martes, 31 de diciembre de 2013

La Guerra del Tirano III

Y el tirano siguió siéndolo. Siguió en la cumbre de su poder hasta que el terror dejó de ser un arma, hasta que la fuerza dejó de ser la ley. En todos los años que pasaron durmió entre sudor y sobresaltos acordándose de los cinco llorosos niños de pie sobre la desolación y las cenizas en las que se asentaba su poder.
Y luego desapareció. Fingió transformarse, fingió hacerse benévolo, intentó aparentar que no ejercía el poder sino el gobierno y dejó que otros mas queridos por la gente, ejercieran ocasionalmente el gobierno mientras el guardaba el poder.
Visitaba frecuentemente el campo en el que derrotara a los últimos hombres libres de sus dominios, ni buenos ni malos, solamente libres. Y un día fue rodeado por cinco hombres y un niño que lo acorralaron en silencio.
El primero llevaba en la cabeza el casco cornudo y coronado que designa al paladín y rey de los hombres del norte.
- El que se oculta bajo el manto de la fuerza para ejercer un mando que no es suyo ni es de nadie sino de todos –dijo el hombre que, otrora niño, preguntara entre la bruma ¿Quien?-.
El segundo abrazaba un candelabro de oro que iluminaba los templos de los pastores de cabras y no lucía corona. Su dios lo prohibía
- Porque no sabe conversar ni acordar. Porque no permite que otras gentes hagan otras cosas, crean otras cosas o defiendan otras cosas. – afirmo aquel que en una infancia manchada de sangre y sufrimiento había preguntado ¿Por qué?-.
El tercero iba completamente vestido de negro, del turbante a las botas y en su frente brillaba en plata el símbolo de aquel al que consideraba su dios. Esta vez sí le había traído consigo. Los califas siempre llevan a su dios con ellos.
- Cuando olvidamos quiénes somos,  que somos lo qué somos porque hemos elegido serlo y que los demás son lo que son porque han elegido serlo. Cuando creímos que nuestra felicidad estaba más allá del sufrimiento de los otros – aseveró aquel que entre el polvo de los cascos de los caballos de los jinetes del desierto preguntara en su infancia ¿Cuándo?-.
El cuarto lucía en su índiga piel las pinturas doradas y blancas de aquel que conduce las tribus del sur. Su azagaya era triple y su escudo reflejaba la sangre y el mar. En su cinturón los tótem chocaban entre si convocando a los espíritus de los antepasados.
- Engañando y dividiendo, matando y masacrando, esclavizando, encerrando los cuerpos en mazmorras y los corazones en el terror – recitó aquel que, sobre los hombros del más alto de los altos guerreros del sur preguntó, mientras el suelo tronaba bajo los pies de la horda, ¿cómo?-.
El quinto hombre, emplumado y a caballo, no dijo nada. Tan sólo sujetó más fuerte la mano del pequeño que le acompañaba.

Y el tirano tembló. Supo que los secretos de su poder habían sido descubiertos, supo que ahora podían enfrentarle con la estrategia adecuada, aunque él era incapaz de anticipar cual sería esa estrategia. Los que sólo aceptan sus pensamientos son incapaces de anticipar los de los otros.
Buscó desasosegado, miró al norte pero  no diviso las naves dragón, miró al sur pero no percibió los cánticos de la descalza infantería negra; se giró hacia es este pero no distinguió la plata y el plomo del arca de los pastores de cabras; sus ojos se centraron en el desierto profundo y no contempló las nubes de polvo de la caballería nómada y salvaje; se volvió hacia el oeste y no pudo ver el colorido desfile de los guerreros cazadores de las tribus de los lagos y las praderas.
Y por un momento se relajó. Sólo por un momento.
- No vendrán –dijo el rey del norte-.
- Ya no son necesarios – dijo el Rey pastor-.
- Luchamos una vez porque no sabíamos nada. Pero ahora sabemos –dijo el cacique de los hombres negros-
- Ahora te conocemos. No podrás volver –dijo el califa-.
- Pero nadie pudo contaros mi secreto, todos murieron…. –
Más el tirano se interrumpió y comprendió que hay cosas que no deben ser contadas, que no pueden ser contadas, que han de ser vividas. Que se aprenden por el roce de la piel con el dolor.
Los cuatro hombres que habían sido niños se retiraron. Los cuatro reyes que habían preguntado y lo eran por hacerlo se marcharon a vivir con sus pueblos, que lo eran por haber encontrado las respuestas.
El tirano se quedó sólo, enfrentado al jefe de las tribus del oeste que le miró con una conmiseración sólo propia de aquel que no ha llegado a odiar.
- Sólo muere lo que olvidas – dijo y pasó frente al tirano llevando a su hijo de la mano-.
Luego, el que fuera el poder y la gloria, se giró y comenzó a andar cansadamente hacia esa frontera de niebla y viento que algunos llaman La Nada y otros conocen como la historia. Mientras avanzaba resignado escuchó una voz infantil que se dirigía a él
- Señor –gritó el niño del oeste que había nacido guerrero y jinete-, ¿Qué es un tirano?


