Pero ni siquiera en La Tierra de Marland, ni siquiera en los páramos donde el bálsamo del amor no puede cicatrizar las heridas, donde la medicina del cariño no puede evitar que mane la sangre, herir es sinónimo de matar.
Unos dicen que las palabras del rebelde impidieron que el verdugo girara su espada en el tajo del corazón, otros dicen que la traición había endurecido el corazón del rebelde y por eso la espada del verdugo no penetró lo suficientemente hondo.
Las comadres explican a quien quiera escucharlas que de todos es sabido que si un hombre ha amado lo suficiente su vientre es más duro y robusto y se encuentra por debajo del ombligo, algo que no tuvo en cuenta el verdugo. Los místicos defienden que la traición endurece las entrañas y eso permitió que el vientre del rebelde resistiera el impacto del acero del verdugo.
Lo que saben todos es que los más hábiles espadachines están en los salones reales o en los torneos regios. Que los más firmes a la hora de empuñar el acero comandan las huestes de la Señora de la Fortuna o entrenan a sus cadetes.
Todo el mundo sabe que el verdugo no es el mejor espadachín del reino. Es el más fiel quizás, pero no el más hábil. Simplemente es el único que blande su espada sin preguntar por qué ni exigir un motivo.
Así que, sea como fuere, la estocada del vientre penetró muy alta y la del corazón salió muy baja. Hubo sangre como sabía el verdugo, hubo dolor como sabía el rebelde, pero no hubo muerte como esperaban los dos.
Toda la procesión que había seguido y atendido la ejecución se maldijo a lo largo de sus vidas por ese día, por ese oportunidad.
Se maldijo por no permanecer un instante más comentando ese momento de espectáculo y muerte; se maldijo por no haber realizado allí mismo una plegaria por el alma del verdugo a los antiguos dioses o por la del rebelde a los nuevos; se maldijo por volver a su vida y sus quehaceres un instante antes de que el verdugo, mientras limpiaba el filo de su espada en sus negros ropajes, escuchara el gemido del rebelde.
Y se maldecirán por haber perdido la ocasión de ver lo inconcebible. Un verdugo salvando la vida de un ajusticiado.
Pero en la tierra de Marland hasta lo inconcebible está escrito en las piedras de La Torre. La Señora de la Fortuna no puede permitirse dejar nada a la casualidad. No puede arriesgarse a que el viento de lo nuevo, de lo inesperado, barra las planicies de sus dominios.
Novedad es ilusión; ilusión es imaginación y quien imagina puede desear. El deseo es la puerta de entrada del amor. Y la Señora de la Fortuna no se arriesga al amor. Ya no.
Así pues, el verdugo no ejerció compasión. Alguien que mata por amar no es permeable al amor. Al menos eso dicen.
El verdugo hizo lo que hizo porque así estaba escrito que lo hiciera en la piedra que ocupaba el sexto lugar entre el suelo y el cielo de Marland: “El verdugo se ocupará del cuerpo del ajusticiado”. No especificaba si tenía que estar vivo o muerto y lo que no existe en la ley no existe en Marland.
De ese modo, el verdugo tomó el cuerpo del rebelde y lo condujo al interior de la Torre de la Fortuna. La multitud también se maldijo por no estar presente para poder contar como lo hizo.
Los ojos de rebelde se abrieron al tiempo que su espina dorsal sentía el latigazo del dolor de sus heridas. Fijó la mirada y contempló lo que ya había visto antes. Aquella estancia cuya visión le había llevado al cadalso.
Otro dolor, menor, más sordo, le apartó de la contemplación de la habitación y su mobiliario y le hizo volver sus cansados y casi muertos ojos a sus heridas.
El verdugo trabajaba en los cortes con intensidad. Sus dedos largos y fibrosos intentaban mantener unidos los bordes de la herida del vientre para evitar que la sangre siguiera manando. Se afanaba por mantener unida la carne hasta que las flores rojas que crecían sobre ella se hicieran pequeñas y se marchitasen.
- No voy a morir por esto – la sonrisa del rebelde fue tan dolorosa como el aliento de un muerto-.
- Eso me temo – y la voz del verdugo seguía sonando dulce bajo su capucha. Seguía siendo un arrullo cuando debía haber sido un ladrido- Incumpliste la ley.
- No es mi ley –la sonrisa del rebelde no desapareció pero cambió. Se hizo retadora, insostenible- Y tampoco es la tuya.
- Sí es la mía –y la dulzura de la voz del verdugo se perdió, se hundió hasta perderse en una expresión que casi podía adivinarse a través de su capucha. Se transformó en tristeza- Tiene que serlo. No hay otra manera.
