miércoles, 30 de abril de 2014

Hay un hombre solo










Hay un hombre solo en medio del invierno
y no tiene frio porque ya está helado.











Hay un hombre solo en medio de las llamas
y estas no le queman porque ya está ardiendo.













Hay un hombre solo en medio de los vientos
y estos no le arrastran pues no tiene cuerpo.










Hay un hombre solo en medio de las aguas
y estas no le mojan porque ya está ahogado.





Hay un hombre solo en medio de la nada
Y esta no le mata porque ya está muerto.

Hay un hombre solo.



El Llanto de los Astros (I)

Nadie ha visto dormir a Lesskin.  No resulta sorprendente porque nadie ha visto a ese supuesto conde, duque y barón hacer nada de lo que habitualmente hace la gente, incluso la de sangre azul.
El caso es que nadie le ha visto dormir.
Él mantiene que no le resulta necesario, que cierra los ojos un instante y ya es como si descansara horas. Lesskin dice cosas muy raras, incluso mantiene que lo aprendió de un general bajito y con mal humor que tenía úlcera y que ganó y perdió un imperio en menos tiempo del que Yiobazan tardó en convertirse en Dios.
Eso es, por supuesto increíble. Ningún imperio dura menos que un dios. El mundo se volvería loco si así fuera.
Pero lo cierto es que nadie en el Continente Occidental, en el Reino de Arland, en La Cordillera de Hielo y ni si quiera en las Tierras de Caos ha visto a Lesskin echar un sueño, una siesta, una cabezada ni nada que se le parezca. Algo insólito en alguien que es capaz de desperdiciar energía en acciones tan absurdas como enseñar a bailar una danza travense a los árboles u organizar un torneo a primera sangre entre los fantasmas yacentes de los caballeros muertos en la Guerra de La Instrumentalidad. Algo insólito para cualquier humano.
Puede que Lesskin no sea humano, puede que realmente tenga ese don de cerrar los ojos y descansar o puede que se esconda en ese misterioso bosque que él dice que se mueve para cerrar los ojos y entregarse al sueño, lejos de las miradas de todos.
Todo eso podría ser cierto. Con Lesskin cualquier cosa puede ser cierta y corre el riesgo de ser completamente falsa.
Pero sólo hay alguien que sabe la verdad. Sólo un jinete vestido de negro y plata que cabalga a su arbitrio milenario a lomos de un alazán tan fiero e inconstante como él, sabe la verdad. Y sólo la sabe él porque Akhran siempre ha estado presente en todo lo que Lesskin ha hecho o ha dejado de hacer.
El dios errante sabe que es verdad, que el melifluo personaje, que recorre los mundos con calzas y escarpines, no duerme, no descansa un segundo, nunca cierra los ojos más allá del tiempo que lleva un parpadeo.
Y también sabe que todo lo que dice, todas las historias que inventa y las excusas que crea para tan inaudita actitud son tan falsas como cierto es el hecho de que estuvo presente en esa inútil guerra que acabó con los dioses.
El Jinete de la Arena y el Viento sabe que Lesskin nunca duerme, que ya no quiere hacerlo, no puede permitírselo.
Ya no. No después de aquello que se dio en llamar el Llanto de los Astros.

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Los cuerpos celestes hablan. Tienen un lenguaje peculiar, eterno e ininteligible para todos aquellos que se hallan por debajo de sus ciclópeas dimensiones. Pero hablan, conversan y se escuchan entre ellos.
Cuando aún faltaban muchos siglos o habían pasado muchos milenios desde que Lesskin susurrara en el oído de algunos hombres que los planetas, los astros y los habitantes siderales en general se movían; cuando todavía faltaban miles de años o habían pasado decenas de lustros desde que esos hombres murieran o estuvieran a punto de morir por repetir en público ese conocimiento; sólo ellos sabían de sus capacidades. Ellos y los mil dioses, pero los dioses o estaban muertos o sólo eran capaces de escuchar sus voces interiores. Los dioses lo oyen todo, pero sólo se escuchan a si mismos.
Ellos y Lesskin, si hay que creer sus fanfarronadas de torneo y sus relatos de chimenea.
Lesskin siempre ha mantenido que él conoce y habla fluidamente el lenguaje de los astros. Pero, ¿quién puede creer a un individuo que mantiene que hay bosques que se mueven, que hay mares que surgieron del llanto de un solo hombre o que  la mejor forma de cortar las raíces que te matan es convertirse en gusano?
Sea como fuere, los cuerpos celestes estaban solos y hablaban. Y todo el que habla tiene un nombre. Los lenguajes se inventaron para poner nombre a aquellos que los usan.

Es posible que en mundos por llegar o que en universos muertos mucho antes de que los mil dioses supieran que eran dioses, al cuerpo celeste que habitaba en el borde exterior del firmamento negro que limita a su pesar con el vacío profundo se le conozca o se le haya conocido por el poco agraciado apelativo de HV2003. Pero en aquellos tiempos sin tiempos su nombre era el reflejo de un pulsar que se marcaba en la brillante superficie de una estrella y que reflejaba las luces de un quasar encendido para llegar de nuevo a dar luz al punto del que había partido.
Todo eso puede entenderlo un astro, puede percibirlo un planeta y puede traducirlo cualquier cuerpo celeste que rote o que se mueva en el espacio que limita el espacio. Todo eso era su nombre.
Y su nombre era Kanthra.
Es posible que cuando existan los humanos o en los tiempos en los que existieron, mirarán al cielo, a las escasas porciones que sus artificios e instrumentos les permiten observar y vieran a Kanthra como parte de un sistema estelar o de una organización planetaria. Pero da igual lo que piensen los humanos al respecto, de igual lo que hayan pensado. Kanthra nació mucho antes de que nadie pudiera organizar el universo, de que nadie se atreviera a ello y de que nadie se sintiera tentado de hacerlo. Da igual como lo llamarán o como lo fueran a llamar. Kanthra nació en su hogar.
Eso es algo que hace todo ser que nace. Todos menos los dioses. Todos, menos Lesskin.
Así que Kanthra nació en su hogar y su hogar estaba formado por seres como ella, seres que giraban en sus posiciones, en un  estatismo aparente pero siempre dinámico, en un dinamismo continuado pero aparentemente estático.
Fue, como lo es todo cuerpo celeste, como lo es todo cuerpo, como lo es todo ser, una escisión de aquellos mas grandes y más viejos que ya conocían el sistema, que ya se movían a gusto en sus ritmos y en sus órbitas. Pero Kanthra cometió un error, un error que no era suyo y que no era de nadie. Un fallo que algunos llamarían una singularidad y que otros simplemente conocerían como consciencia.
La consciencia no es algo que se estile demasiado entre los cuerpos astrales pero a Kanthra eso no le importaba.  Los planetas, las estrellas y toda la cohorte de sideral que puebla el vacío puede hablar, eso es incuestionable. Pero la palabra no te da la capacidad de actuar. Así que ellos actúan según sus ritmos predeterminados, sus órbitas establecidas y sus cadencias inmutables. Se mueven pero no actúan. Hablan pero no dicen nada. Están vivos pero no les importa. Pueden pasar a milímetros los unos de los otros y nunca se tocan, nunca se lo permiten. Están ciegos y por eso desconocen el miedo
Pero Kanthra no era así. El error cósmico que la había dotado de consciencia no sólo la permitía hablar como a los demás. También la permitía ver.

