Y el viento acudió como acuden siempre los
dioses en auxilio de los poderosos.
Y el viento robó a la niña de los brazos del sol, de su
calor y la hizo volar por el mundo, la hizo recorrer los bosques y las selvas,
los ríos y los pantanos. Y tras hacerlo también la quiso para él. Para que
creciera en su furioso sena, para que se alimentara en su violento regazo, para
que se meciera en sus refrescantes brazos.
De nuevo el padre de Cozcukiantapoc Aquinnatac lloró. De
nuevo nadie se apiadó de su llanto.
Y dicen, aunque nadie queda en la tierra que pueda
atestiguarlo, que Quetzatcoal, El Único, escuchó el llanto y no se apiadó de él
pero que El que Está Siempre y va a Estar Siempre escuchó otros llantos de los
que si se apiadó.
Escucho los llantos de los niños sin pan, escucho los
llantos de las mujeres sin vida, escuchó los llantos de los hombres sin
esperanza y se apiadó de ellos. Lo que El Gran Dios no da a uno sólo siempre se
lo concede a muchos.
Y la devolvió a su padre y la dio nombre.
- Es
demasiado buena para ser una diosa – le dijo al ponerla en sus brazos- No ha de
vivir en los éteres divinos. No ha de vivir en los páramos infernales. No te la
devuelvo a ti. Se la devuelvo al mundo. Esta no es tu hija esta es
Cozcukiantapoc Aquinnatac, La Que Fue Acunada Por el Sol, La Que Voló con el
Viento.
Cozcukiantapoc Aquinnatac estaba orgullosa de su nombre
porque era pronunciado con cariño, amor y respeto por su pueblo. Ella lo tenía
porque su pueblo lo había mantenido y lo mantenía aún a fuerza de amor. Su amor
por ellos y el de ellos por Cozcukiantapoc Aquinnatac, es decir, por Aquinna,
es decir, por su cacique. La amada señora del Pueblo de Las Casas Hacia el
Cielo.
Todo fue así por siempre... Hasta que dejo de serlo
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Aquinna vivía en el palacio templo de la Sombra Perenne y
allí era feliz. El tenue viento de los bosques se introducía por los ventanales
y los resquicios de las puertas e inundaba su piel de frescor en los momentos
en los que el calor era más agobiante. El olor de las hierbas aromáticas,
siempre preparadas y quemándose lentamente en corredores y habitaciones la
apartaba del fétido olor de los pantanos. Y la música, la música que tanto la
gustaba no cesaba nunca.
En su palacio Templo era amada por su pueblo. Recibía su
amor y entregaba el suyo. Era refrescada con la Ambrosía intensa del vino de
las uvas silvestres cosechadas con el trabajo de los hombres que la amaban y a
los que amaba. Ella lo bebía como si lo recibiera directamente de sus labios.
Allí era alimentada con el dulce elaborado por las sabias mujeres de su pueblo
que ella tomaba como si fuera puesto en su boca por sus propias manos.
Allí era vestida con los tenues y finos tejidos elaborados
para ella por los niños y ancianos que habitaban las calles y las casas de las
ciudades del reino que Aquinna dirigía y amaba. Ella los vestía como si
estuviera cubierta por las caricias de esas mismas gentes.
Y así trascurría la vida en el Palacio Templo dela Sombra
Perenne. Aquinna, La Cacique, La que Reina con Risas, le entregaba el cariño a
su pueblo y lo recibía de él. Ese cariño la confortaba, la recorría la piel y
la tranqulizaba. La relajaba y la tranquilizaba. El amor siempre tiene esa
cualidad y ella lo sentía porque su pueblo lo sentía con ella y por ella. Ella
lo experimentaba como si unas manos dulces la acariciaran para aliviarla, para
hacer huir de ella los temores, las dudas, lo experimentaba como si ese cariño
recorriera su cuerpo y entrara por su piel hasta inundar su alma.
Así era sentida, así era querida y así amaba Aquinna, La
Cacique del Pueblo De Las Casas Hacia El Cielo.
Pero un día, una tarde exquisita de brisa y de frescor, esa
vida cambió.
