domingo, 7 de diciembre de 2014

Diario de Mentiras II


Me asomo a la puerta de la habitación y el aire acondicionado me refresca. Bajo rápido las escaleras con la bolsa de viaje en la mano y la sonrisa del llanto que no me aguanto porque no lo merezco en el rostro. Salgo a la calle.
 El calor me golpea el cuerpo y el rostro con la fuerza del flagelo de una estrella errante. Es más abrumador en cuanto que se hace sorprendente a esas horas de la mañana, cuando el sol no debería ser aún un enemigo y el frescor no debería batirse en retirada.
Sólo la sombra de los edificios, aún amplia, permite a mi cuerpo y a mi cabeza despejarse y volver a colocarse en su sitio.
Son edificios antiguos, ya eran antiguos cuando la historia era joven. Es un bonito entorno. La solidez es hermosa. La piedra que ha resistido a lo largo de los siglos es bella. Lo es porque resiste, porque no cambia, porque no necesita de nadie para resistir.
“Pero precisa de muchos para cambiar”. De nuevo los pensamientos. De nuevo lo que no quiero, lo que no ansío en este momento. De nuevo esa voz interior con la que dialogo cuando quiero y que me asalta cuando no la busca.
Las casas solariegas, las pequeñas casitas de piedra, los palacios, el hotel. Todo ha sido bello, todo tuvo tiempos mejores y peores, todo sigue, todo resiste. Como yo.
Aflojo el paso, convierto la carrera en paseo. Convierto la huida en despedida muda y tranquila. No se puede correr cuando el tiempo ni siquiera camina. Respiro hondo y recuerdo otras veces que he respirado hondo el aire de la historia, el suave fluir de los pasos sobre los pasos invisibles de aquellas que caminaron por los empedrados antes que yo.
Sigo la línea que marca la frescura de la sombra de las piedras y loa árboles. Al fin y al cabo los árboles son piedras. Tampoco ellos dejan que la vida les afecte más allá de sus ritmos. No hasta que la muerte les llega. Pero las piedras no mueren. Continuo apenas alejada del bochorno incipiente, del sudor repentino. No miro hacia atrás. No hay nada que mirar. Sólo la risa de La Sombra, sólo la decepción. Pero La Sombra no está. Nunca está cuando la vida me asalta, nunca se presenta cuando mis ojos miran más allá de mi. Sólo me escucha, solo me mira cuando, con los párpados cerrados, miro hacia mi misma, cuando en el calor de mis sábanas y el olor de mi propio cuerpo me conduce hacia el sueño. Por eso, quizás por eso, los sueños son importantes para mí. En mis sueños siempre estoy yo.
Cierro un instante los ojos y los abro antes de que surja la presencia, de que los susurros se hagan presentes, antes de que el deseo de hablar conmigo misma se haga ineludible. Tengo cosas que hacer. Me impuesto nuevas cosas que hacer para no seguir haciendo aquello que no quiero seguir haciendo.
Camino por la avenida asfaltada para el turismo y aquellos que llegan a perderse del mundo y de si mismo como he hecho yo. Para aquellos que prevén los actos, las diversiones y los resultados como el hombre que sigue durmiendo consigo mismo.
Cada paso de mis cansados tacones me marca una nueva actividad, un nueva marca en el calendario rehecho a toda prisa. Ducharse, dar de comer a Laila, cambiarse. Demasiadas cosas para tan poco tiempo. Demasiado rápido se enciende el día cuando se decide que es un día normal, que la magia anticipada no existe, demasiado acelerado para lo que necesito, para lo que esperaba.
La vida nunca corre al ritmo que preciso. Siempre se acelera cuando no debería moverse. Siempre se para cuando no debería estar quieta. Siempre cambia de marcha sin avisar. Siempre se detiene sin anunciarlo. Como mi coche.
