La otra linea de batalla la creó el tirano.
Viéndose amenazado convocó a todo
lo que tenía a mano. Sus huestes fueron todo lo numerosas que su dinero pudo
conseguir y poseía un tesoro inmenso; todo lo obedientes que el miedo pudo
lograr y su capacidad de destilar terror era casi infinita; todo lo mortales
que podía hacerlas el odio, y su odio era mil veces la multiplicación de su oro
y su miedo sumados.
Pero, aún así, contempló las filas de aquellos que habían
dejado de tolerarle, que habían dejado de temerle, que habían dejado de
adorarle y temió no poder con ellos. Así que convocó a todos los demás. A todos
aquellos a los que incluso el tirano temía.
Aquellos que disfrutaban con la muerte, que sólo podían
verse vivos en el espejo de la muerte y el dolor reflejados en los ojos de los
cadáveres, acudieron a su llamada. Aquellos que habían hecho una profesión
rentable de transformar el mundo en cenizas, que medían su efectividad por el
número de bajas, respondieron entusiastas a su convocatoria. Y los fanáticos,
ellos también se congregaron bajo su estandarte. Los fanáticos siempre
necesitan una causa y un estandarte, aunque estos cambien.
Y con esas fuerzas, cohesionadas por el terror,
disciplinadas por el miedo y motivadas por la enfermedad de la avaricia y el
poder y la expectativa de la sangre, presentó batalla.
La batalla fue corta. Intensa, sangrienta y demoledora, pero
corta.
Los hombres del norte no reconocieron a su enemigo y en
mitad del combate sólo pudieron reconocerse a si mismos y volvieron a ser lo
que eran, a dedicarse a la rapiña y el pillaje. De no contestar a la pregunta
de quién era el tirano habían dejado de saberlo. Las tribus de pastores
reconocieron al enemigo pero olvidaron porqué lo era. Formaron un círculo
defensivo en torno al lugar en el que reposaba su dios y desguarnecieron su
flanco de ataque. Al ver que la batalla marchaba mal recordaron lo que eran y
volvieron a serlo. Intentaron comprar a los mercenarios y estos tomaron su
dinero y les seccionaron la garganta; intentaron convencer a los fanáticos y
estos les mataron y quemaron sus cuerpos. Los pastores macilentos sucumbieron a
millares sin saber cual era el motivo de la lucha. Habían esperado que su dios
les dijera porque el enemigo era un tirano y su dios seguía mudo.
Los Jinetes del desierto cargaron con la furia salvaje de
sus monturas y sus aceros y, durante un instante, pareció que la batalla
cambiaría de signo. Pero nadie entre ellos sabía cuando había empezado el
tirano a serlo y por ello eran incapaces de saber cuanto tiempo seguiría
siéndolo. Sus brazos se cansaron, sus caballos se agotaron y cayeron uno tras
otro entre sudor y estertores de agonía. Y en el cansancio y la derrota se
enfrentaron a los fanáticos, envainaron sus cimitarras y cayeron de hinojos
acordándose de sus rezos olvidados y su dios abandonado. Le pidieron que les
diera la fuerza para vencer a los fanáticos y sus dios les concedió su ruego.
Les hizo tan fanáticos como sus enemigos. Por negarse a recordar el principio
de la tiranía fueron incapaces de predecir su final.
Los hombres del sur también cayeron. Uno a uno, en silencio,
los altos hombres negros fueron masacrados por los mercenarios y los asesinos,
fueron diezmados por los hombres que sabían hacer su trabajo. Muchos de ellos
ni siquiera utilizaron sus azagayas, otros alzaron sus escudos pero dejaron
resquicios por los cuales se deslizaron hasta sus entrañas las armas de sus
enemigos. La organización de las falanges del tirano desarzonó el griterío del
frente de los hombres del sur. Antes de comenzar a luchar habían olvidado como
había llegado el tirano a serlo y por eso fueron incapaces de aprender como
tenía que dejar de serlo.
Y los guerreros del Oeste, que no habían conocido al tirano,
que no habían olvidado respuesta alguna porque no habían hecho pregunta ninguna,
simplemente se sentaron en el campo, fumaron el peyote de la paz,
intercambiaron regalos, aceptaron las cuentas y el oro del tirano y bebieron su
licor. Quien no hace preguntas no obtiene respuestas.
Al final de la jornada cinco niños quedaban en el campo de batalla.


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