Y su visión, su primera visión, fue la soledad.

sábado, 26 de abril de 2014

La Cacique del Olvido


Cozcukiantapoc Aquinnatac era la Que Fue Acunada por el Sol, La Que Vuela con el Viento. Ese era su nombre. Era un nombre largo y difícil de pronunciar; un nombre que muchos no se atrevían a pronunciar completo y que otros pronunciaban con miedo, otros con odio, pero ella estaba orgullosa de él.
Los que lo pronunciaban con miedo, entre dientes,  lo hacían con la pérfida sabiduría que sólo poseen aquellos que han cometido una falta grave o un delito y que saben que, si con el tiempo no les atrapa la ley lo hará su conciencia. Eran los delincuentes. Esos no importaban.
Los que silabeaban su nombre con la intensidad que sólo el odio puede provocar lo hacían porque nunca podrían vencerla. Los que habían intentado la paz y la riqueza y la habían encontrado en su camino. Eran los enemigos. Esos tampoco contaban.
Su nombre era lo que la mantenía viva y todos lo sabían. Su nombre la daba la fuerza y la permitía seguir adelante. Lo hubiera hecho de igual manera sin él –al menos eso decían todos- pero hubiera sido diferente.
Cozcukiantapoc Aquinnatac fue acunada por el sol. El sol la vio y la quiso para si y por ello descendió de los cielos para acunarla. Todo dirigente tiene una leyenda, toda mujer tiene un pasado; todo hombre tiene una historia. Esa era la leyenda, el pasado y la historia de Cozcukiantapoc Aquinnatac.
Y decían los ancianos que así había sido. Que el Sol quiso criarla en su calor y descendió para hacerlo. Su padre rogó que se la devolviera; suplicó que se la entregara de nuevo pero el astro reinante no transigió.
El desesperado padre de Cozcukiantapoc Aquinnatac recurrió al viento. Le llamó y le convocó. Y el viento acudió como acuden siempre los dioses en auxilio de los poderosos.
Y el viento robó a la niña de los brazos del sol, de su calor y la hizo volar por el mundo, la hizo recorrer los bosques y las selvas, los ríos y los pantanos. Y tras hacerlo también la quiso para él. Para que creciera en su furioso sena, para que se alimentara en su violento regazo, para que se meciera en sus refrescantes brazos.
De nuevo el padre de Cozcukiantapoc Aquinnatac lloró. De nuevo nadie se apiadó de su llanto.
Y dicen, aunque nadie queda en la tierra que pueda atestiguarlo, que Quetzatcoal, El Único, escuchó el llanto y no se apiadó de él pero que El que Está Siempre y va a Estar Siempre escuchó otros llantos de los que si se apiadó.
Escucho los llantos de los niños sin pan, escucho los llantos de las mujeres sin vida, escuchó los llantos de los hombres sin esperanza y se apiadó de ellos. Lo que El Gran Dios no da a uno sólo siempre se lo concede a muchos.
Y la devolvió a su padre y la dio nombre.
- Es demasiado buena para ser una diosa – le dijo al ponerla en sus brazos- No ha de vivir en los éteres divinos. No ha de vivir en los páramos infernales. No te la devuelvo a ti. Se la devuelvo al mundo. Esta no es tu hija esta es Cozcukiantapoc Aquinnatac, La Que Fue Acunada Por el Sol, La Que Voló con el Viento.
Cozcukiantapoc Aquinnatac estaba orgullosa de su nombre porque era pronunciado con cariño, amor y respeto por su pueblo. Ella lo tenía porque su pueblo lo había mantenido y lo mantenía aún a fuerza de amor. Su amor por ellos y el de ellos por Cozcukiantapoc Aquinnatac, es decir, por Aquinna, es decir, por su cacique. La amada señora del Pueblo de Las Casas Hacia el Cielo.
Todo fue así por siempre... Hasta que dejo de serlo

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Aquinna vivía en el palacio templo de la Sombra Perenne y allí era feliz. El tenue viento de los bosques se introducía por los ventanales y los resquicios de las puertas e inundaba su piel de frescor en los momentos en los que el calor era más agobiante. El olor de las hierbas aromáticas, siempre preparadas y quemándose lentamente en corredores y habitaciones la apartaba del fétido olor de los pantanos. Y la música, la música que tanto la gustaba no cesaba nunca.
En su palacio Templo era amada por su pueblo. Recibía su amor y entregaba el suyo. Era refrescada con la Ambrosía intensa del vino de las uvas silvestres cosechadas con el trabajo de los hombres que la amaban y a los que amaba. Ella lo bebía como si lo recibiera directamente de sus labios. Allí era alimentada con el dulce elaborado por las sabias mujeres de su pueblo que ella tomaba como si fuera puesto en su boca por sus propias manos.
Allí era vestida con los tenues y finos tejidos elaborados para ella por los niños y ancianos que habitaban las calles y las casas de las ciudades del reino que Aquinna dirigía y amaba. Ella los vestía como si estuviera cubierta por las caricias de esas mismas gentes.
Y así trascurría la vida en el Palacio Templo dela Sombra Perenne. Aquinna, La Cacique, La que Reina con Risas, le entregaba el cariño a su pueblo y lo recibía de él. Ese cariño la confortaba, la recorría la piel y la tranqulizaba. La relajaba y la tranquilizaba. El amor siempre tiene esa cualidad y ella lo sentía porque su pueblo lo sentía con ella y por ella. Ella lo experimentaba como si unas manos dulces la acariciaran para aliviarla, para hacer huir de ella los temores, las dudas, lo experimentaba como si ese cariño recorriera su cuerpo y entrara por su piel hasta inundar su alma. 
 Así era sentida, así era querida y así amaba Aquinna, La Cacique del Pueblo De Las Casas Hacia El Cielo.

