Cuentan los que ya tenían voz cuando el universo estaba
aprendiendo a cantar que la nota que surgió de la garganta de Kanthra cuando se
puso en movimiento es aquella que hoy transportan los vientos estelares cuando
el firmamento quiere expresar la más pura alegría.
No paraba en su impulso, no quería hacerlo, quemaba los
gases y los fuegos arrancados de su sistema creando un reguero de luz y de vida
de tal magnitud que incluso los dioses que ya nacían pensando en pelear y por
tanto en morir, tuvieron que girar los ojos y seguirla un instante.
Viajó sola, irrumpió en el firmamento en soledad pero sin
soledad, sin necesitar a nadie ni a nada. Parecía no necesitar el vacío
estelar, no precisar de las inercias y las órbitas para impulsarse, no requerir
la participación de ser sideral alguno en su danza de pasos marcados hacia
adelante, en su viaje, en su ruta.
En un instante etéreo observaba los mundos que nacían con
miedo, que rotaban pausados por temor a que el calor profundo que les diera la
vida les hiciera pedazos antes de que el hado y los dioses les concedieran el
tiempo suficiente para enfriar sus cimas; al instante siguiente, en sólo un
parpadeo que duraba mil años, contemplaba morir a las enanas rojas que
exhaustas y acabadas se apagaban sin muerte y morían sin ruido.
Pero viajaba sola y su voz se agotaba, se cerraba en si
misma, se moría hacia adentro.
Hasta que vio a Sideria.
Los seres breves afirman que Sideria parió a los mil dioses.
Los dibujó en su mente y luego los parió como estrellas y los quiso querer.
Pero no se dejaron y fueron arrojados al mundo en el que batallaron y murieron
hasta caer rendidos. Los cuerpos estelares afirman que parió el universo, que
vio el vacío seco, tranquilo, inacabado y lo lleno de todo. Afirman que es la
madre y afirman que es padre. Pero nadie les cree. Los planetas se hablan pero
en muy pocos momentos escuchan lo que dicen.
Lesskin dice que está emparentado en algún extraño grado con
Sideria, pero quien puede creer a alguien que afirma sin rubor que los bosques
se mueven.
Para Kanthra, cansada de cantar para si en su libre viaje,
aburrida de escuchar sus palabras y nunca las de otro. Para Kanthra, libre pero
sola aún sin sentirse sola, Sideria fue una voz. Fue la voz. Fue la primera
voz.
El fulgor ambarino de su cola de fuego casi le impidió
percibirla. Hubiera sido un planetoide más, un cuerpo astral ambiguo que
hubiera pasado inadvertido en las más lejanas estribaciones del campo visual de
Kanthra si no hubiera cantado, si no hubiera gritado su saludo. Si no hubiera hablado.
- ¿Pararás a escucharme? – y la voz anegó el universo. Llegó
clara y diáfana desde todos los rincones de donde no hay rincones, desde todas
las direcciones del lugar en el que las direcciones no están marcadas de
antemano. Llegó y convirtió la palabra en una lluvia sideral y el acento en una
nova magnífica que hizo morir mil mundos. Llegó y transformó la interrogación
en una orden.
- No sé parar. No puedo hacerlo –la voz de Kanthra sonó
rota, distante, salió de alguna sima estelar en la que estaba oculta desde que
no la usaba, desde que había renunciado a ella, desde que estaba libre, en
movimiento y sola-.
- Sabemos hacer lo que queremos hacer –Sideria necesitó un
pulsar para entonar una respuesta que era tan evidente como el hecho de que
Kanthra ya se había detenido, ya había reducido su velocidad hasta tal punto
que había sido capturada por la suave pero firme gravedad de Sideria.
Kanthra experimentó la atracción de Sideria como una
caricia, no como el golpe que recibiera antaño cada vez que en su sistema se
acercó a alguno de los cuerpos celestes que vivían y hablaban en él. Y sólo
entonces la vio, la observó, se fijo en el cuerpo que decían era principio y
centro del universo.
Era imposible. Pero Kanthra había visto a un humano flotar
en el éter y saltar de un planeta; había visto morir un sistema que aún seguía
vivo; había visto arder su propio cuerpo sin que se consumiera. Había visto
como un cuerpo celeste encerrado y oscuro, condenado al hastío se volvía un
cometa brillante y evasivo, errante y hermoso. De hecho lo había hecho ella
sola. Así que estaba más allá del concepto mismo de imposible. Tan solo sonrío
cuando vio que la diosa de toda, la Madre Desmedida del diverso mismo, era un
globo de agua. La sonrisa de un mundo es un eclipse.
