lunes, 5 de mayo de 2014

El Llanto de los Astros (II)


Todos los cuerpos celestes que formaban parte de su sistema estaban de espaldas a ella. No tenía apenas espacio para completar una órbita diminuta comparada con la de los gigantes que la rodeaban. Cualquier otro planeta o planetoide, cualquier otra estrella se habría acostumbrado, se habría colapsado y habría muerto porque eso era lo que exigían las leyes que siglos después o dentro de milenios escribiría un ser humano que también estuvo a punto de arder por culpa de los susurros de alguien sobre dinámicas celestes.
Pero ella giró y giró buscando un hueco, buscando una mejor órbita que la permitiera ver, que la permitiera hablar y escuchar a aquellos que compartían vacío con ella, a aquellos que habitaban en su hogar.
Como seguían girando sin concederla acceso en sus cerradas órbitas, dejó de empujarlos; como seguían mirando hacia el vacío y mirando entre ellos sin pararse un instante a observarla y sin mirarla, dejó de mirarlos; como seguían hablando sin decir nada y sin ser capaces de escuchar nada de lo que ella decía, dejó de hablarles.
Como seguían sin actuar dejó de amarles.
- No puedes hacer eso –
Cuando escuchó la voz, Kanthra sintió por un instante una punzada de esperanza. Forzó su órbita esperando encontrar al cuerpo de su sistema que le había hablado, la había dirigido la palabra.
La alegría le forzó a un movimiento elíptico brusco que el resto de los cuerpos estelares percibieron con un cierto desdén. El gigante gaseoso corrigió levemente su eje de inclinación, mientras que el cuerpo ígneo se limitó a frenar un nanosegundo y luego siguió ardiendo en sus entrañas al mismo ritmo de los mil eones anteriores.
El hombrecillo que estaba sobre la endeble superficie de lava y roca que era el cuerpo de Kanthra se limitó a tambalearse y emitir un aullido.
Los ojos de los seres siderales de roca, hielo y fuego son grandes, abarcan grandes distancias, son capaces de percibir estrellas muy lejanas. Pero se pierden en las distancias cortas, en las dimensiones reducidas.
 Las dimensiones del ser que pisaba la piel de Kanthra eran casi minúsculas por lo que los ojos del ser celeste tardaron en localizarle, centrarle y escrutarle. No pudieron descifrarle.
- Tú no puedes estar aquí – era una certeza basada en el conocimiento, basada en la verdad. Basada en la realidad.
  - Pues claro que no – se quejó el personaje, mientras intentaba ajustar unos extraños artilugios que colgaban de su cuerpo. Porque aquello blanco y acolchado tenía que ser su cuerpo ¿Qué otra cosa podría ser? – se supone que la gravedad exige una fuerza inercial constante para dar la sensación de estabilidad. Si aceleras el giro cada vez que escuchas una frase, por impertinente que pueda parecerte, aceleras la rotación entonces la fuerza gravitatoria tiende a transformarse en centrífuga y…
 - No puedes estar aquí- la perplejidad de una estrella tiende a la luminiscencia. Kanthra irradiaba una tonalidad verde azulada que nada le gustaba. Un púlsar de impaciencia y disgusto.
 Y entonces al observar los movimientos infinitamente rápidos para su percepción, las dimensiones considerablemente pequeñas para su comodidad, los perfiles  extremadamente definidos para su conocimiento, de aquel ser, Kanthra comprendió lo que era. Alguien que debería haber tardado millones de años en estar ahí o que debería hacer centurias de eones que hubiera desaparecido. Algo de lo que sólo hablaban los rumores que escapaban de los agujeros negros y las leyendas que cantaban los quasares sombríos cuando estaban a punto de encenderse.
 - No puedes respirar – y la perplejidad restalló como una aurora boreal en el polo equivocado de Kanthra.
 El ser que ahora Kanthra sabía que era un ser humano se llevó las manos a la garganta, una garganta gruesa, blanca y rugosa, plagada de anillos que brillaban, y luego comenzó a mecerse de un lado al otro. Luego se tiro al suelo y comenzó a girar sobre si mismo en una rotación minúscula que apenas le desplazaba. De repente se paró y volvió a ponerse erguido de un solo salto ágil.
 - Podías haberlo dicho antes –se quejó amargamente sacudiendo la mano como intentando señalar a la vez a su interlocutora que le rodeaba por todas partes- Casi muero y además se me ha quedado un tono azul en la piel que tardaré días en perder.