Pero un día, una tarde exquisita de brisa y de frescor, esa vida cambió.
Aquinna caminaba por el camino que había de recorrer desde el Palacio Templo de la Sombra Perenne hasta la ciudad. Y deseo no llegar nunca.
Al principio se sorprendió pero luego se dio cuenta de que últimamente su pueblo había cambiado. Se había hecho más exigente, más tosco, más insistente en las peticiones e inconstante en su amor. Se había alejado de ella.
Era cierto que las cosechas de los campesinos no habían sido del todo buenas; era cierto que el metal dorado con el que elaboraban sus piezas más codiciadas ya no fluía tan fácilmente desde la tierra hacia sus manos y también era cierto que las tormentas habían quemado partes del bosque y la fruta era algo más escasa.
Pero eso no era algo que ella pudiera arreglar. Su pueblo no debía alejarse o enfadarse con ella, no debía pedirle a ella que solucionara esos problemas. Otros los habían causado. Debían ser los dioses, lejanos e indiferentes, y no La Cacique amante y amada los que recibieran esas demandas pues ellos habían provocado esas situaciones. Quiso menos a su pueblo por no darse cuenta, pero aún así le amaba y decidió decírselo. Ellos la comprenderían.
Comenzó a caminar y de repente un extraño siseo la alertó. Algo comenzó a deslizarse a través de sus pies, debajo de ellos. De pronto el viento, la fresca brisa cesó y Aquinna sintió el calor de los bosques frondosos de sus tierras. Se volvió de espaldas un instante para comprobar de donde venía el viento y el siseo se hizo un rumor, la parte baja de sus piernas sintió el rozamiento de algo que creía junto a ellas.
Cuando miró, un muro de espinos se había alzado ante ella. Un muro que le impedía llegar a la ciudad. Por un instante tuvo miedo, pero luego se relajó.
Era mejor así. Apartarse definitivamente de ellos. Habían cambiado. No eran aquellos a los que había conocido y a los que había amado. Así estaba mejor. Si ya no había amor no había motivo para seguir.
El calor se hacía intenso y esa planta frondosa seguía acariciando su cuerpo. Era una caricia más ruda, más intensa. Al principio la retrajo, pero luego se acostumbró a ella. El frescor también la había abandonado pero de pronto, sin previo aviso sintió un nuevo frescor más intenso, más puro. Menos constante pero que hizo estremecerse su cuerpo desde la piel hasta el alma. Lo reconoció. Era el plácido frío de la soledad.
Y disfruto de él. Los fríos labios de la dama silenciosa la besaron una y otra vez. Recorrieron su cuerpo de punta a punta y la llenaron de ese nuevo e intenso frescor. De esa nueva sensación. Su piel se contrajo un instante, pero luego el frío se templo y volvió a sentirse viva.
Y esa caricia no cesó. Se intensifico, se hizo una con los labios de la soledad, mientras ella se alimentaba de nuevos manjares. Los frutos del bosque la complacieron, incluso más que las delicias que en un tiempo, que ahora le parecía lejano, había cocinado y creado su pueblo para ella. Y los comió. Los masticó despacio aclimatándose al ritmo y las cadencias de los besos y caricias de sus nuevos amantes: La soledad y esa extraña planta.
El néctar de las frutas alivió su sed con la misma fortaleza y dulzura con la que lo había hecho el manjar cosechado por sus súbditos. Y lo bebió con la misma pasión y la misma alegría. De nuevo entregado por labios invisibles.
Y quiso permanecer allí, entregada a la libertad, entregada a si misma. Las caricias le dijeron que no había de recordar la falta de cosechas, los besos le susurraron que no había de solucionar la escasez. De oro ni apagar las llamas de los bosques.
La soledad y la libertad le recordaron que podía no amar.
Y así siguió durante un tiempo. En la libertad de la Soledad el tiempo corría lento y ella lo disfrutaba.
Un día se levantó y ese frescor de los labios de hielo de la soledad había desaparecido; ya no había zumo de los frutos y el poco que bebía la acaloraba aun más. La pulpa de las frutas la hastiaba y tan sólo permanecía el rumor de la planta que ahora la embotaba y su caricia que aún seguía siendo dulce. La libertad siempre lo es.
No quería volver con aquel pueblo que ya no era el mismo, que había cambiado, que ya no sabía amarla, pero quiso atisbar al otro lado. Quiso saber que era de él.
Pensó en acercarse sin ser reconocida. Quiso hacerla.
Y lo intentó. Lo deseó.
 Al principio nada pasó. Pero poco a poco la planta, el espino salvador, el que le había demostrado que su pueblo ya no la quería se apartó.
El frescor volvió pero lo reconoció como el antiguo, ese tenue y continuo, casi imperceptible que acariciaba su piel y su alma.
Intentó avanzar pero el camino no estaba. No reconoció en él nada de lo que antaño lo había formado. La maleza era distinta, los árboles eran distintos, las piedras eran distintas. El sendero era distinto.
Anonadada contempló el cambio y se aferró a lo único que permanecía. La suave caricia de la planta en su cuerpo. Pero esta también cambió.
Comenzó a ganar en intensidad y a ascender por su cuerpo. La rodeo mientras ella permanecía con los ojos cerrados. Lo que antes eran suaves manos ahora semejaban intensos labios que ascendías húmedos por ella, que la recorrían. No era doloroso, era más intenso.
Abrió un instante los ojos y la vio. Cómo de metal  y plumas en torno a su cuerpo. Deslizándose por el, arremolinándose en su cintura.


- ¿Quién eres? –preguntó Aquinna al animal mientras este ascendía encendido y ardiente por sus piernas-
-  Soy La Serpiente Emplumada, Soy el Guardián Divino del Pueblo de Las Casas Hacia El Cielo – y pese a la contestación la boca del dios animal siguió resbalando por su cuerpo. Sus anillos siguieron en torno a ella. - He venido –continuó- porque han aprendido a llamarme para solucionar sus problemas. He curado su bosque y repuesto su oro. He venido a despedirme.
-  ¿Despedirte? –pregunto la cacique mientras los anillos de la serpiente acariciaban su pecho, se deslizaban por sus caderas y anidaban en su vientre - ¿Por qué?

La serpiente calló un instante y Aquinna la sintió aún más cercana, más intensa, más próxima a su alma. Continuó su camino escrutador por todo su cuerpo con esa tensa caricia y con esos cálidos besos que no se apartaban del centro de la mujer.

-  Has olvidado como volver –afirmo-.
-  El camino no está. Ha cambiado – Y Aquinna sintió como los anillos de la serpiente emplumada, del ofidio del sueño, descendían húmedos desde su pecho de nuevo hasta su centro y allí permanecían susurrantes, tensos.
-  ¿Tanto has olvidado? –preguntó la serpiente mientras sus anillos seguían acariciando la espalda de Aquinna y su boca la besaba- Sólo hay una decisión Aquinna ¿Cuál tomarás?. Una es empezar y otra es acabar. El camino está ahí y no puedes andarlo porque has olvidado –todas las caricias de la Serpiente Emplumada si hicieron firmes, intensas. Todos sus besos se hicieron ardientes. ¿Recordar u Olvidar? ¿Qué Harás?
 Aquinna contestó.
 La serpiente desnudó el recuerdo de  la cacique y la música volvió.

- Has dado el primer paso. Has recordado como se te amaba. ¿Darás ahora el Segundo? ¿Sabrás cual es? ¿Recordarás como amabas tú? ¿Dejarás que yo te ayude a recordarlo?