El rebelde no dijo nada. No había nada que decir. Como el invierno no dice nada cuando llega o el verano no se despide cuando se marcha.
Suspiró con el dolor de las heridas, resopló con el escozor de los emplastos que el verdugo le aplicaba y miró, solamente miró. Como lo hacen los refugiados en su huida, como lo hacen los derrotados en su rendición.
Y es entonces cuando dicen los que saben todo lo que se puede saber que vio la sangre, que vio las cicatrices.
Fue a través de esa mirada en la derrota cuando contempló las ennegrecidas marcas de cientos de cortes recorrer bajo la camisa los brazos del verdugo, las blanquecinas secuelas que en la piel del verdugo habían dejado decenas de cicatrices.
Fueron sus ojos, semicerrados por el dolor de la herida y el malestar de la cura, los que observaron como algunas de esas marcas, antiguas como solo puede serlo una herida de guerra, aún palpitaban, hinchadas en rojo, intentando expulsar el veneno y la pus que habían acumulado al cerrarse en falso.
- Vaya –comentó el rebelde antes de desmayarse, pasando el dedo por una de esas cicatrices sangrantes-, Al final resulta que sí moriste con ellos.
- No morí con ellos –contestó el verdugo a un rebelde ya dormido mirando a su alrededor como si hablara al aire, como si se dirigiera a las leyes labradas y cinceladas en las paredes de La Torre de La Fortuna-, todos y cada uno me mataron.
Las gentes de Marland susurrarán durante generaciones lo que pasó después. Cada uno tiene su versión, cada uno tiene su interpretación.
Como todas las voces que hablan sin conocer, que explican sin vivir y que comentan sin experimentar, todos dicen saber y comprender lo que ocurrió. Pero nadie lo sabe. La Torre de La Fortuna seguía cerrada a piedra y lodo y el amor seguía prohibido en las tierras de Marland.
Durante semanas, quizás durante estaciones, nadie salvo el halcón vigía conoce la medida del tiempo dentro de la Torre, el rito se repitió una y otra vez.
Cada día el rebelde llamaba a su verdugo en medio del dolor, le buscaba sin ser consciente de ello, le tocaba sin darse cuenta, clamaba por él y su presencia hasta que aparecía, como las ramas claman por las hojas, como los labios claman por los besos.
Cada día el verdugo buscaba a su reo, acudía cuando no le llamaba. Sonreía tras su negra capucha cuando él le increpaba, permitía que sus dedos, inconstantes, trémulos y fugaces, pasaran por su piel. Intentaba cerrarle las heridas que seguían sangrando.
- No puedes cerrarlas y lo sabes – y el cuerpo del rebelde se relajó como si ya se hubiera acostumbrado a la cadencia de las contracciones de su dolor y de la huída de su sangre. Como si tuviera razón-.
- No pueden sangrar para siempre. No deben hacerlo –y la capucha se estremeció sobre los hombros del verdugo como si aquel que la portara realmente dudara de sus palabras-.
- Ni las tuyas tampoco – y el verdugo siguió con la mirada la yema del dedo que, como una sierpe vergonzosa de las que abandonan pequeñas e indefensas su nido en primavera en busca de los ríos, recorría una profunda cicatriz en su brazo. Cuando el dedo marcado por la sangre terminó su sinuoso recorrido, la cicatriz ya no estaba allí.
-¿Tú me curarás a mí? –y en la dulce voz tras la capucha no había sorpresa, no había esperanza. No había nada. Nada salvo miedo. Como miedo hay en el relinchar del potro que ve pasar al lobo persiguiendo a otra presa, como miedo hay en los ojos del vencido al que su vencedor le perdona la vida.
Los habitantes de Marland nunca supieron porque aquel día la Torre de la Fortuna pareció crecer, porque los riscos de la frontera Oeste se hicieron más altos, porque los troncos de las empalizadas de la frontera Sur se afilaron de golpe. No sabían el motivo o por el cual Marland había decidido defenderse, la razón de que su tierra se preparara para la guerra. Atisbaron más allá de las atalayas y no vieron ejército alguno; enviaron espías a los reinos vecinos y no descubrieron preparativo alguno para la contienda.
Quien vive sin algo durante mucho tiempo termina por no poder reconocerlo. Los hijos de Marland, los súbditos de la Señora de la Fortuna, olvidaron que su tierra, su soberana y su verdugo no se defienden del mundo, de los reinos vecinos o de otros enemigos. No les hace falta. Tan solo se defienden del amor.