¡Mi coche! Debería estar dos esquinas más adelante. Cuando lo aparqué mire el nombre de la calle, lo apunté mentalmente. Pero ahora no puedo recordarlo. Lo intento y se me viene a la cabeza la estúpida letra de una estúpida canción. Ni siquiera se dónde la he oído ¿Por qué no recuerdo el nombre de la calle y si la canción? ¿Por qué nada se ajusta a tus necesidades cuando necesito que lo haga?
Cuento las esquinas y giro. Atisbo en la lejanía. Lo veo entre un BMW y un Corsa tuneado, de esos de alerón y llamas negras y rojas, de esos de música a tope y llantas cromadas.
Veo mi coche entre  la opulencia y el sinsentido, entre la avaricia y la soberbia, entre la indiferencia y la ignorancia ¿de dónde me salen esos pensamientos? No tengo tiempo para ellos. Menos mal que la previsión te hace acudir a tus deseos en tu propio coche. Menos mal que no me entrego hasta ese punto al ansia de mis necesidades.
Ahora lo recuerdo. Lo dejé aparcado junto  la parada del autobús. De un autobús. Una línea que no conozco. Pero todo autobús es un autobús. Todos llevan a algún sitio demasiado lejos de donde quieres ir y demasiado cerca de a donde no quieres llegar.
¡Y me acuerdo ahora! Ahora que ya lo he visto.
 Ducharse, dar de comer a Laila, cambiarse. Acudir a citas cotidianas demoradas y evitadas para poder llegar a esta que era una necesidad, una elección, una posibilidad. Demasiadas cosas, acelero el paso. De correr para huir a correr para llegar. El caso es correr. El sino es correr.
Camino tras la marquesina de la parada a paso de campaña, a toda la velocidad que mis tacones y mis piernas me permiten. Mis tacones mucho más que mis piernas.
Algo me vibra junto al muslo derecho. Podría hacer y hacerme mil bromas ocurrentes sobre ese pensamiento. Todas dejarían mal al hombre que duerme en el hotel. Pero tengo mucha prisa y he recuperado muy poca materia gris del gasto de la noche. Simplemente sonrío. Sonreír no me hace perder tiempo.
El móvil. El puto móvil.
Lo saco. Tres mensajes. Dos llamadas pérdidas. Los restos y carroñas de una de esas noches en las que no quiero ser encontrada porque no quiero ser buscada; los cadáveres de otra de tantas veces en las que ansío perderme para no recordarme.
Los dedos se me mueven sobre la pantalla, sobre las teclas, con la rápida y precisa pulcritud de aquellos que vivimos pegados a este trasto, como los hoplitas viven, luchan y mueren fijados a su escudo. Como los cobardes prosperan apegados a sus miedos, como los verdugos sobreviven escondidos tras sus máscaras.
La pantalla funde a negro como una película mala de los años cincuenta. ¡La puta batería, el puto móvil de mierda! ¿Porque digo tantos tacos?
 En realidad no los he dicho, sólo los he pensado. Cierro los ojos. No estoy cansada. No he hecho nada lo suficientemente agotador como para cansarme. Pero quiero dormir, ansío dormir.
Vuelvo a cerrar los ojos y el olor a pan que se está haciendo casi me traslada de forma repentina al sueño que estoy deseando. Con los parpados cerrados protegiéndome del mundo veo unas manos que vuelan sobre un teclado negro, como poseídas, como escribiendo a contrarreloj una profecía condenada a permanecer por siempre inacabada. Veo esos dedos y escucho de nuevo los tonos que me acompañan, los susurros que me llenan cuando el sueño me llega. No los entiendo, no estoy dormida, no puedo entenderlos, se que están ahí, se que es la Sombra, se que es ella intentando que la escuche. Pero yo no la escucho, no puedo hacerlo por mucho que lo desee. No puedo caer dormida en mitad de la calle de un pueblo medieval, por mucho que el tiempo casi esté detenido en la historia de la calle en la que mi coche está aparcado.