Aquinna abrió los ojos y vio la ciudad, vio a las gentes. Vio a su pueblo. Y ellos la vieron y la amaron como siempre la habían amado. Y le dieron el vino de sus labios y las delicias de sus manos. Y ella les correspondió.
Una voz siseante, como la de un dios ofidio y emplumado que aleja volando, inundó el aire. 
La única manera de recordar un camino olvidado es volver a recorrerlo como si fuera nuevo.

martes, 8 de abril de 2014

La Psicología de los Mares (yV)

Los mares se enamoran de mil seres y estares, yacen con ellos, los arrullan, los atraen y se dejan amar  por ellos. Los mares se enamoran y luego paren monstruos.
Se enamoran de los barcos que pasan sobre sus aguas dejando estelas de burbujas sonrientes y alumbran sirenas que varadas y sujetas en rocas y arrecifes atraen a otros barcos a estrellarse en medio de su canto como venganza de aquellos que pasaron sin echar ancla alguna en sus aguas.


Se enamoran de los vientos furiosos e inconstantes y dan a luz terribles remolinos que lo devoran todo en su frenético girar, que introducen a otros vientos en su seno en una danza de muerte y destrucción que arrasa todo aquello que pasa junto a ellos, que devora sus almas, que les hace luchar contra sí mismos.
Se enamoran de islas silenciosas que rodean de espuma, de sonrisas, que abrazan como haría una madre con un hijo callado y silencioso. Se agotan en un esfuerzo de llamar la atención de tierras que están solas, vueltas hacia sí mismas, insensibles. Que toman de los mares lo que quieren sin soltar nunca nada, sin entregarse a ellos, sin amarlos. Y cuando aman a una isla vacía silenciosa y desolada los mares siguen yermos. No se puede alumbrar nada de alguien que vive, ama y muere solo para sí mismo.
Los mares se enamoran de los acantilados y saltan hacia ellos para abrazarles. Se estrellan contra ellos una y mil veces sin lograr empapar su roca impermeable mientras ellos reciben las caricias de otros mares a su espalda. Y traen al mundo monstruos de cientos de ojos y tentáculos que pretenden tocar todos los mares, quedarse un instante con lo bueno de todos ellos, mirar a todos, tocar a todos, ser amados por todos.
Se enamoran de lunas y de soles que les iluminan desde lejos. Miran a ellos con tenues esperanzas de que cualquiera de las veces que se esconden en ellos se quede para siempre en su seno. Y traen al universo luminarias, auroras boreales, falsos faros que atraen al amor con promesas queridas, con reflejos falaces, con rayos mentirosos para luego alejarse dejando que el frío del invierno les congele las aguas a los mares, les entumezca las espumas de sonrisas, les escarche de lágrimas las olas.
Y también se enamoran del os hombres.
Hombres pequeños que pretenden abarcar a los mares y encerrar todo su ser en una mísera botellas, de hombres que les esquilman de vida y de riqueza sin amarles, hombres que se zambullen en ellos para olvidar sus pidas y exigen que les curen les heridas, les tapen las vergüenzas, les curen los dolores.
Y dan a luz nereidas inconstantes que vienen y van de corriente en corriente, tritones indecisos con un miedo infinito a quedarse en un mar por miedo a no probar el agua de todos los demás, piratas, bucaneras y corsarios que usan sus aguas y sus olas para cabalgar sobre ellos ansiando las riquezas de otros, almirantes y capitanes que tiñen sus aguas con sus sangres en constantes recuerdos de sus odios.


Y dioses que pretenden domar los mares y vencerlos; engañarlos y convencerlos. Dioses que pretenden que los mares les sirvan y obedezcan. Los mares se enamoran. Aunque su mente pueda decirles que no deben hacerlo. Sus aguas siempre gritan lo contrario.

- ¿Ves? - y la mujer le saco la lengua al océano infinito y se zambulló en él para desaparecer-  A lo mejor si escuchas…, por cierto, ¿intentasteis alguna vez amar a un faro hasta que pasara del todo la tormenta?- Y Hasta los mares notaron algo raro en que la voz de alguien pudiera hacerse oír cuando tenía la boca cerrada bajo el agua.

No fue como el mundo creado de la nada por Insanj, no fue como hubieran cantado los  bardos y poetas, ni como hubieran esperado los cínicos y recomendado los expertos.
Los mares se volvieron hacia dentro de sí mismos, fijaron la atención en sus fondos, sus lechos rocosos, sus aguas profundas, sus corrientes de fondo.
Y las sintió repentinamente caldeadas, repentinamente confiadas, repentinamente distintas. Sintió el canto de la piedra, el fluir del mercurio incandescente por los fondos marinos. No podía entenderla. Era demasiada lenta para su fluir, demasiado quieta para sus continuas y constantes inquietudes, para sus incesantes movimientos. Pero la sentía.
Y ese sentimiento descubierto llevó la atención de los mares de nuevo al borde del Abismo del Principio del Mar, y ese sentimiento por ellos revelado por la piedra le hizo que alzara las olas de sus ojos para mirar al fondo.
Y lo vio.
Contemplo en ese fondo oscuro y apenas penetrable los sedimentos, los cascotes, los trozos arrancados de la piedra del alma del faro en su intento de llegar con su voz a la zona profunda de los mares. Los vio, arrancados de cuajo, desgastados, arañazos. Las olas se acercaron un poco más y los vieron felices, retumbantes de canto por servir de principio a llenar el vacío que era el abismo, por sentir que podía atravesarlo, por percibir que podía sentir los mares y sus aguas a través de ese espacio que ahora era un poco menos hondo.
Y quiso completarlos, deseo acariciarlos. Y lo hizo. Los mares siempre hacen lo que quieren hacer en cada tiempo.
No arrojó sus olas sobre el tajo ni arrastró sus mareas de otras costas para llenar el tajo. Ni siquiera dejó caer sus aguas contenidas en una inmensa cascada que recorriera impaciente las paredes rocosas.
Pero lo hizo. Hileras de agua descendieron por los surcos que el viento y la voz de la piedra habían tallado en las paredes. A veces ínfimos regueros apenas perceptibles, otras veces eran riachuelos fortalecidos por la física de la presión y del descenso. Otras, las menos, ríos salados y delgados que caían deprisa hasta el fondo y anegaban los cantos y la arena salida del habla del faro.

- El fondo se hará barro al principio- expresó su temor como lo hacen lo mares, con un silencio. Pero ahora un silencio distinto. Un silencio que no tenía ausencia-.

- Supongo que ha de ser así. -contestó el faro con su habla. Y en su voz  ya no había tristeza ni impaciencia- Dicen que un viejo dios que ya nadie recuerda construyó del barro a los humanos.

En un mirador que había salido de ninguna parte, dos figuras que habían aparecido de ningún sitio se apoyaron en una barandilla de metal que antes no estaba allí.

- Esto va a llevar tiempo -dijo el Duque de Lesskin sacando su metálico rectángulo del bolsillo-

- Hace falta tiempo para que un faro se deshaga en un mar, ¿no te parece? -replicó la Baronesa de Lesskin al tiempo que volvía a contemplar su esfera contadora de horas- No es fácil hacer que un mar haga lo que quiere hacer -miró al tajo por el que de un lado caían las piedras y la arena y por otro los regueros de agua- ¿Qué serán si esto acaba?, ¿qué pueden ser?