Aquinna caminaba por el camino que había de recorrer desde
el Palacio Templo de la Sombra Perenne hasta la ciudad. Y deseo no llegar
nunca.
Al principio se sorprendió pero luego se dio cuenta de que
últimamente su pueblo había cambiado. Se había hecho más exigente, más tosco,
más insistente en las peticiones e inconstante en su amor. Se había alejado de
ella.
Era cierto que las cosechas de los campesinos no habían sido
del todo buenas; era cierto que el metal dorado con el que elaboraban sus
piezas más codiciadas ya no fluía tan fácilmente desde la tierra hacia sus
manos y también era cierto que las tormentas habían quemado partes del bosque y
la fruta era algo más escasa.
Pero eso no era algo que ella pudiera arreglar. Su pueblo no
debía alejarse o enfadarse con ella, no debía pedirle a ella que solucionara
esos problemas. Otros los habían causado. Debían ser los dioses, lejanos e
indiferentes, y no La Cacique amante y amada los que recibieran esas demandas
pues ellos habían provocado esas situaciones. Quiso menos a su pueblo por no
darse cuenta, pero aún así le amaba y decidió decírselo. Ellos la comprenderían.
Comenzó a caminar y
de repente un extraño siseo la alertó. Algo comenzó a deslizarse a través de
sus pies, debajo de ellos. De pronto el viento, la fresca brisa cesó y Aquinna
sintió el calor de los bosques frondosos de sus tierras. Se volvió de espaldas
un instante para comprobar de donde venía el viento y el siseo se hizo un
rumor, la parte baja de sus piernas sintió el rozamiento de algo que creía
junto a ellas.
Cuando miró, un muro de espinos se había alzado ante ella.
Un muro que le impedía llegar a la ciudad. Por un instante tuvo miedo, pero
luego se relajó.
Era mejor así. Apartarse definitivamente de ellos. Habían
cambiado. No eran aquellos a los que había conocido y a los que había amado.
Así estaba mejor. Si ya no había amor no había motivo para seguir.
El calor se hacía intenso y esa planta frondosa seguía
acariciando su cuerpo. Era una caricia más ruda, más intensa. Al principio la
retrajo, pero luego se acostumbró a ella. El frescor también la había
abandonado pero de pronto, sin previo aviso sintió un nuevo frescor más
intenso, más puro. Menos constante pero que hizo estremecerse su cuerpo desde
la piel hasta el alma. Lo reconoció. Era el plácido frío de la soledad.
Y disfruto de él. Los fríos labios de la dama silenciosa la
besaron una y otra vez. Recorrieron su cuerpo de punta a punta y la llenaron de
ese nuevo e intenso frescor. De esa nueva sensación. Su piel se contrajo un
instante, pero luego el frío se templo y volvió a sentirse viva.
Y esa caricia no cesó. Se intensifico, se hizo una con los
labios de la soledad, mientras ella se alimentaba de nuevos manjares. Los
frutos del bosque la complacieron, incluso más que las delicias que en un
tiempo, que ahora le parecía lejano, había cocinado y creado su pueblo para
ella. Y los comió. Los masticó despacio aclimatándose al ritmo y las cadencias
de los besos y caricias de sus nuevos amantes: La soledad y esa extraña planta.
El néctar de las frutas alivió su sed con la misma fortaleza
y dulzura con la que lo había hecho el manjar cosechado por sus súbditos. Y lo
bebió con la misma pasión y la misma alegría. De nuevo entregado por labios
invisibles.
Y quiso permanecer allí, entregada a la libertad, entregada
a si misma. Las caricias le dijeron que no había de recordar la falta de
cosechas, los besos le susurraron que no había de solucionar la escasez. De oro
ni apagar las llamas de los bosques.
La soledad y la libertad le recordaron que podía no amar.
Y así siguió durante un tiempo. En la libertad de la Soledad
el tiempo corría lento y ella lo disfrutaba.