Y comprendió, aunque tarde, que siempre tiene que haber alguien que recuerde para que otros no se vean obligados a aprender.

La Guerra del Tirano II

La otra linea de batalla la creó el tirano. 
Viéndose amenazado convocó a todo lo que tenía a mano. Sus huestes fueron todo lo numerosas que su dinero pudo conseguir y poseía un tesoro inmenso; todo lo obedientes que el miedo pudo lograr y su capacidad de destilar terror era casi infinita; todo lo mortales que podía hacerlas el odio, y su odio era mil veces la multiplicación de su oro y su miedo sumados.
Pero, aún así, contempló las filas de aquellos que habían dejado de tolerarle, que habían dejado de temerle, que habían dejado de adorarle y temió no poder con ellos. Así que convocó a todos los demás. A todos aquellos a los que incluso el tirano temía.
Aquellos que disfrutaban con la muerte, que sólo podían verse vivos en el espejo de la muerte y el dolor reflejados en los ojos de los cadáveres, acudieron a su llamada. Aquellos que habían hecho una profesión rentable de transformar el mundo en cenizas, que medían su efectividad por el número de bajas, respondieron entusiastas a su convocatoria. Y los fanáticos, ellos también se congregaron bajo su estandarte. Los fanáticos siempre necesitan una causa y un estandarte, aunque estos cambien. 
Y con esas fuerzas, cohesionadas por el terror, disciplinadas por el miedo y motivadas por la enfermedad de la avaricia y el poder y la expectativa de la sangre, presentó batalla.
La batalla fue corta. Intensa, sangrienta y demoledora, pero corta.
Los hombres del norte no reconocieron a su enemigo y en mitad del combate sólo pudieron reconocerse a si mismos y volvieron a ser lo que eran, a dedicarse a la rapiña y el pillaje. De no contestar a la pregunta de quién era el tirano habían dejado de saberlo. Las tribus de pastores reconocieron al enemigo pero olvidaron porqué lo era. Formaron un círculo defensivo en torno al lugar en el que reposaba su dios y desguarnecieron su flanco de ataque. Al ver que la batalla marchaba mal recordaron lo que eran y volvieron a serlo. Intentaron comprar a los mercenarios y estos tomaron su dinero y les seccionaron la garganta; intentaron convencer a los fanáticos y estos les mataron y quemaron sus cuerpos. Los pastores macilentos sucumbieron a millares sin saber cual era el motivo de la lucha. Habían esperado que su dios les dijera porque el enemigo era un tirano y su dios seguía mudo.
Los Jinetes del desierto cargaron con la furia salvaje de sus monturas y sus aceros y, durante un instante, pareció que la batalla cambiaría de signo. Pero nadie entre ellos sabía cuando había empezado el tirano a serlo y por ello eran incapaces de saber cuanto tiempo seguiría siéndolo. Sus brazos se cansaron, sus caballos se agotaron y cayeron uno tras otro entre sudor y estertores de agonía. Y en el cansancio y la derrota se enfrentaron a los fanáticos, envainaron sus cimitarras y cayeron de hinojos acordándose de sus rezos olvidados y su dios abandonado. Le pidieron que les diera la fuerza para vencer a los fanáticos y sus dios les concedió su ruego. Les hizo tan fanáticos como sus enemigos. Por negarse a recordar el principio de la tiranía fueron incapaces de predecir su final.
Los hombres del sur también cayeron. Uno a uno, en silencio, los altos hombres negros fueron masacrados por los mercenarios y los asesinos, fueron diezmados por los hombres que sabían hacer su trabajo. Muchos de ellos ni siquiera utilizaron sus azagayas, otros alzaron sus escudos pero dejaron resquicios por los cuales se deslizaron hasta sus entrañas las armas de sus enemigos. La organización de las falanges del tirano desarzonó el griterío del frente de los hombres del sur. Antes de comenzar a luchar habían olvidado como había llegado el tirano a serlo y por eso fueron incapaces de aprender como tenía que dejar de serlo.
Y los guerreros del Oeste, que no habían conocido al tirano, que no habían olvidado respuesta alguna porque no habían hecho pregunta ninguna, simplemente se sentaron en el campo, fumaron el peyote de la paz, intercambiaron regalos, aceptaron las cuentas y el oro del tirano y bebieron su licor. Quien no hace preguntas no obtiene respuestas.