Alguien podría haberlo explicado tiempo atrás o puede que lo
explique en un lejano futuro como un campo antientrópico que permite una
rotación constante de una masa de agua que permanece unificada y en rotación
estable por unas tensiones centrífugas e inerciales que la impiden salir
despedida. Alguien fracasará en el intento o fracasó hace tiempo. Hay gente que
nunca se cansa de intentar comprender a los dioses.
Pero Sideria era agua donde no podía haberla, agua en
rotación. Tremendos oleajes que sacudían paredes invisibles de vacío y volvían
a precipitarse sobre si mismas en susurros, chasquidos, gritos y profundas
melodías que hablaban de eones pasados y siglos por venir.
Kanthra, que no había escuchado la orden de los suyos; que
no había respetado las reglas de su hogar. Acepto sin palabras la orden del
agua y se paró junto a ella.
- ¿Por qué no hablas, porque te mueves en silencio? –la
tristeza de un planeta es lluvia y agonía. La tristeza de un universo hace
parpadear cien soles. La tristeza de Sideria apagó una nebulosa.
- Nadie me escucharía –la tristeza de Kanthra fue igual de
contundente pero sólo apagó una parte su llameante estela ambarina. El que solo
se tiene a si mismo sólo puede afectarse a sí mismo-.
- Eso no lo sabes. Tu voz llega muy lejos. Para eso te la
di. Para eso os la di a todos los cuerpos que viajan por el éter- Si no hablas
nadie puede escucharte. Nadie puede amarte
- No necesito que me amen. Se hacer lo contrario –La
seguridad de la afirmación hizo que su cola de cometa refulgiera y que sus
magmas internos ardieran con nueva fuerza.
Quince mil planetas cayeron calcinados y murieron llorando.
Un cúmulo estelar se colapsó en millones de eclipses, que robaron la luz de las
estrellas de la nebulosa que acompañaba al cangrejo al principio de los
tiempos; dos cinturones de asteroides abandonaron sus orbitas estables en
cuadrantes perdidos y se precipitaron sobre sus planetas en una lluvia de roca
y muerte que arrancó toda vida, toda posibilidad de vida y todo deseo de vida;
un agujero negro arrojó al espacio los restos de un universo antiguo había sido
padre de la Madre Desmedida de dioses y planetas.
Los mil dioses que ya batallaban por su muerte se encogieron
al escuchar el grito de su madre. Por un instante la lucha cesó y miraron al
cielo. Si hay que creer a Lesskin, él se encogió de hombros y preguntó con un
triste mohín - ¿qué he hecho ahora?
- ¡Este ser siempre se empeña en hablar en acertijos! –
Kanthra seguí encogida por el rugir del mar orbital encerrado si mismo que la
hablaba. Su suspiro de alivio al ver que el enfado no era con ella se tradujo
en un tímido resplandor de helio en sus entrañas- No puedes entender lo que no
se dice. No puedes comprender lo que sólo se insinúa. La mente de los mundos no
está hecha para la ironía. Esta hecha para el amor. Él más que nadie debería
saberlo. Él me convenció de hacerla así.
- No hay nadie que me escuche –repitió Kanthra tan mohína
como se supone que lo había estado Lesskin. Tan concentrada en su saber como
sólo un ser que existe por si mismo puede estarlo-.
- Escucha y aprende. Un ser no puede hacer el trabajo de un
universo. Ni siquiera él. Ni siquiera un dios.
Kanthra se concentro. Ni siquiera un cometa que vive de si
mismo y se mueve por propia voluntad se atreve a contradecir a La Madre
Desmedida cuando se expresa en esos términos que hacen morir estrellas y
enciendes rocas muertas.
Al principio no es escuchó nada. Nada salvo el sordo rumor
que todos los seres estelares perciben en su mente. Eso que unos llaman el
rumor del éter y que otros conocen por la voz del Vacío.
Pero después, cuando su atención se centró, se dio cuenta
que el rumor no era uno. Eran cientos, eran miles, eran millones de voces que
hablaban al unísono, que se mezclaban, se superponían, se interrumpían y se
solapaban en una danza de armónicos que componían un concierto permanentemente
inacabado y perpetuamente en creación.
Ese rumor sordo, sin palabras, que la había acompañado en su
viaje desde que decidiera saltar no era suyo. Era de todos. No era una sola voz
imposible de fijar y de entender. Era el recuerdo y la escucha de miles de
voces que la habían hablado, que la habían llamado, que la habían escuchado y
que ella no había percibido en su totalidad por su esfuerzo, que no podía
escuchar con claridad por su velocidad.
El universo no la enviaba un rumor que percibía a través del
cansancio de su viaje y del fulgor de su manto ambarino de llamas y
explosiones. Le había compuesto una maldita sinfonía.