Un día se levantó y ese frescor de los labios de hielo de la
soledad había desaparecido; ya no había zumo de los frutos y el poco que bebía
la acaloraba aun más. La pulpa de las frutas la hastiaba y tan sólo permanecía
el rumor de la planta que ahora la embotaba y su caricia que aún seguía siendo
dulce. La libertad siempre lo es.
No quería volver con aquel pueblo que ya no era el mismo,
que había cambiado, que ya no sabía amarla, pero quiso atisbar al otro lado.
Quiso saber que era de él.
Pensó en acercarse sin ser reconocida. Quiso hacerla.
Y lo intentó. Lo deseó.
Al principio nada pasó. Pero poco a poco la planta, el
espino salvador, el que le había demostrado que su pueblo ya no la quería se
apartó.
El frescor volvió pero lo reconoció como el antiguo, ese
tenue y continuo, casi imperceptible que acariciaba su piel y su alma.
Intentó avanzar pero el camino no estaba. No reconoció en él
nada de lo que antaño lo había formado. La maleza era distinta, los árboles
eran distintos, las piedras eran distintas. El sendero era distinto.
Anonadada contempló el cambio y se aferró a lo único que
permanecía. La suave caricia de la planta en su cuerpo. Pero esta también
cambió.
Comenzó a ganar en intensidad y a ascender por su cuerpo. La
rodeo mientras ella permanecía con los ojos cerrados. Lo que antes eran suaves
manos ahora semejaban intensos labios que ascendías húmedos por ella, que la
recorrían. No era doloroso, era más intenso.
Abrió un instante los ojos y la vio. Cómo de metal y plumas en torno a su cuerpo. Deslizándose
por el, arremolinándose en su cintura.
- ¿Quién
eres? –preguntó Aquinna al animal mientras este ascendía encendido y ardiente
por sus piernas-
- Soy La
Serpiente Emplumada, Soy el Guardián Divino del Pueblo de Las Casas Hacia El
Cielo – y pese a la contestación la boca del dios animal siguió resbalando por
su cuerpo. Sus anillos siguieron en torno a ella. - He venido –continuó- porque
han aprendido a llamarme para solucionar sus problemas. He curado su bosque y
repuesto su oro. He venido a despedirme.
- ¿Despedirte?
–pregunto la cacique mientras los anillos de la serpiente acariciaban su pecho,
se deslizaban por sus caderas y anidaban en su vientre - ¿Por qué?
La serpiente calló un instante y Aquinna la sintió aún más
cercana, más intensa, más próxima a su alma. Continuó su camino escrutador por
todo su cuerpo con esa tensa caricia y con esos cálidos besos que no se
apartaban del centro de la mujer.
- Has
olvidado como volver –afirmo-.
- El
camino no está. Ha cambiado – Y Aquinna sintió como los anillos de la serpiente
emplumada, del ofidio del sueño, descendían húmedos desde su pecho de nuevo
hasta su centro y allí permanecían susurrantes, tensos.
- ¿Tanto
has olvidado? –preguntó la serpiente mientras sus anillos seguían acariciando
la espalda de Aquinna y su boca la besaba- Sólo hay una decisión Aquinna ¿Cuál
tomarás?. Una es empezar y otra es acabar. El camino está ahí y no puedes
andarlo porque has olvidado –todas las caricias de la Serpiente Emplumada si
hicieron firmes, intensas. Todos sus besos se hicieron ardientes. ¿Recordar u
Olvidar? ¿Qué Harás?
Aquinna contestó.
La serpiente desnudó el recuerdo de la cacique y la música volvió.
- Has dado el primer paso. Has recordado como se te amaba.
¿Darás ahora el Segundo? ¿Sabrás cual es? ¿Recordarás como amabas tú? ¿Dejarás
que yo te ayude a recordarlo?
Aquinna abrió los ojos y vio la ciudad, vio a las gentes.
Vio a su pueblo. Y ellos la vieron y la amaron como siempre la habían amado. Y
le dieron el vino de sus labios y las delicias de sus manos. Y ella les
correspondió.
Una voz siseante, como la de un dios ofidio y emplumado que
aleja volando, inundó el aire.
La única manera de recordar un camino olvidado es volver a
recorrerlo como si fuera nuevo.