Veo las manos y escucho los susurros. No se o no recuerdo a quien pertenecen las manos escribientes. Pero susurros y manos no pertenecen al mismo ser, a la misma sombra ¿o quizás sí? Seguro que no. Abro los ojos de golpe y muevo la cabeza para apartar imágenes y sonidos de mi mente, para alejarme de mis sueños.
Aún sigo queriendo dormir. Aún sigo deseando que vuelvan ambas cosas. Quizás ambas cosas no.
Siempre me ha gustado dormir. Siempre he querido hacerlo.
El sol se filtraba indeseado y distante por una persiana de madera en una habitación de adolescente cuando descubrí que yo era yo mientras dormía. Un instante después sentí el agua fría impactando contra mi cara.
Me resulta un esfuerzo de concentración recordar aquella habitación. Recordar sus detalles, sus cuadros, la textura y la forma de sus muebles, pero no tengo que hacer esfuerzo alguno para que a mi mente acuda la figura que dibujó el agua cuando calló desde mi rostro y mi pijama hasta el suelo. Algo que parecía un caballo rampante.
Es posible que el entorno no sea importante en el recuerdo pero el agua sí. El entorno siguió inmutable pero el agua desapareció después de obligarme a dejar de ser yo misma, después de obligarme a dejar de dormir, de soñar. Fue el agua y no la habitación, y no el cuadro con anclas y motivos marinos, y no la muñeca olvidada lo que me hizo odiar aquello que me obligaba a dejar de ser yo misma.
No recuerdo los sueños. Los sueños se recuerdan cuando es necesario recordarlos o cuando forman parte de la vida. Como los frutos helados que caen ya no forman parte del árbol, esos sueños ya no forman parte de mí. Pero el sueño, su esencia, sí.

Descubrí que mi sueño era vida cuando supe que lo controlaba, que siempre podía hacerlo. Bueno casi todos. A decir verdad todos menos uno.

Diario de Mentiras I

Ha sido uno bueno. Rabioso, enfebrecido, paliativo, terapéutico.
De esos que parecen que curan pero sólo atenúan; de esos que, de repente, se muestran programados en la mente y el cuerpo, como lavar el coche o acudir al dentista aparece en la agenda del móvil. De esos que se buscan y se encuentran sencillos, que parecen urgentes y son irrelevantes, que suenan necesarios y son intrascendentes.
 De esos que te recomiendan las amigas cuando lloras y te exigen los enemigos cuando gritas. De esos que ponen vaselina en las heridas y no pueden cerrarlas, que se piensan deprisa y apenas si se sienten.
 De esos en los que nada pides por no tener conciencia de que debas dar nada, que arrojas al olvido, que fuerzas al silencio.
De esos que me escondo a mi misma y arrojan los recuerdos al ghetto de lo absurdo y de lo innecesario, de esos que me obligan a olvidarme a mi misma y a mentirme a los otros. De esos que me miento.
De esos que hacen chascar la lengua y tuercen la sonrisa cansada de aquellos que te saben, te conocen y, hasta a veces, te escuchan.
 De esos que me empeño en usar de medicina sabiendo que no curan, de esos que me sostienen viva cuando aún estoy muerta.
Me despierto despacio. Hago por despertarme a un ritmo inusualmente lento para volver a depositar en orden dentro de mi cabeza todo lo que me vi obligada a arrancar anoche para dejar espacio a las burbujas de la cola y el alcohol de los rones. Algo áspero me roza la cara y por un momento no lo identifico.
Mi gata no está aquí. No puede estarlo. No he podido olvidar tantas cosas. No hay nada más humano que temer lo desconocido y por so me tenso y el ritmo de mi despertar se acelera hasta que me deja sentada en la cama, aun sudorosa, aún desnuda. La barba que me ha rozado no es poblada, es una de esas de pocos días, que algunos de los hombres se dejan y se cuidan. El cuerpo es perfecto. O casi. La perfección no existe. Eso lo sé por mi.
Estoy tentada de recorrer con el dedo su torso, depilado y contorneado por un ritmo de gimnasio moderadoconstante. Pero no lo hago. Demasiado íntimo, demasiado personal. Un sentimiento puede escaparse, provocarse o fijarse moviendo un solo dedo sobre un pecho desnudo. 