Al final de la jornada cinco niños quedaban en el campo de batalla.
Los fanáticos quisieron quemarlos vivos pero el tirano no lo permitió. El poderoso quiso encarcelarlos de por vida para evitar el miedo, su miedo, pero los asesinos y los mercenarios no lo permitieron. Hasta los asesinos tienen más honor que los fanáticos y los tiranos.

La Guerra del Tirano I

Los hombres del norte, ávidos de sangre y de aventura, afilaron sus hachas y, pese a tener patentes de corso firmadas y selladas por el tirano que les garantizaban mil vidas de piratería y pillaje, se hicieron a la mar en sus temibles embarcaciones, arrasaron los puertos y hundieron la flota.
Y mientras partían, mientras sus mascarones salían de la bruma para unirse a la lucha, un niño gritó desde una proa. ¿Quién es el tirano? Nadie respondió. En los clanes del norte los niños van a la guerra pero no tienen porque saber quién es el enemigo.

Las macilentas tribus de las infértiles llanuras del oriente más cercano, pese a disponer de cartas de naturaleza otorgadas por el gobernante, pese a atesorar miles de documentos de pago que les permitían esquilmar el tesoro real durante setenta veces siete generaciones, tomaron su oro y su plata, su acero y su plomo, los fundieron e hicieron armas con las que, por primera vez en su dilatada existencia de elegidos, se lanzaron a un campo de batalla con el objetivo de combatir, no de negociar ni de expoliar a los muertos.
Y mientras plantaban sus tiendas y sus pabellones en la llanura en la que debía producirse el combate, mientras se desplegaban las estrellas de sus profetas y las luces de su dios, un niño, encaramado en lo alto de las parihuelas en las que se portaba el catafalco de la divinidad, preguntó ¿Por qué es un Tirano? Nadie respondió. Los pastores de las llanuras pobres conducen a sus vástagos a la batalla pero les ocultan los motivos. Para eso está la voz de dios.
Las salvajes caravanas de hombres de rostro tapado y credo sangriento se subieron a sus monturas, tan salvajes como ellos; ignoraron sus vientos y sus tormentas, tan salvajes como ellos y se despidieron de sus esposas, mucho más salvajes que ellos. Tomaron sus mortíferas hojas curvas, pese a que disponían de salvoconductos garantizados por el dictador que les hubieran permitido trasladar en caravana todos sus asentamientos de un lugar a otro del imperio y, sin que sirviera de precedente, olvidaron sus rezos, olvidaron a su dios y se lanzaron a la lucha.
Y mientras los corceles piafaban nerviosos esperando la arremetida del enemigo entre el polvo y bajo el sol, un niño bramó por encima del trueno de los viejos dioses ¿Cuándo comenzó a ser tirano? Nadie respondió. Los guerreros de las tierras baldías y el desierto ardiente aceptan a sus niños en sus batallas pero rara vez les dan acceso a su pasado.
Los oscuros señores del sur disponían de miles de hombres y decenas de miles de mujeres que vender en los zocos de esclavos de la costa, tenían garantizado por promesa de sangre del tirano el comercio de esclavos. Podían vender a buen precio todo el oro y las gemas que la sangre, el sudor y el látigo podían proveer al tesoro del gobernante, pero pese a ello se pintaron la cara, se tatuaron el cuerpo, se mancharon los dientes y caminaron hacía el campo de batalla.
Afilaron sus azagayas, cargaron con los tótemes de sus antepasados y entonaron sus cánticos, bailaron sus danzas e hicieron sus sacrificios. Podrían haber seguido cazando fieras para los circos, reses para los banquetes y hombres para las galeras, pero se pusieron en marcha y acabaron con las atalayas y las plazas fuertes que encontraron.
Y mientras hacían sonar sus pies golpeando contra el suelo como si esperaran conseguir que la tierra se abriera  y se tragara al enemigo, un niño, subido a los hombros de más alto de los más altos guerreros negros del sur preguntó ¿Cómo se hizo tirano? Nadie respondió. Los hombres negros del sur convocan a sus hijos a las armas pero no le informan sobre como enfrentarse al enemigo. Para eso están los espíritus.
Los primitivos hombres del oeste no tenían nada. Nadie había firmado tratado, acuerdo, convenio o paz con ellos. No tenían nada que el tirano necesitase y él no tenía nada que ellos quisieran. Los bisontes seguirían allí hasta el fin de los días, el alcohol y las joyas no les servían de nada. No había motivo para el trueque ni causa para el peyote sagrado de la hermandad.
Pese a ello o quizás por ello, se tocaron con sus plumas, bendijeron a sus caballos con su propia sangre, tomaron sus arcos y cabalgaron junto con sus mujeres, sus ancianos y sus niños a una batalla que no debería ser la suya, que no debería ser la de nadie. Ninguno de los niños preguntó nada. Los guerreros del oeste nacen guerreros. Por eso guardan las preguntas para los momentos adecuados.