Y dicho esto el ser hizo algo imposible. Algo que nadie podía hacer y que ningún cuerpo celeste salvo Kanthra volvería a ver nunca. Saltó. Tomo impulso con sus escuálidas piernas y se quedó suspendido en el vacío, flotando como los restos del polvo estelar que se desprende cuando dos asteroides se rozan sin chocar.
Colgado en el vacío, donde se supone que el sonido no puede transmitirse, donde se supone que no se puede respirar, donde se supone que uno de los suyos es incapaz de exhalar un suspiro, se dio de nuevo impulso y habló mientras se iba.
 - No puedes hacer eso. Pero puedes hacer lo contrario. Eso siempre puede hacerse.
 El humano que no debía serlo, que no podía serlo se fue y se marchó dejando a Kanthra más sola de lo que aballestado antes. Cuando percibes el movimiento resulta más doloroso no poder practicarlo. Cuando has dejado de ser resulta doloroso volver a ser.
Pero como Kanthra era un cuerpo celeste tenía fuerza, como era luminosa tenía vida, como era joven tenía arrojo. Como era Kanthra y era consciente tenía un plan.
Los otros recios, baldíos, inmutables y ciegos miembros de su sistema, de su parcela de cosmos, de su hogar, vivieron y comentaron los siguientes periodos rotacionales de la pequeña recién llegada que no encontraba su sitio como una molestia más.
El gigante gaseoso bufaba sus vapores sulfurosos cada vez que su joven escisión pasaba demasiado cerca, alteraba los giros de sus lunas o se interponía eclipsando alguno de sus satélites. Los planetoides sin atmosfera protestaban con el silencio del vacío constante cada vez que la díscola órbita de Kanthra se interponía entre ellos y algún asteroide de su cinturón. El gigante de hielo no se quejaba, no se movía. Si el espacio te hace ciego, el hielo te hace mudo.
Y así pasaron los ciclos y durante cada uno de ellos, durante el espacio infinito que duraba cada lento adagio del minué celeste que bailaba el sistema que era el hogar de Kanthra, ella permaneció callada. No volvió a abrir la boca, no saludo, no se despidió, no pidió perdón por las molestias ni volvió a articular palabra alguna. Tenía su consciencia y tenía su plan. Para que hablar si nadie está escuchando.
Y así espero en su movimiento inútil  y repetitivo, en su órbita aparentemente estable e inmutable. Sus ojos de magma vieron en la lejanía nacer y morir sistemas, sus oídos de roca escucharon los llantos de las nebulosas al expandirse y los gritos de los agujeros negros al colapsarse arrastrando universos en su llanto.
Y por fin llegó el momento. Los habitantes del éter sin voz afirman que fue algo insólito, que no se registraba en el universo desde que los mares estrellados de Infinitum se pararon en su deriva para dejar paso al errante, algo solamente asimilable al momento eterno y repetido en el que los negros abismos escupieron las flores siderales de oro y llama que adornan los pasos de Gammin, donde un día se abrieron o se abrirán las Puertas de Tannhauser.
Y en es instante infinito, como si los goznes de la futura entrada al multiverso se abrieran para ella, Kanthra vio estallar una tormenta cósmica que llevaba su nombre, contemplo como los ígneos picos del gigante del que había partido se anegaban de lava y abrió un hueco en las formaciones orbitales cerradas que la impedían la vista y la negaban el habla para hacer lo imposible, lo que ningún ser orbital había hecho o estaba dispuesto hacer. Para hacer lo mismo que un ser humano que respiraba éter había hecho justo delante de ella.
Para saltar.
Aprovechó los gases robados al gigante, los hielos hurtados al planeta, los fuegos sisados al planeta de fuego y se encendió partiendo de si misma hasta obtener el impulso que transformo su cuerpo en un viaje, su alma en un destino y su aire en una cola de luz y fuego vivo.
Y en la alegría del vuelo y en la tristeza del abandono descubrió como hacer lo contrario. Como hacer lo que el hombre que no podía ser hombre le había dicho que hiciera.
Las lágrimas de su alegría se extendieron por las brumas estelares de Sirio. Las de su tristeza anegaron las llanuras de Orión. El Universo rindió tributo a su osadía concediendo el eco de un sonido tardío a la voz de un ser que la habló desde el vacío que fluye entre los mundos
“No puedes hacer eso. Pero puedes hacer lo contrario. Eso siempre puede hacerse”. Por fin aprendió a hacer lo contrario. A no necesitar que se la amara.

Kanthra se hizo cometa.

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