Y el tirano siguió siéndolo. Siguió en la cumbre de su poder
hasta que el terror dejó de ser un arma, hasta que la fuerza dejó de ser la
ley. En todos los años que pasaron durmió entre sudor y sobresaltos acordándose
de los cinco llorosos niños de pie sobre la desolación y las cenizas en las que
se asentaba su poder.
Y luego desapareció. Fingió transformarse, fingió hacerse
benévolo, intentó aparentar que no ejercía el poder sino el gobierno y dejó que
otros mas queridos por la gente, ejercieran ocasionalmente el gobierno mientras
el guardaba el poder.
Visitaba frecuentemente el campo en el que derrotara a los
últimos hombres libres de sus dominios, ni buenos ni malos, solamente libres. Y
un día fue rodeado por cinco hombres y un niño que lo acorralaron en silencio.
El primero llevaba en la cabeza el casco cornudo y coronado
que designa al paladín y rey de los hombres del norte.
- El que se oculta bajo el manto de la fuerza para ejercer
un mando que no es suyo ni es de nadie sino de todos –dijo el hombre que,
otrora niño, preguntara entre la bruma ¿Quien?-.
El segundo abrazaba un candelabro de oro que iluminaba los
templos de los pastores de cabras y no lucía corona. Su dios lo prohibía
- Porque no sabe conversar ni acordar. Porque no permite que
otras gentes hagan otras cosas, crean otras cosas o defiendan otras cosas. –
afirmo aquel que en una infancia manchada de sangre y sufrimiento había
preguntado ¿Por qué?-.
El tercero iba completamente vestido de negro, del turbante
a las botas y en su frente brillaba en plata el símbolo de aquel al que
consideraba su dios. Esta vez sí le había traído consigo. Los califas siempre
llevan a su dios con ellos.
- Cuando olvidamos quiénes somos, que somos lo qué somos porque hemos elegido
serlo y que los demás son lo que son porque han elegido serlo. Cuando creímos
que nuestra felicidad estaba más allá del sufrimiento de los otros – aseveró
aquel que entre el polvo de los cascos de los caballos de los jinetes del
desierto preguntara en su infancia ¿Cuándo?-.
El cuarto lucía en su índiga piel las pinturas doradas y
blancas de aquel que conduce las tribus del sur. Su azagaya era triple y su
escudo reflejaba la sangre y el mar. En su cinturón los tótem chocaban entre si
convocando a los espíritus de los antepasados.
- Engañando y dividiendo, matando y masacrando, esclavizando,
encerrando los cuerpos en mazmorras y los corazones en el terror – recitó aquel
que, sobre los hombros del más alto de los altos guerreros del sur preguntó,
mientras el suelo tronaba bajo los pies de la horda, ¿cómo?-.
El quinto hombre, emplumado y a caballo, no dijo nada. Tan
sólo sujetó más fuerte la mano del pequeño que le acompañaba.
Y el tirano tembló. Supo que los secretos de su poder habían
sido descubiertos, supo que ahora podían enfrentarle con la estrategia
adecuada, aunque él era incapaz de anticipar cual sería esa estrategia. Los que
sólo aceptan sus pensamientos son incapaces de anticipar los de los otros.
Buscó desasosegado, miró al norte pero no diviso las naves dragón, miró al sur pero
no percibió los cánticos de la descalza infantería negra; se giró hacia es este
pero no distinguió la plata y el plomo del arca de los pastores de cabras; sus
ojos se centraron en el desierto profundo y no contempló las nubes de polvo de
la caballería nómada y salvaje; se volvió hacia el oeste y no pudo ver el
colorido desfile de los guerreros cazadores de las tribus de los lagos y las
praderas.
Y por un momento se relajó. Sólo por un momento.
- No vendrán –dijo el rey del norte-.
- Ya no son necesarios – dijo el Rey pastor-.
- Luchamos una vez porque no sabíamos nada. Pero ahora
sabemos –dijo el cacique de los hombres negros-
- Ahora te conocemos. No podrás volver –dijo el califa-.
- Pero nadie pudo contaros mi secreto, todos murieron…. –
Más el tirano se interrumpió y comprendió que hay cosas que
no deben ser contadas, que no pueden ser contadas, que han de ser vividas. Que
se aprenden por el roce de la piel con el dolor.
Los cuatro hombres que habían sido niños se retiraron. Los
cuatro reyes que habían preguntado y lo eran por hacerlo se marcharon a vivir
con sus pueblos, que lo eran por haber encontrado las respuestas.
El tirano se quedó sólo, enfrentado al jefe de las tribus
del oeste que le miró con una conmiseración sólo propia de aquel que no ha
llegado a odiar.
- Sólo muere lo que olvidas – dijo y pasó frente al tirano
llevando a su hijo de la mano-.
Luego, el que fuera el poder y la gloria, se giró y comenzó
a andar cansadamente hacia esa frontera de niebla y viento que algunos llaman
La Nada y otros conocen como la historia. Mientras avanzaba resignado escuchó
una voz infantil que se dirigía a él
- Señor –gritó el niño del oeste que había nacido guerrero y
jinete-, ¿Qué es un tirano?
Y comprendió, aunque tarde, que siempre tiene que haber
alguien que recuerde para que otros no se vean obligados a aprender.

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