- Serán playa. - Afirmó el hombrecillo con la mirada pérdida en el horizonte y apretó el rectángulo metálico con el dedo.  La belleza normal de la mujer volvió a alcanzar el rango de sublime al sonreír-.


L@S SINCUERPO
JINETE
- Si vuelve a ser, no será tan espectacular, viejo amigo. Y lo sabes  üü
NOMUERTO
- No vayas de listo conmigo, Errante ¿Es que ya nadie valora la hipérbole poética?  üü
BARONESA
-  Siempre que es, es espectacular. Ocurra como ocurra. üü
NOMUERTO
- Y tú, Hacedor, podrías haber puesto nombre a los mares para que no fuera tan difícil llamarles y captar su atención. üü
INSANJ

- Lo hice. Llamé mujer al mar y hombre a todo lo demás. üü

domingo, 6 de abril de 2014

La Piscología de los Mares (IV)

Recordó su mirada interna. La mirada hacia dentro de la roca que nadie le había robado nunca ni podía robarle. Y la usó
Busco con su mirada interna hacia abajo y no encontró nada. Llegó al hierro que la unía al macizo rocoso del Principio del Mundo y no halló ni una miserable veta que le condujera hasta el mar.  Luego volvió sus ojos interiores hacia lo alto, hacia el lado de su hermosa silueta que apuntaba a los cielos y tampoco encontró camino alguno que seguir
A punto de rendirse volvió su mirada interior hacia sí mismo. Al borde mismo del abismo y encontró el reguero marchito de sus sedimentos, sus lágrimas, sus furias, sus silenciosos enfados, sus sorprendidas incomprensiones. Recorrían la pared del abismo y se depositaban en el fondo.
Y pudo seguirlos. Los siguió hasta el fondo de ese abismo que parecía insondable y una vez allí. Empezó a usar su voz. La voz de la piedra, el habla de la roca.
Al principio sonó quebrada, olvidada distante, como la de una vieja gloria que se negara a retirarse, como la de un ángel caído que cantara un Te Deum.
Pero las grietas, los derrumbes, las erosiones comenzaron a armonizar, a cantar entre ellos a componerse, a ajustarse y logró seguirlas, escucharlas, comprenderlas y pudo por fin hablar y escuchar a la piedra que yace debajo de los mares, que a veces los sustenta y a veces los revuelve. Se encontró y se sintió por fin rodeado de mares.
Y descubrió el mercurio
Encontró el resto. Justo al lado del límite interior de la herida que había originado la furia silenciosa de los mares en sus cimientos. Tanto la había erosionado el viento paliativo y el agua sanadora que estaba a punto de desaparecer.
Siguió el delgado hilo de líquido plateado por la base rocosa de los mares. Vio como la veta de mercurio se extendía más allá de él rodeada en parte de su esencia rocosa y en parte de otra conocida húmeda y salada.
Y sintió. No la superficie. No las olas y miradas de los mares, no sus espumosas sonrisas, ni sus furiosas burbujas, no sus sales, sus aguas, sus crestas o sus corrientes. Sintió lo que no hacía falta comprender, lo que no hacía falta entender. Aquello que no tenía nada que ver con lo ocurría en la superficie aunque pudiera explicarlo, aquello que era motivo pero no consecuencia de lo que los mares hacían con sus aguas.
No hay hombre, barco, puente o creación humana capaz de entender la mente de los mares. No si miran sus aguas desde fuera. Pero la piedra puede vivir sin aire bajo ellas. No tiene que entenderlas porque puede concentrarse en sentirlas.

- Ay -suspiró el petimetre entre el alivio y la falsa consternación mientras intentaba atusarse la melena- Por fin.
Se levantó, se sacudió de nuevo la arena y se alejó manipulando otra vez su arcano artilugio negro. Dejando al faro hablándole a los mares con la voz revivida de la piedra.

L@S SINCUERPO
JINETE
- Parece que cuatro gotas eran suficientes   
NOMUERTO
- Cuando se quiera hacer algo tan solo hay que recordar que puede hacerse. Cuatro gotas son sufrientes para eso  
INSANJ
-  ¿Ahora eres de aforismos? Pareces Yakio  
 NOMUERTO
- ¡Echa una mano y no molestes más! ¿Quieres que La Baronesa tenga que desarrollar branquias? Puede llevar milenios hasta que encuentre unas que le queden bien a sus extraños ojos.  
JINETE
- Sois divertidos. Cada vez pensáis más como si fuerais dioses 
Dicen los que han estado siempre en todas partes para conocerlo todo que Insanj, el Hacedor sin Lágrimas, no construyó nada para el hombre con sus manos y sus lágrimas desde que saliera de su retiro autoimpuesto tras acabar con su mundo en la muerte de un dios.
Lo dicen y es verdad porque el faro del Principio del Mar no era para el hombre. Era para los mares. Lo dicen y no mienten porque ellos no pueden saber que un día que fue normal en todo el universo metió las manos en el mar y alzó un pilar.
Una sola tira irregular de piedra, un solo brazo de roca sobresaliendo del centro de los mares. Algo basto, conocida su antigua grandeza, algo rudimentario, sabida su anterior delicadez barroca. Algo necesario.
Y luego se retiró de nuevo y sonrió en su retiro cuando los hombres achacaron ese brazo de roca en medio del mar a un accidente natural, los sabios a una serie de alineaciones y fenómenos celestes y los clérigos a sus rezos y sus dioses. Sobre todo rió con los clérigos. Ellos lo achacan todo siempre a sus dioses.
Pero los que lo saben todo no mienten. Insanj construyo para el mar y para Lesskin. Y los hombres no saben demasiado de ninguno de ellos.

Cuando los mares vieron aparecer la piedra no salieron de su tranquila furia, cuando la vieron alzarse en medio de sus aguas, forzaron un pequeño oleaje de sorpresa y observación y siguieron adelante con su calma que los humanos interpretaban como tranquilidad y los faros solo como silencio.
Pero cuando ella pareció en medio de la piedra, tomando posesión de ella como si le perteneciera, como si formara parte du un feudo olvidado y antiguo del que fuera señora, entonces sí empezó a hacerla caso.
Alzó olas de kilómetros para llegar a ver lo alto de aquel brazo de roca y observo.
Ella miraba un viejo medidor de tiempo. Una de esas esferas de cristal y metal que los humanos usaban para medir el paso de los días. Sonreía distraída.