Y así se estableció una de las líneas de batalla.

lunes, 30 de diciembre de 2013

La Canción del Verdugo II

Pero ni siquiera en La Tierra de Marland, ni siquiera en los páramos donde el bálsamo del amor no puede cicatrizar las heridas, donde la medicina del cariño no puede evitar que mane la sangre, herir es sinónimo de matar.
Unos dicen que las palabras del rebelde impidieron que el verdugo girara su espada en el tajo del corazón, otros dicen que la traición había endurecido el corazón del rebelde y por eso la espada del verdugo no penetró lo suficientemente hondo.
Las comadres explican a quien quiera escucharlas que de todos es sabido que si un hombre ha amado lo suficiente su vientre es más duro y robusto y se encuentra por debajo del ombligo, algo que no tuvo en cuenta el verdugo. Los místicos defienden que la traición endurece las entrañas y eso permitió que el vientre del rebelde resistiera el impacto del acero del verdugo.
Lo que saben todos es que los más hábiles espadachines están en los salones reales o en los torneos regios. Que los más firmes a la hora de empuñar el acero comandan las huestes de la Señora de la Fortuna o entrenan a sus cadetes.
Todo el mundo sabe que el verdugo no es el mejor espadachín del reino. Es el más fiel quizás, pero no el más hábil. Simplemente es el único que blande su espada sin preguntar por qué ni exigir un motivo.
Así que, sea como fuere, la estocada del vientre penetró muy alta y la del corazón salió muy baja. Hubo sangre como sabía el verdugo, hubo dolor como sabía el rebelde, pero no hubo muerte como esperaban los dos.

Toda la procesión que había seguido y atendido la ejecución se maldijo a lo largo de sus vidas por ese día, por ese oportunidad.
Se maldijo por no permanecer un instante más comentando ese momento de espectáculo y muerte; se maldijo por no haber realizado allí mismo una plegaria por el alma del verdugo a los antiguos dioses o por la del rebelde a los nuevos; se maldijo por volver a su vida y sus quehaceres un instante antes de que el verdugo, mientras limpiaba el filo de su espada en sus negros ropajes, escuchara el gemido del rebelde.
Y se maldecirán por haber perdido la ocasión de ver lo inconcebible. Un verdugo salvando la vida de un ajusticiado.
Pero en la tierra de Marland  hasta lo inconcebible está escrito en las piedras de La Torre. La Señora de la Fortuna no puede permitirse dejar nada a la casualidad. No puede arriesgarse a que el viento de lo nuevo, de lo inesperado, barra las planicies de sus dominios.
Novedad es ilusión; ilusión es imaginación y quien imagina puede desear. El deseo es la puerta de entrada del amor. Y la Señora de la Fortuna no se arriesga al amor. Ya no.
Así pues, el verdugo no ejerció compasión. Alguien que mata por amar no es permeable al amor. Al menos eso dicen.
El verdugo hizo lo que hizo porque así estaba escrito que lo hiciera en la piedra que ocupaba el sexto lugar entre el suelo y el cielo de Marland: “El verdugo se ocupará del cuerpo del ajusticiado”. No especificaba si tenía que estar vivo o muerto y lo que no existe en la ley no existe en Marland.
De ese modo, el verdugo tomó el cuerpo del rebelde y lo condujo al interior de la Torre de la Fortuna. La multitud también se maldijo por no estar presente para poder contar como lo hizo.
Los ojos de rebelde se abrieron al tiempo que su espina dorsal sentía el latigazo del dolor de sus heridas. Fijó la mirada y contempló lo que ya había visto antes. Aquella estancia cuya visión le había llevado al cadalso.
Otro dolor, menor, más sordo, le apartó de la contemplación de la habitación y su mobiliario y le hizo volver sus cansados y casi muertos ojos a sus heridas.
El verdugo trabajaba en los cortes con intensidad. Sus dedos largos y fibrosos intentaban mantener unidos los bordes de la herida del vientre para evitar que la sangre siguiera manando. Se afanaba por mantener unida la carne hasta que las flores rojas que crecían sobre ella se hicieran pequeñas y se marchitasen.

