Todos los cuerpos celestes que formaban parte de su sistema
estaban de espaldas a ella. No tenía apenas espacio para completar una órbita
diminuta comparada con la de los gigantes que la rodeaban. Cualquier otro
planeta o planetoide, cualquier otra estrella se habría acostumbrado, se habría
colapsado y habría muerto porque eso era lo que exigían las leyes que siglos
después o dentro de milenios escribiría un ser humano que también estuvo a
punto de arder por culpa de los susurros de alguien sobre dinámicas celestes.
Pero ella giró y giró buscando un hueco, buscando una mejor
órbita que la permitiera ver, que la permitiera hablar y escuchar a aquellos
que compartían vacío con ella, a aquellos que habitaban en su hogar.
Como seguían girando sin concederla acceso en sus cerradas
órbitas, dejó de empujarlos; como seguían mirando hacia el vacío y mirando
entre ellos sin pararse un instante a observarla y sin mirarla, dejó de
mirarlos; como seguían hablando sin decir nada y sin ser capaces de escuchar
nada de lo que ella decía, dejó de hablarles.
Como seguían sin actuar dejó de amarles.
- No puedes hacer eso –
Cuando escuchó la voz, Kanthra sintió por un instante una
punzada de esperanza. Forzó su órbita esperando encontrar al cuerpo de su
sistema que le había hablado, la había dirigido la palabra.
La alegría le forzó a un movimiento elíptico brusco que el
resto de los cuerpos estelares percibieron con un cierto desdén. El gigante
gaseoso corrigió levemente su eje de inclinación, mientras que el cuerpo ígneo
se limitó a frenar un nanosegundo y luego siguió ardiendo en sus entrañas al
mismo ritmo de los mil eones anteriores.
El hombrecillo que estaba sobre la endeble superficie de
lava y roca que era el cuerpo de Kanthra se limitó a tambalearse y emitir un
aullido.
Los ojos de los seres siderales de roca, hielo y fuego son
grandes, abarcan grandes distancias, son capaces de percibir estrellas muy
lejanas. Pero se pierden en las distancias cortas, en las dimensiones
reducidas.
Las dimensiones del
ser que pisaba la piel de Kanthra eran casi minúsculas por lo que los ojos del
ser celeste tardaron en localizarle, centrarle y escrutarle. No pudieron
descifrarle.
- Tú no puedes estar aquí – era una certeza basada en el
conocimiento, basada en la verdad. Basada en la realidad.
Y dicho esto el ser hizo algo imposible. Algo que nadie
podía hacer y que ningún cuerpo celeste salvo Kanthra volvería a ver nunca.
Saltó. Tomo impulso con sus escuálidas piernas y se quedó suspendido en el
vacío, flotando como los restos del polvo estelar que se desprende cuando dos
asteroides se rozan sin chocar.
Colgado en el vacío, donde se supone que el sonido no puede
transmitirse, donde se supone que no se puede respirar, donde se supone que uno
de los suyos es incapaz de exhalar un suspiro, se dio de nuevo impulso y habló
mientras se iba.
Pero como Kanthra era un cuerpo celeste tenía fuerza, como
era luminosa tenía vida, como era joven tenía arrojo. Como era Kanthra y era
consciente tenía un plan.
Los otros recios, baldíos, inmutables y ciegos miembros de
su sistema, de su parcela de cosmos, de su hogar, vivieron y comentaron los
siguientes periodos rotacionales de la pequeña recién llegada que no encontraba
su sitio como una molestia más.
El gigante gaseoso bufaba sus vapores sulfurosos cada vez
que su joven escisión pasaba demasiado cerca, alteraba los giros de sus lunas o
se interponía eclipsando alguno de sus satélites. Los planetoides sin atmosfera
protestaban con el silencio del vacío constante cada vez que la díscola órbita
de Kanthra se interponía entre ellos y algún asteroide de su cinturón. El
gigante de hielo no se quejaba, no se movía. Si el espacio te hace ciego, el
hielo te hace mudo.
Y así pasaron los ciclos y durante cada uno de ellos, durante
el espacio infinito que duraba cada lento adagio del minué celeste que bailaba
el sistema que era el hogar de Kanthra, ella permaneció callada. No volvió a
abrir la boca, no saludo, no se despidió, no pidió perdón por las molestias ni
volvió a articular palabra alguna. Tenía su consciencia y tenía su plan. Para
que hablar si nadie está escuchando.
Y así espero en su movimiento inútil y repetitivo, en su órbita aparentemente
estable e inmutable. Sus ojos de magma vieron en la lejanía nacer y morir
sistemas, sus oídos de roca escucharon los llantos de las nebulosas al
expandirse y los gritos de los agujeros negros al colapsarse arrastrando
universos en su llanto.
Y por fin llegó el momento. Los habitantes del éter sin voz
afirman que fue algo insólito, que no se registraba en el universo desde que
los mares estrellados de Infinitum se pararon en su deriva para dejar paso al
errante, algo solamente asimilable al momento eterno y repetido en el que los
negros abismos escupieron las flores siderales de oro y llama que adornan los
pasos de Gammin, donde un día se abrieron o se abrirán las Puertas de
Tannhauser.
Y en es instante infinito, como si los goznes de la futura
entrada al multiverso se abrieran para ella, Kanthra vio estallar una tormenta
cósmica que llevaba su nombre, contemplo como los ígneos picos del gigante del
que había partido se anegaban de lava y abrió un hueco en las formaciones
orbitales cerradas que la impedían la vista y la negaban el habla para hacer lo
imposible, lo que ningún ser orbital había hecho o estaba dispuesto hacer. Para
hacer lo mismo que un ser humano que respiraba éter había hecho justo delante
de ella.
Para saltar.
Aprovechó los gases robados al gigante, los hielos hurtados
al planeta, los fuegos sisados al planeta de fuego y se encendió partiendo de
si misma hasta obtener el impulso que transformo su cuerpo en un viaje, su alma
en un destino y su aire en una cola de luz y fuego vivo.
Y en la alegría del vuelo y en la tristeza del abandono
descubrió como hacer lo contrario. Como hacer lo que el hombre que no podía ser
hombre le había dicho que hiciera.
Las lágrimas de su alegría se extendieron por las brumas
estelares de Sirio. Las de su tristeza anegaron las llanuras de Orión. El
Universo rindió tributo a su osadía concediendo el eco de un sonido tardío a la
voz de un ser que la habló desde el vacío que fluye entre los mundos
“No puedes hacer eso. Pero puedes hacer lo contrario. Eso
siempre puede hacerse”. Por fin aprendió a hacer lo contrario. A no necesitar
que se la amara.
Kanthra se hizo cometa.

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