 - El tiempo es lo mejor que se te puede dar, ¿no crees? -y su belleza normal se hizo infinita a causa de una sonrisa profunda y duradera-.
 - Tengo todo el tiempo del mundo -contestaron las corrientes paradas de la rabia-.
 - Podría decirte que ha cometido un aciago error de cálculo - continuó ella apartando el pelo de su cara con un gesto entre coqueto y despreocupado-  y que lo que deberías hacer es propiciar un diálogo de franca distensión que te permita hallar marco previo que garantice unas premisas mínimas, que contribuyan a poner los cimientos… ¿cómo seguía esto?... -reflexionó un instante-, Bueno, en resumen. La cagó. Pero escúchale, montón de aguas y burbujas cabezota. Escúchale.
 - No me entiende. Es humano, hecho por hombres. Y los hombres no entienden la mente de los mares.
 - Y ¿tiene que entenderte para hablarte? -sonrió mientras giraba la muñeca para contemplar como los reflejos de un sol lejano y frío hacían brillar el reloj en su muñeca- Es un regalo, ¿sabes? No es como el reino que le regaló el Emperador de Siam a su concubina, claro, ni como el mundo que le hizo el llorón a su parienta, total ¿para qué?, para luego tener que matar a un dios para destruirlo. No sé qué significa o que quiere significar. Pero me gusta. Sí me gusta.
- No me importa -susurraron las corrientes-.
- No me importa -sisearon las burbujas-.
- No me importa -bramaron las olas-.
- No me importa -rieron las espumas-.
Pero la mar de fondo calló, las resacas callaron, las mareas callaron.

- Sí te importa, ¿verdad? -y miró a los ojos a las olas con los suyos ambarinos y firmes- ¿Te he dicho que nací de los restos de alguien que nació de mil amores muertos?
 - Los mares no amamos -Y esta vez todo el mar gritó su frase-.
 - ¿Eh?


Y hasta última gota de sal, de agua, de espuma y de aire de los mares escucharon ese “¿eh?” que no era una pregunta ni un recuerdo y pudieron contestar y recordar.

viernes, 4 de abril de 2014

La Psicología de los Mares (III)

L@S SINCUERPO
INSANJ
- ¿Cuatro gotas?   
NOMUERTO
- No es fácil que un mar recuerde lo que ha olvidado que ha renunciado a desear  
INSANJ
-  Pero ¿sólo han sido cuatro gotas?  
ARTOBAN
- Cuatro fueron los eslabones que se rompieron en la cadena de la Hija de Caos  
NOHELU
- Cuatro fueron los hilos que se entretejieron de nuevo en el alma del guerrero  
EGLAMOR
- Cuatro las heridas que se hicieron en el vientre del dragón  
EPHINÉ
- Cuatro los pilares que sostienen la Morada de la Guardia   
NOMUERTO
- Dejemos la rapsodia, ¿vale chicos? Creo que el llorón ha pillado el mensaje.  
JINETE
- Cada vez sois más divertidos. Más parecidos a dioses ¡Callaos, les toca hablar a ellos!  


Y lo hicieron. Los mares y el faro hablaron.
La piedra con la reticencia de quien no está acostumbrado a recibir respuesta, el agua con la precaución de quien había renunciado a hacer preguntas.
La sal de la gota de una gota había marcado el camino, el aire de la burbuja les había permitido encontrarse, la espuma les había dado el tiempo necesario para hacerlo y la gota completa había traducido sus lenguajes.
Los mares hablando con la piedra del hombre en una danza que llevaba las resacas hasta el borde de las abismo y las hacía mantenerse un instante más de lo que antes aguardaban, con olas que se mantenían levantadas, en contra de las leyes de la física humana, el tiempo suficiente para atisbar aquello que antes ignoraba.
Y la piedra hablaba de milenios de espera lamiendo el agua tan solo unos instantes con sus luces, haciendo reflejar en las en las olas levantadas los guiños de su girante luminaria para contar historia de palabras perdidas en los vientos, de esperas olvidadas en los tiempos, de vidas  muertas por no querer vivirlas y de muertes vividas por querer evitarlas.
A veces se ajustaban sus lenguajes, a veces diferían. A veces se enganchaban en esa incomprensión de los que ansían entenderse y no tienen muy claro cómo hacerlo. Y los mares reían con ráfagas de crestas espumosas repetidas que eran carcajadas, sonreían con los mares de fondo que arrastraban la arena de mil playas para lograr que el sol las hiciera brillar bajo sus aguas.
Y el faro se reía haciendo crepitar sus viejas piedras, poniendo intermitente su linterna, sonreía dejando pasar el viento entre sus grietas manteniendo fija su luz sobre un punto del agua.
Los hombres percibían otra cosa. Para ellos el mar estaba encrespado y el faro viejo y roto. Pero los hombres no importaban. Los hombres no comprenden la mente de los mares.
Un día los mares levantaron una ola terrible y duradera que rompió justo en el límite mismo del abismo para dar un baño de su espuma y su sal que confortara a la piedra del faro que ese día aparecía triste ante sus ojos. Una noche el faro se apagó para dejar que las luces de otros proyectaban su sombre sobre el agua que estaba salada y negra como el llanto por un recuerdo antiguo y doloroso.
Siguieron conversando y sonriendo. Siguieron salpicando y luciendo. Siguieron atravesando el Abismo del Principio del Mar con luces y con sombras, con espumas y gotas.
Pero el faro era una obra de los hombres. De un hombre que no quiso ser dios, pero de un hombre. Y no entendía la mente de los mares.

- Salta el abismo o llénalo -pidió un día a los mares con una lenta pasada de su luz atenuada sobre el agua. Tan suave como podía serlo una caricia, ten lenta como debería ser un beso.
- No puedo -dijo el mar arrastrando por el fondo su sonrisa- No puedo hacerlo. Los hombres no entienden lo que pienso. No puedo hacerlo.
 - Yo sí -y en la impaciencia que había heredado de las manos humanas que le erigieron alumbro demasiado, forzó la intensidad de su linterna.