- No voy a morir por esto – la sonrisa del rebelde fue tan dolorosa como el aliento de un muerto-.

- Eso me temo – y la voz del verdugo seguía sonando dulce bajo su capucha. Seguía siendo un arrullo cuando debía haber sido un ladrido- Incumpliste la ley.

- No es mi ley –la sonrisa del rebelde no desapareció pero cambió. Se hizo retadora, insostenible- Y tampoco es la tuya.

- Sí es la mía –y la dulzura de la voz del verdugo se perdió, se hundió hasta perderse en una expresión que casi podía adivinarse a través de su capucha. Se transformó en tristeza- Tiene que serlo. No hay otra manera.

El rebelde no dijo nada. No había nada que decir. Como el invierno no dice nada cuando llega o el verano no se despide cuando se marcha.
Suspiró con el dolor de las heridas, resopló con el escozor de los emplastos que el verdugo le aplicaba y miró, solamente miró. Como lo hacen los refugiados en su huida, como lo hacen los derrotados en su rendición.
Y es entonces cuando dicen los que saben todo lo que se puede saber que vio la sangre, que vio las cicatrices.
Fue a través de esa mirada en la derrota cuando contempló las ennegrecidas marcas de cientos de cortes recorrer bajo la camisa los brazos del verdugo, las blanquecinas secuelas que en la piel del verdugo habían dejado decenas de cicatrices.
Fueron sus ojos, semicerrados por el dolor de la herida y el malestar de la cura, los que observaron como algunas de esas marcas, antiguas como solo puede serlo una herida de guerra, aún palpitaban, hinchadas en rojo, intentando expulsar el veneno y la pus que habían acumulado al cerrarse en falso.

- Vaya –comentó el rebelde antes de desmayarse, pasando el dedo por una de esas cicatrices sangrantes-, Al final resulta que sí moriste con ellos.

- No morí con ellos –contestó el verdugo a un rebelde ya dormido mirando a su alrededor como si hablara al aire, como si se dirigiera a las leyes labradas y cinceladas en las paredes de La Torre de La Fortuna-, todos y cada uno me mataron.

Las gentes de Marland susurrarán durante generaciones lo que pasó después. Cada uno tiene su versión, cada uno tiene su interpretación.
Como todas las voces que hablan sin conocer, que explican sin vivir y que comentan sin experimentar, todos dicen saber y comprender lo que ocurrió. Pero nadie lo sabe. La Torre de La Fortuna seguía cerrada a piedra y lodo y el amor seguía prohibido en las tierras de Marland.
Durante semanas, quizás durante estaciones, nadie salvo el halcón vigía conoce la medida del tiempo dentro de la Torre, el rito se repitió una y otra vez.
Cada día el rebelde llamaba a su verdugo en medio del dolor, le buscaba sin ser consciente de ello, le tocaba sin darse cuenta, clamaba por él y su presencia hasta que aparecía, como las ramas claman por las hojas, como los labios claman por los besos.
Cada día el verdugo buscaba a su reo, acudía cuando no le llamaba. Sonreía tras su negra capucha cuando él le increpaba, permitía que sus dedos, inconstantes, trémulos y fugaces, pasaran por su piel. Intentaba cerrarle las heridas que seguían sangrando.

- No puedes cerrarlas y lo sabes – y el cuerpo del rebelde se relajó como si ya se hubiera acostumbrado a la cadencia de las contracciones de su dolor y de la huída de su sangre. Como si tuviera razón-.

- No pueden sangrar para siempre. No deben hacerlo –y la capucha se estremeció sobre los hombros del verdugo como si aquel que la portara realmente dudara de sus palabras-.