No puedo evitar sacar esa sonrisa mía torcida y displicente, esa de cuando no me creo ni yo misma en lo que estoy pensando, en lo que estoy diciendo a mi razón para darme razones. Sonrio al darme cuenta de que pasar un dedo por un pecho masculino desnudo no puede ser más intimo que lo que hemos estado haciendo una parte de la noche. Y hemos hecho bastantes cosas.
No le conozco. En realidad sí. Le he conocido desde siempre o eso creo. O eso me parece. Pero no tengo que volver a verle si no quiero. Eso está bien. ¿por qué una voz me dice que no. No lo está. No para ti. No porque sí?
Pero estoy segura que esa voz que repite tan inoportuno mantra en mi cabeza es producto de los últimos estertores de borrachera en forma de garganta reseca y los primeros espasmos de una resaca que gira como los tornillos de un gato que me aprietan las sienes. Pienso en ducharme pero no se en donde está la ducha. No recuerdo apenas en donde esta la puerta.
Recupero deprisa mi ropa y me la pongo a toda prisa, como me la quitaron y lo hago en silencio, sin ruido. La celeridad y el silencio son ritos necesarios en la huída. 
Recojo el vestido del suelo como quien tomara una bolsa de plástico para arrojar los desperdicios de un picnic dominguero. Ha permanecido toda la noche en el suelo, sostenido en una posición inverosímil sobre las botas, como formando una tienda de campaña que escondiera todo lo pasado y postrero que me ha llevado a quitarme la ropa. 
Sacudo la cabeza.
No tengo tiempo para metáforas filosóficas ni para arrastrar mi mente con símiles baratos entre un polvo y mi vida. Acelerada, innecesario, irrelevante, repetitiva… Vuelvo a sacudir la cabeza.
Es el vestido marrón, el que me pongo a veces para estas ocasiones, ese que realza el escote, mantiene al descubierto las piernas e insinúa todo aquello que el gimnasio, la genética y la dieta mantienen en condiciones de insinuar.
Conserva aún el olor, ahora repulsivo e intolerable, del alcohol derramado y el alcohol ingerido. Igual que mi piel, igual que el sudor desperdiciado que ahora impregna las sábanas de una cama que no conozco y no me reconoce.
Todo parece saturado de ese olor que ahora me persigue. Es como si quisiera recordarme lo que trato de olvidar. Lo que la piel y el sudor me hicieron olvidar anoche. Es un olor que habla de motivos, que susurra pretextos, que murmura necesidades, que me farfulla excusas al oído mientras miro las bragas y las meto dentro del bolsillo exterior del vestido. También huelen a alcohol.
-¿Cómo he llegado otra vez a querer esto? – susurro para mi y de nuevo el espejo, incómodo e indeseado, se burla de mi rostro sin darme una respuesta, mientras aglutino mi pelo tras la nuca y lo sujeto con un coletero que no ha abandonado mi muñeca en toda esta azarosa y baldía noche que ahora empiezo a olvidar. Me hago la pregunta y quero responder. Pero se que no lo haré, sé que permanecerá en la penumbra del ron con coca cola hasta que la siguiente noche que pretenda olvidar ocupe su lugar.
 -¿Cómo he llegado a esto? – me repito-. Y sé que no me voy a responder. Que no quiero hacerlo ni intentarlo siquiera. Omito la respuesta en mi mente buscando, al girar la muñeca, la excusa del reloj. El tiempo, la ausencia de tiempo, es una buena excusa, universal para cualquier demora.
Es tarde. Siempre es tarde. Siempre ha sido tarde. Cojo el bolso, compruebo el móvil. Está casi sin batería. Cierro la puerta despacio después de tardar dos minutos en encontrarla.
Ha sido un buen polvo, un polvo bueno.

¿Por qué entonces me siento como si tuviera que tener de nuevo motivos para el llanto?