Un instante después supo que no debía hacerlo. Un instante después ya era muy tarde.
Tarde para evitar que la espuma dejara de ser sonrisa, que las olas dejaran de ser ojos, que las aguas hirvieran de burbujas, que las resacas gritaran, que las mareas pararan, que las corrientes se curvaran en arcos imposibles que estuvieron a punto de partir el mundo sobre su eje.
Era tarde para evitar que el mar callara alterado por sus miedos antiguos. Era tarde para evitar que los mares se fueran empujados por su ira y su rabia.
Los hombres, como siempre, lo entendieron todo al revés. Aprovecharon la calma, la parada, para navegar sobre ellos y esquilmarlos de todas sus riquezas, para detener sus yates de recreo y disfrutar del sol, para acudir a bañarse a sus orillas o zambullirse en sus aguas sin riesgo ni peligro. Las aguas de los mares por fin estaban en calma, por fin estaban tranquilas, por fin les daban un respiro sin olas levantadas, sin resacas, reflujos ni corrientes de fondo.
Por fin el mar estaba en paz.
Un faro, hecho de piedra y por manos de hombre, de lágrimas y roca, comprendió por un solo momento, por un instante triste, la mente de los mares. La ira de los mares es silencio. Sus miedos son su ausencia.
Para humanos y dioses eso se parece a la calma. Pero ellos nunca comprendieron la inmensa psicología de los mares.
Y los mares siguieron en su ausencia, tan inmensos que apenas recordaban que habían estado presentes. No se fueron, no podían ni querían hacerlo. Los mares están en todas partes y no quieren retirarse de ninguna. Pero ya no miraban, sus olas no se alzaban frente al faro, ya no le regalaban sonrisas de sus labios espumosos. Estaba porque era su lugar pero ya no importaba.
Y el faro seguía haciendo su trabajo porque había que hacerlo. Seguía alumbrando las aguas de los mares  con sus luces rotativas, inciertas y fugaces.
Contemplaba los barcos que surcaban las aguas y sentía tristeza. Una envidia profunda que le helaba la luz y ennegrecía cada una de sus piedras. Los veía dejar estelas fugaces de sonrisas marinas sobre la superficie, los veía parados, al pairo de los vientos, rodeados de los ojos de las olas curiosos y divertidos. Esos ojos  que a él no le miraban. Y quería ser barco.
Cada vez que su luz miraba suavemente, casi en secreto, sobre las aguas de los mares, las aguas seguían quietas y oscuras para él. Cada vez que paseaba su mirada de candil giratorio quería convertirse en algo que no era.
Quería ser delfín y saltar y reír frente a los ojos divertidos de las aguas, quería ser navío y acariciar la superficie de su piel esmeralda aunque fuera un instante peligroso, quería ser pescador  e introducir sus manos en su húmedo cuerpo o buscador de perlas y dejar que el abrazo del mar le dejara sin aire.
No le hubiera importado ser un pecio maldito, hundido y muerto, con tal de estar sumergido en las aguas profundas de los mares. Quería ser una isla para estar rodeado de él por todas partes, quería ser arrecife para que la vida marina le habitara aunque le desgastara hasta la muerte, quería ser barrera de coral, península, naufragio, hombre el agua o incluso mítico e inexistente reino sumergido.
Cualquier cosa que Los mares albergaran, tocaran, miraran, rodearan. Quería ser…

- Un faro, chaval, eres un faro -la voz estridente y quejumbrosa le sacó de sus lúgubres pensamientos de piedra y luz. Entonces sintió sobre las piedras areniscas de su base el mínimo contacto de esa espalda delgada, huesuda. Esperaba que esa presencia no invitada le resultara molesta, impertinente, pero se sorprendió de comprobar que no era así. Era como si la esperara, como si en realidad él la hubiera llamado. Como si le hubiera estado echando de menos durante todo ese tiempo.
 - Enseguida estoy contigo -dijo el hombrecillo mientras manipulaba su índigo rectángulo metálico sacado de otro tiempo, otra vida y de otro universo- Pasó los dedos sobre él.

 


- Lo siento, -se disculpó el hombrecillo mientras guardaba el artefacto en uno de los bolsillos de su raída levita de terciopelo color burdeos- No he podido sustraerme al encanto de verte queriendo ser delfín -soltó una risita como esas de los niños cuando descubren a un adulto haciendo algo que no comprenden- Dos toneladas y media de tres clases distintas de piedra, metal y cristal saltando entre las olas. Una imagen cuando menos sugerente.
 - ¿Te ríes de mi infortunio? -la piedra rugió con una rabia que amenazó con quebrarse de golpe, con arrojar cascotes puntiagudas sobre la cabeza del hombre. La tierra tembló bajo sus nalgas.
 - ¡Por los dioses que no quisieron serlo! -el hombre alzó los brazos a los cielos, los agitó dramáticamente y luego se mordió el labio inferior y agitó la cabeza en una mueca de silenciosa desesperación- ¡No me río de tu infortunio, me río de tu estupidez!
Para el faro fue solamente la dramática queja de un personaje impertinente. Para el universo fue algo muy diferente.
Amores murieron y desamores nacieron en varios universos en ese momento. El dramático estallido de Lesskin y su queja contra la estupidez mataron los quereres, hizo nacer los desamores y congeló unos y otros en el tiempo y el espacio.
Humanos y dioses nunca lo supieron. Si los hombres no entienden ni comprenden la mente de los mares mucho menos conocen el poder de alguien nacido de los restos de mil amores muertos.
 - Podría decirte que has cometido un aciago error de cálculo - continuó el personaje de nuevo calmado y displicente- y que lo que deberías es propiciar un diálogo de franca distensión que te permita hallar unas premisas mínimas de entendimiento que sirvan como plataforma para… ¿cómo seguía esto?... -reflexionó un instante-, Bueno, en resumen. La cagaste, montón de piedras impaciente y cabezota. Habla a las aguas.
- No me escuchan -la piedra crujía de desesperación, hacía temblar la tierra de agonía- No quieren escucharme.
- Intentas hablar con su lenguaje. Intentas hablar con sus palabras y no las entiendes. No puedes entenderlas. Nunca lo harás. Los hombres no entienden a los mares, no tienen que entenderlos.
 - El Habla de la Piedra se perdió -la arena que se desprendía de las base del faro era su llanto. Lesskin la sacudió de sus hombros y sus piernas-.
 - Y el Santo Grial, y la fórmula de la Coca Cola, y La Atlántida y los cinco últimos mandamientos, y los libros de Hermes Trimegisto y el dossier de la Operación Mangosta y la llave de las puertas del infierno y la capa de caza del Marques de Martiens que, por cierto, en realidad no está perdida, la usó de sudario para una de sus amantes cuando esta murió al caerse del caballo y -la base del faro se movió peligrosamente-. 
- Vale, vale, ¡Que impaciente!, ¡menos mal que el llorón te hizo de piedra y no de madera! En resumen, que algo esté perdido no significa necesariamente que no pueda encontrarse. Pero hay que buscarlo, claro.


El faro no tenía por qué hacerlo, pero lo hizo. No tenía nada que ver con él pero tenía que hacerse.

La Psicología de los Mares (II)

Los mares no perdieron su voz en la Guerra de la Fragua. Poco o nada de lo que hagan los hombres o los dioses pueden tener influencia en los mares. Pero decidieron no usarla.
Vieron teñirse sus aguas con la sangre y la muerte, vieron caer en sus orillas las vidas segadas de aquellos que creyeron que tendrían un mañana mejor si vencían a Caos. Gritaron y rugieron en un postrero intento de parar la matanza. Cantaron, susurraron, lloraron y clamaron, hablaron y bramaron y nada se detuvo.
La muerte es incapaz de escuchar las palabras aunque estas sean gritadas por los mares.
Ni los Señores de La Instrumentalidad oyeron sus lamentos, ni las Hordas de Caos prestaron atención a sus avisos. Ni hombres, ni dioses, ni santos, ni guerreros prestaron ojos a sus llantos ni oídos a sus palabras. Y siguieron haciendo aquello que sus padres les enseñaron a hacer: luchar.
Y cuando todo acabó, los mares ya no tenían nada que decir. No entendían lo que había pasado y no querían saber de motivos humanos ni de excusas divinas. Nadie había entendido ni quería entender lo que dijeron.
Así que los mares comenzaron a hablar solo para sí mismos. Los hombres no entendían su habla ni su mente. ¿Para qué hablar entonces?
Vueltos de espaldas a dioses, tierra y hombres escucharon el sonido del hombre que llegaba. Desde sus protegidos horizontes le vieron levantar la construcción, le vieron montar la luminaria en lo alto del cilindro de piedra y le vieron llorar. Le vieron devolver la sal y el agua a su regazo y solo por un instante pensaron en amarle.
Pero el hombre se fue y el faro se quedó. Callado, sospechoso, atisbando sus aguas con una luz no pedida, molesta, impertinente. Mirándolos de frente en las alturas.
Y los mares decidieron ignorarle, marcharse lejos de él y contrajeron sus aguas, sus espumas. Cambiaron sus corrientes, mudaron su mareas, para dejan al pie del faro de los hombres un abismo insondable, vacío, tenebroso. Si los hombres no habían sido capaces de comprender su mente tampoco había de hacerlo una obra suya.
Y así nació el Abismo del Principio del Mar y así siguió.