- Ni las tuyas tampoco – y el verdugo siguió con la mirada la yema del dedo que, como una sierpe vergonzosa de las que abandonan pequeñas e indefensas su nido en primavera en busca de los ríos, recorría una profunda cicatriz en su brazo. Cuando el dedo marcado por la sangre terminó su sinuoso recorrido, la cicatriz ya no estaba allí.

-¿Tú me curarás a mí? –y en la dulce voz tras la capucha no había sorpresa, no había esperanza. No había nada. Nada salvo miedo. Como miedo hay en el relinchar del potro que ve pasar al lobo persiguiendo a otra presa, como miedo hay en los ojos del vencido al que su vencedor le perdona la vida.

Los habitantes de Marland nunca supieron porque aquel día la Torre de la Fortuna pareció crecer, porque los riscos de la frontera Oeste se hicieron más altos, porque los troncos de las empalizadas de la frontera Sur se afilaron de golpe. No sabían el motivo o por el cual Marland  había decidido defenderse, la razón de que su tierra se preparara para la guerra. Atisbaron más allá de las atalayas y no vieron ejército alguno; enviaron espías a los reinos vecinos y no descubrieron preparativo alguno para la contienda.
Quien vive sin algo durante mucho tiempo termina por no poder reconocerlo. Los hijos de Marland, los súbditos de la Señora de la Fortuna, olvidaron que su tierra, su soberana y su verdugo no se defienden del mundo, de los reinos vecinos o de otros enemigos. No les hace falta. Tan solo se defienden del amor.

- No las puedes cerrar y lo sabes –dijo un día el rebelde mientras el verdugo se afanaba por coser de nuevo la herida del vientre que se abría cada noche. Si una tos sangrante no hubiera cortado su frase podría haberse percibido cierta diversión en sus palabras-.

- ¿Cómo lo sabes? - contestó el verdugo arrojando la aguja contra el fuego en un arrebato. Si la furia momentánea no hubiera mudado su tono y la capucha no hubiera tapado sus facciones podría haberse dicho que reía-.

- Porque leí la ley de lo alto del muro –Y de nuevo la voz del rebelde no hacía honor a su rebeldía, caía sobre los oídos del verdugo como las hojas otoñales habían caído sobre sus hombros el día de su fallida ejecución. Ajenas a la historia, ajenas al pasado. Ajenas al dolor, ajenas al drama.

- ¡Y aun así entraste y permaneces aquí! –y lo que debería sonar como un reproche sonó de otra manera. Sonó como el canto de un jilguero, como el ronroneo de una fiera que despierta tranquila. Como el agradecimiento de un fiel que no esperaba recibir un milagro.

- Ya lo había intentado cuando la leí. Ya era pasado –Y está vez el rebelde rio entre estertores- No lo intentes. No tienes por qué hacerlo.

Pero el verdugo de Marland lo intentó. Fuera de la vista de todos lo intentó. Cualquier habitante de los dominios de la Señora de la Fortuna sabe lo que ocurrió durante las siguientes horas, durante las siguientes jornadas, durante las siguientes lunas.
Aunque nadie lo vio, todos saben que el verdugo mantuvo cerradas las heridas del rebelde, las selló con cera y con ungüentos. Que usó el fino pelo del más noble alazán de las cuadras y la más delgada aguja del orfebre real para coserlas.
Los místicos afirman que pidió una oración de sanación; los nigromantes que exigió a punta de espada un hechizo de curación; los físicos llevaron una medicina de cicatrización a base de ajenjo y malvavisco y la dejaron con temor junto a las piedras de la Torre de la Fortuna. Una inclinación de una negra cabeza encapuchada les dio las gracias.
El verdugo puso toda su atención en curar y cerrar las heridas del rebelde y el rebelde quiso ayudarle. Todos lo saben aunque ninguno lo vio. Nadie ve lo que ocurre dentro de la Torre de la Fortuna.
Pero no se cerraron, siguieron sangrando. Por encima del vientre y por debajo del corazón dos tenues regueros de sangre dibujaban sus aciagos arabescos sobre la piel del rebelde.

- No puedes hacerlo –y la voz del rebelde sonó como la de un padre que sabe que su hijo no podrá ascender un risco, como la de un rey que sabe que su paladín no podrá vencer al del enemigo, como la de un traidor que no acepta el perdón. La voz del rebelde sonó como la tristeza.

- Debo hacerlo – y las palabras del verdugo fueron como las de un náufrago que nada hacia tierra en alta mar, fueron como las de un héroe que no puede defender a todo un reino, fueron como las de un moribundo que se arrastra para terminar una obra inacabada. Fueron como la frustración.