- Puede ser hermoso –y las lágrimas de Kanthra fueron una
lluvia de estrellas que se apagaron una a una al caer en el mar en rotación que
era Sideria-.
- Sería hermoso y sería trágico. Sería horrible y sería
épico. Sería si estuviese completo –Sideria hizo suyas las estrellas que habían
caído en su mar desde los ojos de Kanthra- Escucha un poco más.
Y Kanthra lo hizo. Apagó los fulgores de su cola ígnea,
elimino los estallidos de sus entrañas de magma, apago los rumores de su
superficie crepitante y escuchó. Escuchó como ningún cuerpo celeste lo había
hecho antes ni lo haría después. Puso toda su voluntad en ello. Una voluntad
que ni siquiera sabía que tenía, que no sabía de donde había llegado ni si se
iba a repetir. Escuchó hasta que el velo del universo se rasgo por la mitad y
pudo percibir la melodía más allá de las armonías y los ritmos. Hasta que oyó
el tema sobre el que se realizaban las variaciones.
Hay algunos que dicen que ese momento coincidió con en el
que Antares, dios de la voluntad, se detuvo y se dejo matar en mitad de La
Guerra de Los Mil Dioses. Esos mismos dicen que miró al cielo y dejó de luchar,
como si la voluntad que era su esencia le hubiera abandonado o fuera necesaria
en otra parte. Es posible que sólo fuera casualidad o que nunca ocurriera. De
hecho sólo hay un individuo que lo afirma categóricamente.
Puede que fuera la voluntad de Antares o que fuera la propia
consciencia accidental de un mundo que había desarrollado lo que los mundos no
suelen desarrollar, pero Kanthra comenzó a escuchar lo que faltaba, lo que no
estaba. Comenzó a percibir el silencio.
Multitud de melodías se interrumpían un segundo, el tiempo
que un asteroide tarda en enfriarse, y luego continuaban. Seguían teniendo un
tema, una armonía, una melodía, seguían con sus ritmos y sus tonos pero estaban
inacabados.
- ¿Sabes lo que falta? – la pregunta de Sideria era una
afirmación como lo son todas las preguntas de las deidades-.
- Es mi voz – Y la afirmación era una pregunta como lo son
todas las afirmaciones de aquellos se atreven a hablar con las deidades.
Si Kanthra esperaba una respuesta. No la recibió. Dos brazos
de mar abandonaron la inercia de la rotación de la diosa y se abalanzaron sobre
su rostro. Si hubiera tenido ojos los habría cerrado, pero era un cuerpo
celeste transformado en cometa y no los tenía. Así que vio como frenaban en el
último segundo y acariciaban su superficie. Sintió como se congelan sobre su
corteza para darle más hielo, como se convertían en vapor que se añadía a los
vapores sulfurosos de su ígneo manto de ámbar y llamas. Experimentó como se
colocaban bajo su eje y la empujaban con la fuerza necesaria y justa para que
la cómoda órbita de La Madre Desmedida fuera sólo un recuerdo, una parada, un
instante de calma.
Kanthra recuperó su viaje, recuperó su libertad y recupero
su soledad. Pero habló. Dejó sonar su voz y comenzó a componer melodías con
cuerpos celestes y seres siderales que se cruzaba en el camino que se había
dado a si misma.
Cantó junto a un planeta a punto de morir un concierto en el
que aprendió sobre el agua del mar y sobre la pasión de las olas; ajustó su
velocidad y su marcha a un tropel orbital que estuvo a punto de conducirla al
abismo oscuro que se abre cuando el universo se transforma en un espacio en el
que el tiempo se junta con el deseo y el espacio con la muerte. Pero abandonó a
tiempo la melodía que cantaba el tropel. Eso podía hacerlo, eso sabía hacerlo.
Se cruzó y habló en los tonos de planetas errantes que la
halagaban ocultando la envidia que su manto de fuego producía por comparación
con sus oscuros y desnudos cuerpos estelares; viajó junto a lluvias de
estrellas que deseaban incluirla en su inevitable caída del firmamento; se
detuvo a conversar que estrellas errantes que se hallaban paradas en los mares
de Orión observando tranquilas como ardían los puertos que algún ser de vida
breve y mente discontinua había construido para varar sus naves; cantó, habló,
conversó, llamó, escuchó. Uso su voz y su palabra y se incluyó en la eterna
melodía que el universo compone con sus astros. Formaba parte de ellas. El
rumor que antes escuchara era ahora un canto claro, completaba las frases, y
las conversaciones de aquellos seres del éter con los que se cruzaba. Pero, de
vez en cuando, cuando viajaba en su propio y conocido silencio, recordaba que
no había recibido respuesta de Sideria.
Entonces vio a Jabalan.