Las olas, que son los ojos de los mares, se alzaron cuando el hombre, pequeño y delgado hasta para ser hombre, señaló en su dirección con la espalda apoyada en el faro. Los mares son inmensos y en muchas ocasiones les cuesta tener conciencia completa de sí mismos.
Las olas se elevaron en todas direcciones como cientos de ojos internando localizar lo que aquel hombre risueño y desgarbado señalaba. Y esas olas fueron furia para los navegantes del norte, peligro para los remeros del sur, miedo para los pescadores del oeste y diversión para los arriesgados nadadores del este.
Pero eran solo ojos. Los hombres nunca entienden a los mares.


Cuando el mar la vio el faro ya la había detectado.
Sola, haciendo equilibrios en una piedra que sobresalía en medio de las aguas como la atalaya de algún reino sumergido e imposible.
Era bella. Bella y normal. Normal en su belleza. Inmensamente bella en su normalidad. Danzaba sobre un pie encima de la roca como si hubiera nacido para ello, como si todo su cuerpo y su figura hubieran esperado por siempre ese momento. Sonreía despacio, con la condescendencia de quien sabe o espera, de quien conoce o piensa. Y sonreía al agua, directamente al agua, como si recordara la verdad que los humanos perdieron con el tiempo y la guerra. Como si ella supiera que los mares comprenden las sonrisas.
Y luego frunció el ceño en un mohín de concentración mientras canturreaba escrutando las aguas, como buscando un punto en concreto en medio de una salada inmensidad que no tenía límites. Y los mares supieron que ella conocía otro secreto. Que los mares recuerdan las canciones.
De repente saltó, se sumergió en las aguas como si hubiera estado esperando la atención de los mares para hacerlo.
Y este la recibió con un susurro, con un aviso sordo. Con un estallido de burbujas que la rodearon sumergida. Las burbujas son la primera línea de defensa que los mares crearon contra el hombre. Si le robas el aire de la vida, el humano ha de sacar la cabeza de las aguas. Ha de dejar de mirar aquello que los mares esconden bajo su superficie.

 - Vete de aquí -dijeron las burbujas que surgían a su alrededor mientras nadaba completamente sumergida- No puedes estar aquí, lo sabes.
 - A mí no me hables como si fuera tonta –y el mar se sorprendió por primera vez desde que los hombres murieran y mataran en sus playas. Se sorprendió de que alguien entendiera su lenguaje- No vayas de listo conmigo, ¿vale?
 - ¿Quién eres? -preguntaron las olas con sus crestas de espuma y las burbujas con su carga de aire-, ¿Quién eres?
 - Eso ya está mejor. Pues verás, soy la Duquesa de… –sus ojos, marrones, como el ámbar de las profundidades, brillaron con diversión-. Bueno, técnicamente solamente soy una parte, la parte nueva, vamos la que nació, la que no murió, quiero decir. En fin, resumiendo puedes llamarme baronesa - Pero prepárate va a ocurrirte una cosa. De hecho está ocurriendo ya.

El mar fijó la mirada en el hombre que estaba sentado con la espalda pegada contra el muro del faro. El faro fijó su luminaria en la mujer que se bañaba tranquila y displicente en medio de un muro de olas gigantescas que eran ojos.
Y entonces ocurrió.
No fue algo espectacular como cantan los bardos, ni épico como recitan los juglares de los hombres, ni romántico o trágico como gustan de recitar rapsodas y poetas. Y por supuesto nada tuvo de místico como hubieran interpretado santones y profetas. No fue nada que pudieran explicar hombres ni dioses aunque algunos de los primeros que no quisieron convertirse en los segundos estuvieran mirando.
Tan solo fueron cuatro gotas.
Los mares llevaban eones controlando sus corrientes para que el Abismo del Principio del Mar siguiera seco, milenios conteniendo sus mareas, forzando sus resacas, frenando sus rompientes para que ni una gota de su salada alma tocara esa trinchera de profundo vacío silencioso que habían puesto entre ellos y los hombres.
Quizás fuera por falta de atención a causa de la charla con la mujer que había invadido sus aguas sin permiso, quizás por la sorpresa de escucharse de nuevo hablar con alguien o quizás tan solo fue cansancio de estar eras enteras conteniéndose, forzándose a apartarse de aquellos que solo le habían regalado a sus palayas y a sus aguas sangre, dolor y muerte.
Cuando los ojos de los mares se giraron de nuevo hacia el faro y el hombre que tenía la espada contra él, pensaron que era tarde.
Frenaron su marea con tanta fuerza que las costas de cuatro continentes se anegaron, levantaron un muro de espuma y oleaje tan inmenso que por un instante taparon el sol de los ojos del hombre en un eclipse marino irrepetible, forzaron un cambio de dirección tan desesperado y violento de todas sus corrientes que miles de navíos sumergidos serán testigos mudos por siempre del momento.
Y evitaron caer en el abismo, precipitarse al fondo oscuro y frío. Pero no pudieron evitar que salpicaran cuatro gotas.
Una de sal, otra de espuma, otra que era una burbuja de aire y una cuarta completa, toda mar.
Y volaron como balas perdidas sobre el lecho de rocas del abismo, saltaron la distancia que separaba al faro de los mares y fueron a impactar contra sus piedras.

- Ya está -dijo entonces el hombrecillo levantándose de un grácil salto- Os dejo solos. Tendréis un montón de cosas de que hablar. Yo tengo que mantener una conversación con cierta dama sobre los riesgos de bañarse en alta mar sin adoptar las adecuadas precauciones- Y haciendo una anticuada reverencia se encaminó hacia ninguna parte. Saco de nuevo ese estúpido artefacto extraído de otro tipo y espacio y lo apunto hacia el faro como si fuera a demolerlo con un rayo. Luego movió los dedos sobre él  y sonrió como un niño que ha descubierto un nuevo mecanismo de un juguete.

- Me encanta ser portavoz de un cilindro de piedra cabezota -dijo con cierto deje de disgusto mientras se alejaba-.