- Pues decide lo que eres y lo que quieres ser. Decide entre el miedo y la vida. Decide entre Marland, esta tierra de desamor baldío, y el amor que le han negado a tu patria. Decide entre el tiempo y el riesgo. Decide entre la Señora de La Fortuna y su verdugo.

La mirada del verdugo comprendió a través de las pequeñas rendijas de su capucha. La mirada del rebelde comprendió a través de la tenue niebla de su dolor que el verdugo había comprendido. Y el rebelde se durmió en espera de la muerte o de la resurrección.


Hay una ley más antigua que las leyes de Marland, más antigua que la Torre de la Fortuna, su verdugo y su Señora.
Hay una ley que no está escrita en ninguno de los bloques de piedra negra de los muros externos, ni en ninguno de los ladrillos de oro, ónice y cristal de las paredes internas de La Torre de la Fortuna.
“Las mismas manos que producen una herida no pueden curarla”
Los labios si, pero los labios son la herramienta del amor y en los dominios de la Señora de la Fortuna el amor está prohibido.
Y hay otra ley, una que está escrita en el interior del pináculo más alto de la Torre sobrevolada por un halcón que nunca se posa sobre ella, en la piedra angular dorada y negra que sustenta el arco que mantiene en pie el baluarte inexpugnable por el que quiso descolgarse el rebelde, por el que se ganó su apuesta entre la vida futura y la muerte pasada.

 “En la tierra de Marland, la reina, la Señora de la Fortuna, es también el verdugo”.

La Canción del Verdugo I

El rebelde caminaba tranquilo.
La procesión que le seguía era lenta como un meandro de almas, lenta como sólo lo es el camino hacia la muerte. Pegajosa como un ungüento en mal estado, untuosa como suele puede serlo la lengua de la mentira.
Los susurros y las voces se agolpaban en el borde del camino sin prestar oídos a los otros susurros y las otras voces que sonaban con ellos. Todos tenían algo que decir mas ninguno tenía nada que escuchar.
Pero el rebelde caminaba tranquilo. Ni miedoso, ni desafiante; ni erguido, ni encogido; ni orgulloso, ni avergonzado. Simplemente tranquilo, como tranquilo era el desabrido caer de los otoñales despojos en torno a él, en torno a todos.
Como tranquilas eran las caricias que en sus hombros, sus brazos y su rostro depositaban los marchitos harapos, que en un antaño cercano fueran verdes hojas, al caer de los mudos árboles que saludaban su paso. Las caricias de las hojas eran los únicos mimos que el rebelde recibía en su tranquilo caminar. Son los únicos afectos que están permitidos en la tierra de Marland.
En Marland, el amor está prohibido.
 El amor no gana batallas ni siega las mieses en verano e invierno o siembra las semillas en otoño y primavera. El amor no llena las despensas ni asusta a los enemigos. No refuerza las murallas ni engrandece los castillos. El amor no tiene utilidad en las vastas llanuras y los recónditos montes de la tierra de Marland, así que está prohibido. Ha sido negado para siempre y eso todos lo saben.
Y ahora, mientras se detiene frente al muro de la Torre de la Fortuna, mientras sonríe a la negra piedra de espaldas a una multitud que ha cejado en su intento de hacerse oír y contiene la respiración, el rebelde también lo sabe.
La Torre de la Fortuna es el centro de Marland. Su piedra es negra y antigua, su altura es casi infinita. Dicen que ni los cuervos habitan en ella, dicen que ningún ser humano o animal se atreve a posarse en ella demasiado tiempo, dicen que hasta los dioses se niegan a llorar o reír sobre ella.
Pueden decir lo que quieran. Nadie ha traspasado el umbral de la Torre de la Fortuna. Nadie lo ha intentado jamás. Demasiado riesgo, demasiado esfuerzo.  Nadie salvo el rebelde.
Y el rebelde sonríe mientras se detiene un instante en su camino hacia el patíbulo.
La Torre es el centro de Marland porque es el lugar en el que se encuentran sus leyes. Unas leyes tan antiguas como la tierra que rigen, unas reglamentaciones tan inmutables como la piedra en la que están cinceladas. Una encima de otra, en una oscura superposición de principios sin finales, de órdenes sin respuestas, de obligaciones sin recompensa.
Pero nadie ha subido tan alto como para leerlas todas, como para fijar su mirada en las palabras grabadas en la piedra angular del arco más alto, en el bloque que remata la almena más elevada. Dicen que sólo un halcón, que vuela incansable en círculos sobre el baluarte, ha leído la primera de las reglamentaciones. Aquella que prohíbe amar.
El halcón y el rebelde.
Todos saben que el rebelde intentó entrar en la torre y todos saben que la torre no tiene puertas ni ventanas, tragaluces ni sumideros. La torre está cerrada y siempre lo estará. Ha decidido estarlo. La Señora de Marland no permite que sea de otro modo.
Pero todos saben que el Rebelde intentó entrar en ella.
Imaginan que escaló la dura y fría piedra con sus propias manos. La torre tampoco tiene asideros para cuerdas o cadenas. Imaginan que ascendió con los dedos sangrando y las rodillas desolladas del roce contra los oscuros muros.
E imaginan que llegó a lo alto, leyó La Primera Orden, y entró.
Por eso callan cuando sonríe, por eso contienen el aliento cuando el rebelde aparta las caricias de las hojas otoñales y se gira para enfrentar sus miradas ansiosas de muerte y espectáculo. Ávidas de patíbulo.
Creen que el rebelde sabe y por eso sonríe. Y el rebelde sonríe porque sabe que ellos creen que sabe y el sabe que no sabe.
Ascendió sangrando y riendo hasta lo más alto del muro y se sentó a horcajadas sobre La Piedra de la Primera Orden, pero no la leyó. No le importaba. Él quería entrar.
Cuando se vuelve hacia la multitud él sabe que nunca penetró en los secretos de La Torre de la Fortuna. Intentarlo va acostarle la vida. Lograrlo le hubiera costado el alma. Y hubiera pagado a gusto con su alma.
La serpiente de escamas humanas que acompaña al espectáculo de la muerte se detiene y suspira cuando el rebelde se gira, dando la espalda al muro, a la piedra que en la base de la torre contiene, grabada con un cincel y un martillo de oro, La Ultima Ley. Aquella que todo condenado debe leer.
Creen que será rebelde hasta el final y se negará hacerlo. Pero de nuevo se equivocan.
El Rebelde habla con una voz tan tranquila como lo ha sido su sonrisa; con un tono tan reposado como lo ha sido su caminar entre las caricias de las muertas hijas del otoño.