- No las puedes cerrar y lo sabes –dijo un día el rebelde mientras el verdugo se afanaba por coser de nuevo la herida del vientre que se abría cada noche. Si una tos sangrante no hubiera cortado su frase podría haberse percibido cierta diversión en sus palabras-.
- ¿Cómo lo sabes? - contestó el verdugo arrojando la aguja contra el fuego en un arrebato. Si la furia momentánea no hubiera mudado su tono y la capucha no hubiera tapado sus facciones podría haberse dicho que reía-.
- Porque leí la ley de lo alto del muro –Y de nuevo la voz del rebelde no hacía honor a su rebeldía, caía sobre los oídos del verdugo como las hojas otoñales habían caído sobre sus hombros el día de su fallida ejecución. Ajenas a la historia, ajenas al pasado. Ajenas al dolor, ajenas al drama.
- ¡Y aun así entraste y permaneces aquí! –y lo que debería sonar como un reproche sonó de otra manera. Sonó como el canto de un jilguero, como el ronroneo de una fiera que despierta tranquila. Como el agradecimiento de un fiel que no esperaba recibir un milagro.
- Ya lo había intentado cuando la leí. Ya era pasado –Y está vez el rebelde rio entre estertores- No lo intentes. No tienes por qué hacerlo.
Pero el verdugo de Marland lo intentó. Fuera de la vista de todos lo intentó. Cualquier habitante de los dominios de la Señora de la Fortuna sabe lo que ocurrió durante las siguientes horas, durante las siguientes jornadas, durante las siguientes lunas.
Aunque nadie lo vio, todos saben que el verdugo mantuvo cerradas las heridas del rebelde, las selló con cera y con ungüentos. Que usó el fino pelo del más noble alazán de las cuadras y la más delgada aguja del orfebre real para coserlas.
Los místicos afirman que pidió una oración de sanación; los nigromantes que exigió a punta de espada un hechizo de curación; los físicos llevaron una medicina de cicatrización a base de ajenjo y malvavisco y la dejaron con temor junto a las piedras de la Torre de la Fortuna. Una inclinación de una negra cabeza encapuchada les dio las gracias.
El verdugo puso toda su atención en curar y cerrar las heridas del rebelde y el rebelde quiso ayudarle. Todos lo saben aunque ninguno lo vio. Nadie ve lo que ocurre dentro de la Torre de la Fortuna.
Pero no se cerraron, siguieron sangrando. Por encima del vientre y por debajo del corazón dos tenues regueros de sangre dibujaban sus aciagos arabescos sobre la piel del rebelde.
- No puedes hacerlo –y la voz del rebelde sonó como la de un padre que sabe que su hijo no podrá ascender un risco, como la de un rey que sabe que su paladín no podrá vencer al del enemigo, como la de un traidor que no acepta el perdón. La voz del rebelde sonó como la tristeza.
- Debo hacerlo – y las palabras del verdugo fueron como las de un náufrago que nada hacia tierra en alta mar, fueron como las de un héroe que no puede defender a todo un reino, fueron como las de un moribundo que se arrastra para terminar una obra inacabada. Fueron como la frustración.
- Pues decide lo que eres y lo que quieres ser. Decide entre el miedo y la vida. Decide entre Marland, esta tierra de desamor baldío, y el amor que le han negado a tu patria. Decide entre el tiempo y el riesgo. Decide entre la Señora de La Fortuna y su verdugo.
La mirada del verdugo comprendió a través de las pequeñas rendijas de su capucha. La mirada del rebelde comprendió a través de la tenue niebla de su dolor que el verdugo había comprendido. Y el rebelde se durmió en espera de la muerte o de la resurrección.
Hay una ley más antigua que las leyes de Marland, más antigua que la Torre de la Fortuna, su verdugo y su Señora.
Hay una ley que no está escrita en ninguno de los bloques de piedra negra de los muros externos, ni en ninguno de los ladrillos de oro, ónice y cristal de las paredes internas de La Torre de la Fortuna.
“Las mismas manos que producen una herida no pueden curarla”
Los labios si, pero los labios son la herramienta del amor y en los dominios de la Señora de la Fortuna el amor está prohibido.
Y hay otra ley, una que está escrita en el interior del pináculo más alto de la Torre sobrevolada por un halcón que nunca se posa sobre ella, en la piedra angular dorada y negra que sustenta el arco que mantiene en pie el baluarte inexpugnable por el que quiso descolgarse el rebelde, por el que se ganó su apuesta entre la vida futura y la muerte pasada.
“En la tierra de Marland, la reina, la Señora de la Fortuna, es también el verdugo”.
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