- “Toda sentencia a muerte la ejecutará el verdugo, al pie de la Torre de la Fortuna, atravesando en el pecho y el vientre al sentenciado, causándole la herida en el cuerpo y el alma que le arranque la vida”.

Y el rebelde calla. Y la multitud comprende.

Comprende por qué no tiene que leer y puede recitar de memoria cómo se ejecutará su sentencia. Comprende que siempre supo que ese sería su castigo. Comprende que siempre intuyó que su rebelión estaba llamada a la derrota.
Y el murmullo se transforma en alarido cuando descubren que esa comprensión les lleva a una incomprensión aún mayor. Les lleva a desconocer los motivos del rebelde.
En una tierra que no ama, los motivos del amor son siempre un acertijo indescifrable.
Pero el alarido se congela en los rostros, como el amor se congeló hace eones en las tierras de Marland. Se detiene y muere cuando aparece el verdugo. Surge de entre las sombras de donde no debería haber nadie, de donde no debería surgir nadie.
Algunos dicen que habita en la torre y entra y sale de ella por antiguos arcanos olvidados hace tiempo. Tan olvidados que hasta el más viejo terrón de la tierra de Marland ha olvidado que los ha olvidado.
Otros dicen que es el halcón que revolotea siempre sobre la torre sin posarse. El Rebelde conoce la verdad, él si la conoce, por eso ha de morir. Por eso sonríe.

- No dolerá, será rápido – la encapuchada voz del verdugo es dulce. Como debería ser la voz de una amante. Como debería ser la voz de un esposo. Como debería ser la voz del amor-.

- ¿Cómo lo sabes? – la voz del rebelde es triste. Como debería ser la voz de un enamorado, como debería ser la voz de una viuda, como debería ser la voz de un pretendiente rechazado. Como debería ser la voz del dolor-.

- He matado a otros y no ha habido dolor

- Pues yo he muerto antes y siempre lo ha habido.

- No conmigo. Yo mato sin dolor.

-  Eso está bien –y la voz se transforma en sonrisa- ¿Moriste con aquellos a los que mataste?

La espada del verdugo se clava dos veces en la tierra de Marland, el reino donde el amor está prohibido.